EL
SEÑOR ES M PASTOR
IV
Domingo de Pascua
En la alegoría
del pastor y las ovejas Jesús se dirige a los fariseos. Ellos
son los falsos pastores, los ladrones y bandidos, que trataban a su
pueblo despiadadamente, basándose en una interpretación
de la ley que en vez de liberar les esclavizaba. No buscaban el bien
del pueblo, sino su propia ventaja e interés. Jesús, por
el contrario, es el verdadero pastor, el que entra por la puerta del
aprisco, y no «por otra parte» fraudulentamente, con mentiras,
trampas, influencias, cubismo, manejo del incensario, intereses creados.
La puerta por la que ha entrado Jesús en su obediencia a la misión
del Padre.
Al redil,
que es la cueva donde se recogen por la noche las ovejas, se entra por
un agujero, a cuya entrada duerme el mismo pastor y las ovejas entran
y salen por encima de él. Así se comprende que Jesús
diga: «Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará
y encontrará pastos. Nadie viene al Padre sino por mí.
Todos los que han venido antes de mí son bandidos y ladrones»
(Juan 10,1).
Con la misma
libertad con que Jesús habla a los fariseos, Pedro, el día
de Pentecostés, echó en cara a los jefes religiosos del
pueblo: «Al mismo Jesús, a quien vosotros cruficasteis,
Dios lo ha constituido Señor y Mesías… ¿Qué
tenemos que hacer, hermanos? Convertíos y bautizaos en nombre
de Jesucristo para que se os perdonen los pecados» (Hechos 2,1).
«Yo
he venido para que tengan vida abundante». El deseo de Jesús
es que sus ovejas, nosotros, vivamos una vida sana, vigorosa, pujante,
y no enfermiza, raquítica y anémica. Para alimentar esa
vida se entrega él mismo, y quiere que comamos su carne y que
bebamos su sangre: Para eso «cargado con nuestros pecados subió
al leño para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia.
Sus heridas nos han curado. Andabais descarriados, pero ahora habéis
vuelto al Pastor y guardián de vuestras vidas» (1 Pedro
2,20).
«Él llama por su nombre a las ovejas». Con ese amor
nos ha amado el Padre, hasta llegar a elegirnos para ser hijos de Dios.
«Conozco mis ovejas y mis ovejas me conocen, como yo conozco al
Padre» (Jn 10,14). Conoce a todas y a cada una. En sentido bíblico,
este conocimiento es amoroso.
Siguiendo
a san Agustín dice santo Tomás, que conocer por el nombre
denota familiaridad y predestinación. Familiaridad porque llamamos
por su nombre a los que estamos unidos por amistad familiar. Cuando
Jesús dice que nos conoce por el nombre quiere decir que tiene
un conocimiento de la naturaleza y del ser de cada uno: de lo que Dios
quiso que fueran, de lo que son y de lo que pueden llegar a ser. Tiene
predestinación: Dios no crea a los hombres en serie, sino uno
a uno; cada uno es irrepetible. No hay dos iguales, ni en lo físico,
ni en lo moral, ni en las circunstancias de la vida, ni en la vocación.
Dios Padre,
está cerca de los hombres en todo el curso de su vida. Él
«rige y apacienta acomodándose a la necesidad de cada uno,
pues el mejor gobernante no es el menos flexible» (Fray Luis de
León, citando a Platón). «Él nos llama y
nos corrige, y nos lava y nos sana y nos santifica y nos deleita y nos
viste de gloria. Él administra lo que a su grey conviene; que
él la apasta y abreva y la trasquila y la castiga y la reposa
y la recrea y hace música y la ampara y defiende» (Fray
Luis de León). Ese amor está reflejado en el de María,
cuyo ejemplo deben seguir los que están dedicados a cooperar
con la Iglesia para regenerar a los hombres: «La Virgen en su
vida fue ejemplo de aquel afecto materno con el que es necesario estén
animados todos los que en la misión apostólica de la Iglesia
cooperan para regenerar a los hombres» (LG 65).
«Las
ovejas oyen y conocen su voz». Escuchan la palabra de Dios, que
levanta el alma caída, desinfla la hinchada, corta lo superfluo,
suple lo defectuoso y sana las almas. Es más penetrante que espada
de dos filos (Heb 4, 12) que corta lo que estorba y lo que impide el
crecimiento de las virtudes evangélicas. No nos cansemos de estar
en su rebaño, y de oír su palabra adelantándonos
a sus deseos, cumpliendo fielmente sus mandatos y dejándonos
alimentar con su cuerpo y sangre, como ovejas dóciles y sencillas.
Así
es como puede actuar hoy en nosotros, como pastor que nos guía
por el sendero justo, y nos prepara la mesa enfrente de nuestros enemigos.
Y nos conducirá a las praderas verdes de la gloria inmortal (Salmo
22), donde veremos, le comeremos, y le gozaremos. Amén.
