JESÚS
RESUCITADO EN BUSCA DE SUS OVEJAS
II
Domingo de Pascua
«Los
hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles,
en la vida común, en la fracción del pan y en la oraciones»
(Hechos 2,42). Lucas nos describe la vida de una comunidad modélica:
que forma su inteligencia y su corazón; que comparte sus bienes;
que celebra la eucaristía; y que ora, al estilo aún de
los judíos, incorporando a su oración el padrenuestro,
la oración del Señor. No han roto todavía con el
templo de Jerusalén a donde acuden cada día todos unidos,
pero la fracción del pan la hacen en la casa, donde también
se reúnen para comer. La característica anímica
de la comunidad es la alegría y la alabanza a Dios. Entre conjunto
de notas hacía atractiva a la comunidad primitiva, acogedora
y proselitista por su propio encanto cautivador.
Su estado
de oración queda resumido en el (Salmo 117): «Dad gracias
al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Y
cantan a la piedra desechada por los arquitectos, convertida ya en piedra
angular, como obra del Señor realizada en este día: “Este
es el día en que actuó el Señor; sea nuestra alegría
y nuestro gozo”».
(Juan 20,19).
Entre los discípulos de Cristo se manifiestan temperamentos y
talantes diferentes: junto a la intuición de Juan, y el corazón
de María Magdalena, se da la impetuosidad de palabra, a la vez
que la lentitud de comprensión de Pedro. Y el escepticismo terco
y rudo de Tomás: «Si no veo, si no meto los dedos en los
agujeros de los clavos, si no meto mi mano en el costado, no lo creo»…
Unos a otros se complementan entre sí y entre todos construyen
la Iglesia, siempre que sepan escucharse unos a otros y recibir lo que
cada cual aporta y poner su propio carisma al servicio de la comunidad.
Los discípulos
se reúnen. «Donde hay dos o más reunidos, estoy
yo en medio» (Mt 18,20). Estando reunidos en casa…, entró
Jesús. La comunidad es el ámbito de la presencia de Jesús.
Sin comunidad no hay presencia. Así lo entendieron y practicaron
los primeros cristianos: Vida común, todos unidos. Esto es lo
que impresionaba y atraía a los judíos. Y esa comunidad,
llevaba a las consecuencias del compartir, ayudarse y ayudar. Así
podía el Espíritu ir agregando nuevos brotes de olivo
alrededor de la mesa del Señor.
«Pas
a vosotros». El signo de la presencia de Jesús era y es
la Paz. Alegría y gozo, que alejaban la tristeza y la turbación.
La paz. Es aterrador este dato actual: la violación de lsa mujeres
bosnias por los serbios, más que la vejación de las mujeres,
tiene como objetivo engendrar el odio entre las madres y los hijos fruto
de esas violaciones: les dicen: «Tu hijo te sacará los
ojos». Una mirada atenta al mundo nos permite percibir su clamor
por la presencia de Jesús, con su paz. Pero no sabe dónde
puede encontrar esa paz. En medio de tantos conflictos, de tanto dolor,
de tanta venganza y de tanta injusticia, no tiene sensibilidad para
discernir que Cristo es su salvación.
Reunidos
nosotros celebrando la eucaristía, ofrezcamos la ceguera del
mundo para que Cristo la ilumine; el odio entre los hombres, para que
él lo convierta en amor; el sufrimiento de los seres inocentes,
para que él lo consuele. Abramos nuestro corazón para
que él quepa todo el dolor y toda la esperanza del mundo. Y aprestémonos
a trabajar para difundir su luz, su amor y su paz, que ha de comenzar
desde nuestro propio interior.
Hagamos saber
al mundo que ha construido la ciudad al margen de la piedra angular,
que Cristo es la piedra que han desechado los arquitectos, y que sólo
rectificando está a tiempo de encontrar la alegría y el
gozo verdaderos. «Porque el Señor es su fuerza, su energía
y su salvación» (Salmo 117).
