ME
VOY A PREPARAOS VUESTRO SITIO
V
Domingo de Pascua
«Crecía
el número de los discípulos» (Hechos 6,1). La acción
del Espíritu se hace patente en el crecimiento de la comunidad.
Y comienzan siempre, como en toda comunidad, las diferencias, las disensiones.
Los de lengua griega y los de lengua hebrea. Dicen que hay preferencias.
La multiplicidad de lenguas y de razas es una riqueza, pero engendra
peligro de división. Testigos de esto hoy son: serbios, bosnios,
ortodoxos, musulmanes. Y tantos otros. Distintas razas, diferentes lenguas,
peligro de guerra, de odio, de crueldad. Y como a veces ocurre con los
hermanos siameses, la separación exige la muerte de uno de los
dos.
Los apóstoles,
inspirados, están en su sitio. Si ellos se dedican a administrar
las limosnas, eso les robará el tiempo de la oración,
de la penetración de la Palabra por el estudio y la contemplación.
La Palabra no se debe distribuir en frío, sino caldeada en el
estudio amoroso y en la oración. «Al pueblo se le pueden
distribuir piedras en vez de panes. Los cristianos se dan cuenta enseguida
de si las palabras del predicador provienen de su profunda oración
personal o sí, por el contrario, son ligeras y superficiales
como artículo de periódico» (Von Balthasar). Los
apóstoles pues se dedicarán a la oración y al ministerio,
al servicio de la palabra. Ese es su servicio primordial a la comunidad.
Insustituible. ¡Y cómo cuesta!
En el Cenáculo.
Me voy a la casa de mi Padre a prepararos vuestro sitio. Habla de su
muerte. Pero volveré. Habla de su resurrección. Cuando
preguntó a los discípulos del Bautista que le seguían:
«¿Qué buscáis?». Le respondieron: «¿Dónde
vives?»: «Venid y lo veréis» (Jn 1,38). Ahora
dice que se va a la casa de su Padre. Tomás, que ya era así
antes de su incredulidad, no entiende y quiere que les concrete: «No
sabemos ni a dónde vas, ni conocemos el camino, ¿cómo
podemos ir?». En metáfora «Jesús le responde:
“Yo soy el Camino”». Es una comparación. No
es un camino geográfico. El camino siempre es un medio para llegar
a la meta, a un destino, a una ciudad. Pues yo soy el Camino, dice Jesús.
Haciendo lo que yo he hecho y estoy haciendo y voy a hacer, viviendo
como yo, y amando como yo, y sufriendo como yo, llegáis a la
casa del Padre. Si no es así, de ninguna manera podéis
llegar. La casa del Padre es la meta del hombre. Cristo es el Camino.
«Le
dice Felipe: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”».
En el cuarto evangelio, los verbos ver, conocer y creer son sinónimos.
La visión que pide Felipe se logra mediante el conocimiento.
Y el conocimiento más perfecto de Dios se obtiene a través
de Jesús, quien, obediente al Padre, cumple el plan de amor al
hombre para salvarlo. «¿No crees que yo estoy en el Padre
y el Padre en mí?». También habla Jesús ahora
en lenguaje metafórico. ¿Cómo puede una persona
estar en otra? Por el amor, por la identificación, por el mismo
pensar, sentir y obrar. Así es como Jesús está
en el Padre. Y así debe estar el cristiano con Jesús y
con el Padre.
Señor,
pero el camino es largo, duro y monótono, y humillante y doloroso,
cuando estemos sin fuerzas vitales, ¿qué haremos? «Yo
soy la Vida». Yo os daré vida, os la daré en mis
sacramentos, que son mi presencia viva; en mi palabra, que es palabra
de vida. Y cuando os asalte la duda y os invada la angustia: «Yo
soy la Verdad». No temáis. «El que cree en mí,
también él hará las obras que yo hago, y aún
mayores» (Juan 14,1). Porque Él se vio limitado en su obra
salvífica por el tiempo y por el espacio. Él multiplicó
los panes, y la Iglesia multiplica su palabra y el pan eucarístico
para la vida del mundo hasta el fin de los siglos. Él curó
a los enfermos y leprosos, la Iglesia cura y resucita en el sacramento
de la penitencia y reconciliación a los caídos en el pecado,
y a los enfermos a causa del pecado. Él resucitó a los
muertos, y la Iglesia resucita constantemente año tras año,
y siglo tras siglo, a los hombres sin la gracia, que son los verdaderos
muertos. Él dio su vida para que el mundo tenga vida, y los apóstoles
y sus sucesores, están dando vida con sus sacramentos, inyectando
constantemente su vida que conduce a la eterna con él. Él
caminó sobre las aguas, y sus discípulos han caminado
y caminan sobre las olas de las persecuciones y de las tribulaciones
para anunciar el evangelio. La tarea de los cristianos es llevar a los
hombres a Dios, sobre todo, a través de la oración: «Vengan
a nosotros tu Reino».
Él
«tiene puestos los ojos en sus fieles, que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempos de hambre»
(Salmo 32), y la Iglesia peregrina está atenta a los signos de
los tiempos para actualizar su mensaje de paz y de salvación
y para hacer presente a Dios, que está actuando en la historia,
y actualizar la redención, promocionando a la humanidad a la
cota suprema de su Reino. Y se esfuerza por conseguir que los hombres
entiendan y quieran aceptar ser elevados por ella y por él, a
«ser un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación
consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las proezas
del que os llamó de las tinieblas a su maravillosa luz»
(1 Pedro 2,4).
Jesús,
Camino, Verdad y Vida. Enséñanos a caminar contigo y con
la energía de tu vida a la luz de tu verdad para ser luz del
mundo que ilumina a los ciegos y a los que están sentados ateridos
en sombras de muerte (Mt 4, 16). Que la Virgen María, Madre del
Camino y de la Verdad y de la Vida, nos muestre a Jesús, fruto
bendito de su vientre y, clementísima, piadosa y dulce, interceda
por nosotros. Amén.
