ALEGREMONOS
CON JUBILO
VI
Domingo de Pascua
Durante los cincuenta días pascuales
resuena la alegría en las antífonas y en la oración
de la Iglesia, al recordar y hacer presente la redención y la
victoria de nuestro Dios: «Con gritos de júbilo anunciadlo
y proclamadlo; publicadlo hasta el confín de la tierra»
(Isaías 48,20)
Si sólo el hecho de reunirnos
los que estamos en lugares distintos ya es un motivo de gozo y una fiesta
pues: «Toda asamblea es una fiesta» (san Juan Crisóstomo),
cuando nos reunimos para aclamar la resurrección de Cristo «que
ha reconstruido lo que estaba derrumbado; que no cesa de ofrecerse por
nosotros y de interceder por todos ante el Padre»; que «inmolado,
ya no vuelve a morir, y sacrificado, vive para siempre» (prefacios
pascuales 3 y 4); el motivo de gozo jubiloso está mucho más
justificado, «porque en la muerte de Cristo y en su resurrección
hemos resucitado todos» (Ib). Él se nos ha revelado como
fiesta y solemnidad porque «ha sido inmolada nuestra víctima
pascual: Cristo». Él es nuestro júbilo: «nos
libra de los males que nos rodean y en esto consiste el verdadero júbilo
pascual, en vernos libres de nuestros males reformando nuestra conducta
y meditando asiduamente» (san Atanasio). Por eso no nos hemos
de cansar de saborear el «regusto estelar de eternidad»
(Ortega), que nos regala cada año de pascua.
Felipe, uno de los siete primeros diáconos,
predicaba a Cristo en Samaría con general aprobación del
gentío, maravillado por sus muchos milagros y curaciones. Romper
la frontera nacional judía, ha sido el primer paso decisivo para
introducir el evangelio en los pueblos gentiles, realizando así
su vocación de universalidad. De no haber salido habría
quedado estrangulado.
Cuando la Iglesia Madre, en Jerusalén,
se enteró de que Samaría había recibido la palabra
de Dios, envió allá a Pedro y a Juan. Había que
vigilar el crecimiento de la fe de esa Iglesia, porque los samaritanos
eran considerados herejes, y el misionero de Samaría era Felipe,
un hombre helenista y progresista. Era pues muy importante y muy delicado
asegurar la unidad de la Iglesia. A medida que vayan naciendo otras
Iglesias serán tuteladas igualmente por la Iglesia Madre.
Oraron Pedro y Juan sobre los fieles
y les impusieron las manos pues, aunque habían sido bautizados,
no habían recibido en forma pentecostal y clamorosa el Espíritu
Santo. Desde entonces los samaritanos, que estaban excluidos de la comunidad
judía, entran a formar parte de la comunidad cristiana (Hechos
8,5).
«Si me amáis guardaréis
mis mandamientos» (Juan 14,15). Los primeros mandamientos de Dios
en al Biblia se encuentran en el relato de la creación. La ley
divina, donde había caos, soledad y tinieblas, introdujo luz,
esplendor, armonía y vida. Y el hombre encontró un sitio
para vivir. El pueblo liberado de la esclavitud de Egipto, recibió
los mandamientos del Sinaí, donde Dios les dice: Si queréis
seguir siendo libres de la esclavitud, guardad mis mandamientos.
Últimamente Jesús nos
da los suyos, que se resumen en el mandamiento del amor. Como cada vez
se le pone más alto el listón, el hombre con sus solas
fuerzas no los puede cumplir con la intensidad y perfección que
Jesús los ha guardado. Por eso nos envía al abogado defensor,
al Espíritu Santo: «Yo le pediré al Padre que os
dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu
de la verdad.» Él nos ayuda, nos da fuerza para cumplir
los mandamientos, y hasta pone alegría y gozo y paz y magnanimidad
cuando su observancia se hace ardua, para que no sólo podamos,
sino que podamos cumplirlos con alegría, la alegría que
rebosan las almas santas y fieles, que han comprendido «que es
mejor padecer haciendo el bien, si esa es la voluntad de Dios, que padecer
haciendo el mal. Porque también Cristo murió una vez por
los pecados, para llevarnos a Dios. Murió en la carne, pero volvió
a la vida por el Espíritu» (1 Pedro 3, 15).
Jesucristo se va pero no nos abandona.
Nos deja al Espíritu Santo que hará crecer a la Iglesia.
En la sesión tercera del concilio Vaticano II el 16 de septiembre
de 1964, dijo Ziadè, arzobispo maronita de Beirut: «La
Iglesia latina, cuya cristología está muy desarrollada,
todavía es adolescente en Pneumatología». León
XIII designó al Espíritu Santo como «el gran desconocido».
Éfeso habló del Padre creador y del Hijo redentor, pero
omitió la acción del Espíritu Santo. El Vaticano
II, por fin, dice que: «Consumada la obra del Hijo, fue enviado
el Espíritu en Pentecostés para que indeficientemente
santificara a la Iglesia y los que creen en Cristo pudieran acercarse
al Padre en un mismo Espíritu. Él es el Espíritu
de vida, fuente de agua viva…, que salta hasta la vida eterna.
El Espíritu Santo habita en la Iglesia y en los corazones de
los fieles como en un templo y ora y da testimonio de la adopción
de hijos. Dirige a la Iglesia con dones jerárquicos y carismáticos
y la enriquece con todos sus frutos, la rejuvenece, la renueva constantemente
y la conduce a la unión consumada. El Espíritu y la Esposa
dicen: Ven» (LG 4). He ahí la respuesta del Padre a la
oración de Cristo.
«El defensor», en las costumbres judías, era el abogado,
una persona de gran categoría y ascendencia por la cual puede
influir favorablemente con su sola presencia, ante el juez.
