CRISTO
ASCIENDE ENTRE ACLAMACIONES
Ascensíon
del Señor
«Que el Dios del Señor
nuestro Jesucristo os dé espíritu de sabiduría
y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón
para que comprendáis cuál es la esperanza a que os llama,
cuál la riqueza de la gloria y cuál la riqueza del poder
con el que resucitó y sentó a su derecha a Cristo»
(Efesios 1,3).
Quiero comenzar esta homilía con esta oración ardentísima
de Pablo, porque solo con la respuesta del Padre de la gloria a nuestro
deseo de que nos ilumine, podremos rastrear un poco el gran misterio
que celebramos.
Nuestros ojos que ven tantas cosas,
nuestro corazón, que tan fácilmente queda prendido de
lo terreno e insustancial, y nuestras preocupaciones y desvelos por
los afanes temporales y cotidianos, apenas si dejan un resquicio por
donde filtrar el rayo de la luminosidad del cielo. Nos ocurre, a los
que vivimos en la ciudad, que perdemos la noción de la naturaleza,
metidos en el asfalto y en la altura de los grandes edificios, y nos
olvidamos de gozar de la contemplación de la belleza serena de
una luna llena y espléndida en una noche cubierta con un manto
de brillantes estrellas, o de una ladera verde y perfumada con el verde
de los pinos o del impoluto y embriagante azahar de los naranjales.
En esta celebración, pues, insistamos
en al oración al Padre para que ilumine con las luces poderosas
de su Espíritu, nuestra mente adormecida, nuestra sensibilidad
espiritual embotada, para que quede maravillada ante el esplendor de
Cristo resucitado que sube al cielo. Si el Señor nos concede
lo que le estamos pidiendo, saldremos de esta liturgia llenos de alegría,
con el espíritu renovado y con mayores ganas de trabajar y de
testificar que Jesús es el Hijo de Dios, que aunque se ha ido
al Padre, no ha dejado esta tierra, sino que está más
presente que nunca, con una presencia invisible, pero real y eficaz,
como nos lo ha prometido: «Sabed que yo estoy con vosotros todos
los días, hasta el fin del mundo». (Mateo 28,20).
Pensamos que lo que no vemos y tocamos
no existe, y ese es el mal del materialismo y del empirismo, en el cual
vivimos sumergidos. Sólo la fe, que nos representa la acción
del misterio de la presencia del espíritu en nuestras vidas,
en el mundo y en la historia, puede devolvernos la alegría, el
estímulo para practicar la virtud, aunque no sea agradecida ni
recompensada, y el coraje para enfrentarnos a todas las dificultades
y pruebas, incluso la muerte.
Jesús no ha dejado la tierra
porque estuviera desengañado de nuestra infidelidad, ni porque
se hubiera cansado de nuestra torpeza, sino porque su tiempo terreno
se había cumplido, y porque ahora ha comenzado nuestro tiempo,
el tiempo de la Iglesia, por eso Lucas nos narra lo que los dos hombres,
con vestidos blancos de sobrenaturalidad, han dicho a los apóstoles:
«¿Qué hacéis ahí plantados mirando
al cielo?» (Hechos 1,1), como diciéndoles: «Manos
a la obra, muchachos». Yo estoy con vosotros, pero vosotros habéis
de estar conmigo. Trabajad y haced el trabajo bien hecho. A donde no
lleguéis vosotros, dadme una llamada de teléfono, que,
aunque no oigáis mi voz, estad seguros de que yo oigo la vuestra
y os respondo sin palabras, y os doy la inspiración en el momento
oportuno, la palabra suave y amable cuando os asalte la cólera,
la paciencia para seguir atendiendo a ese enfermo, la fortaleza en el
aciago momento de la tentación, el discernimiento, para decidiros
por lo que vale, y la fortaleza para seguir cargando con vuestra cruz.
Después estaréis contentos, gozaréis de la victoria
sin acordaros del sudor de la lucha, y experimentaréis que, aún
viviendo en la tierra, os participo ya los bienes del cielo.
¿Qué otra cosa, sino voy
a hacer ahora, al partir el pan resucitado, que es mi cuerpo glorioso,
y al daros a beber mi sangre derramada, que haceros partícipes
de mi cielo, que yo os compré con mi muerte cruel, humillante
y amarga y con la resurrección con que el Padre me ha glorificado,
sentándome a su derecha? En verdad, Cristo cabeza de la Iglesia,
nos lleva a nosotros, sus miembros, a donde está él, como
nos lo había dicho: «Voy a preparaos sitio. Cuando vaya
y os lo prepare, volveré para llevaros conmigo; así, donde
esté yo, estaréis también vosotros» (Jn 14,2).
Cantemos
con alegría con el Salmo 46: «Dios asciende entre aclamaciones;
pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo».
Pidamos a Dios que nos conceda el deseo vivo de estar junto a Cristo.
Amén.
