CRISTO HA RESUCITADO. ALELUYA

Domingo de Resurrección

Estaban satisfechos los enemigos de Jesús porque creían que todo había terminado. Jesús se había convertido en una pesadilla para ellos. Ahora, ya están tranquilos. También los amigos de Jesús creían que con su muerte había llegado el final. La fe de todos se tambaleó. Sólo María, la Madre de Jesús, se mantuvo firme, sin ninguna sombra de vacilación. María Magdalena no hacía más que llorar. Para ella nada tenía sentido. Jesús ya no está con ellos. Su cadáver está en el sepulcro. Ella hacía poco tiempo que había derrochado una fortuna para ungirle con perfume. Judas la criticó y Jesús la defendió porque le había ungido para la sepultura. El viernes, a las tres de la tarde, todo se había consumado. José de Arimatea y Nicodemo le amortajaron y le depositaron en el sepulcro nuevo. María Magdalena quiso ungirle y perfumarle también, después de muerto, cuando había transcurrido el descanso legal del sábado judío.

Cargada iba de perfumes y llorando camino del sepulcro del Jesús que le había cambiado la vida y se la había llenado de alegría. ¡Pero qué impresión tan fuerte cuando vio el sepulcro abierto y las vendas depositadas y plegadas sobre el sepulcro! (Juan 20,1).

Corriendo ha ido a anunciar lo que ha visto a los apóstoles. Pedro y Juan escuchan y reciben el mensaje de María y van corriendo al sepulcro. «Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó». Sólo en esta ocasión dice el evangelio que alguien cree en la resurrección al ver el sepulcro vacío. Juan piensa que la mayoría de lectores a quienes no se les ha aparecido Jesús resucitado, han de creer sin haberle visto. Quiere demostrar que si él ha creído sólo por haber visto el sepulcro vacío, no es necesario verle resucitado, para creer en la resurrección.

Para él fue un hecho inesperado, insólito, nuevo: «No había aún entendido la Escritura que dice que Él había de resucitar de entre los muertos». Los apóstoles se fueron. Y María se quedó junto al sepulcro, llorando… «Se volvió hacia atrás y vio a Jesús allí de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dijo: “Mujer, por qué lloras? ¿A quién buscas?”. “María”. “Maestro”» (Jn 20,11). Cristo se aparece a una mujer, porque si la causa del pecado de Adán fue una mujer, ha de ser una mujer la que anuncie a los hombres la resurrección y por tanto, la liberación del pecado.

«Jesús le dijo: “Suéltame, que aún no he subido al Padre; ve a mis hermanos y diles que subo al Padre mío y vuestro”» (Jn 20,17). María deja alejarse a su Amado, alejamiento que encierra el más hermoso homenaje que una mujer haya hecho a un hombre, porque es su Dios. San Juan de la Cruz cantará con voz sublime la huida del Amado: «¿Adónde te escondiste, Amado,/ y me dejaste con gemido?/ Como el ciervo huiste/ habiéndome herido/ salí tras ti clamando/ y eras ido».

Otra vez María en busca de los discípulos. El amor es activo, no puede estar quieto. Qui non zelat non amat, dice san Agustín. El encuentro con Jesús engendra caminos de búsqueda de hermanos para anunciarle. La experiencia de la belleza y del amor impone psicológicamente la comunicación de lo que se experimenta, de lo que se goza. Por eso sólo puede anunciar a Cristo con fruto quien ha experimentado su amor.

Pedro, testigo de la resurrección, repite una y otra vez: «Que lo mataron colgándolo de un madero, pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver a nosotros que hemos comido y bebido con él después de la resurrección. Los que creen en él reciben el perdón de los pecados» (Hechs 10,34). En consecuencia: «Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, no los de la tierra» (Colosenses 3,1)

Si María Magdalena se hubiera cerrado en su decaimiento, la resurrección habría sido inútil. María Magdalena hizo, como Juan y Pedro, lo que debieron hacer: salir, abrirse, comunicar. Es el mejor remedio para curar la depresión. San Ignacio aconseja «el intenso moverse» contra la desolación (EE 319). De esta manera, la sabia colaboración de todos, ha conseguido la manifestación de Cristo resucitado.

Proclamemos que «este el día grande en que actuó el Señor: sea el día de nuestra alegría y de nuestro gozo» (Salmo 117). Exultemos de gozo con toda la Iglesia, porque este es el gran día de la actuación de las maravillas de Dios. «¿De qué nos servirá haber nacido, si no hubiéramos sido rescatados?» (Pregón pascual).

Y así como Cristo ha resucitado, nos resucitará a nosotros. Vivamos ya ahora como resucitados que mueren cada día al pecado. La resurrección se va haciendo momento a momento. Es como el crecimiento de un árbol, que no crece de golpe, sino imperceptiblemente. Tendremos tanta resurrección cuanta muerte. Con el auxilio de la gracia actuante en nosotros. «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, Señor Jesús».