LES
EXPLICO LAS ESCRITURAS
III
Domingo de Pascua
Es la tarde
del domingo de Pascua. Cristo ya ha resucitado. Ahora va buscando a
dos ovejas que sufren la desilusión y el desengaño: «¡Nosotros
esperábamos que Él fuera el futuro libertador de Israel!».
Había puesto una esperanza falsa en Jesús. Sólo
aspiraban a éxitos terrenales. Por eso, cuando llega la realidad,
se pone de manifiesto su falta de horizonte trascendente, de fe. No
habían comprendido a Jesús.
Nos puede
ocurrir a nosotros. Podemos mirar a Jesús con miras terrenas:
en busca de éxito, como motivo para encumbrarnos, o modo de conseguir
consuelos y regalos espirituales: «Muchos siguen a Jesús
hasta partir el pan, pero no hasta beber el cáliz» (Kempis).
Y cuando llega la cruz, como los de Emaús, nos sentimos defraudados.
Y entonces, como ellos, cedemos a la tentación de volver a nuestro
mundo viejo, a nuestras viejas costumbres.
Pero Jesús no sale al encuentro. Y nos hace entender que nuestro
sitio está en la Comunidad. Aquellos, en medio de la noche volvieron
a los hermanos. Habían descubierto que donde están los
hermanos está Jesús. «¡Qué necios sois
y torpes para no creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era
necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?»
(Lucas 24, 13).
Como Jesús,
todo hombre tiene que padecer, trabajar, ser incomprendido, perseguido,
unos más, otros menos, hemos de sufrir la enfermedad, experimentar
que va llegando la decadencia y la muerte. Y a los cristianos, nos cuesta
asimilar y entender la vida cristiana, que es la reproducción
de la vida de Cristo. Nos negamos a aceptar el misterio de la Pascua.
La reparación. Así lo habían dicho Moisés
y los profetas. Es necesario aceptar el sufrimiento como Éxodo,
camino de la pascua de resurrección.
«Hizo
ademán de seguir». Caminando con ellos, ellos ruegan que
se quede. Oran. Primero escucharon, después oraron. Cristo aceptó
el hospedaje. No quería otra cosa. Partió el pan y se
les abrieron los ojos. Así fue el proceso de recuperación:
Se dejaron buscar y encontrar por Jesús. Le escucharon. Leerle.
Cuando leemos y oramos la Palabra le escuchamos. Practicaron la hospitalidad
recibiéndole en su casa. Comieron el pan de la eucaristía.
Y reconocieron que mientras caminaban con él les ardía
el corazón.
Y Jesús
les explica las Escrituras, les expone los acontecimientos salvíficos
de la historia de la salvación. Proyecta luz sobre su sentido.
Y «su corazón ardía». Ahora mismo Jesús
nos está explicando las Escrituras y a través de ellas,
como a los de Emaús, nos ilumina el designio de Dios sobre el
hombre y sobre la historia, el camino de la justicia, de la verdad,
de la fraternidad; y se nos presenta él mismo resucitado, como
clave de la historia.
La Escritura
nos ofrece la llave de la esperanza, de nuestra búsqueda de Dios,
de la verdad y del sentido de la vida. Ella nos enseña el camino
para huir de la desesperación y del miedo. Nos hace comprender
que la predicación de Cristo resucitado es el sello de Dios sobre
la historia de la salvación del mundo. Un regalo que debe ser
explicado, ampliado y aplicado a la vida del hombre de hoy.
«Recostado
a la mesa con ellos, tomó el pan, pronuncio la bendición,
lo partió y se lo ofreció. Se les abrieron los ojos y
lo reconocieron». Nosotros ahora, reunidos por él para
escuchar la explicación de la Palabra, y vamos a partir el pan
y a comerlo, a recibir la iluminación y la fuerza. Igual que
los abatidos discípulos de Emaús. Él se fue para
que ellos lo busquen en la comunidad. Donde están los hermanos,
está Jesús. Unos a otros se comunican las propias experiencias,
sobre todo la aparición a Pedro, que aparece en el texto en lugar
destacado, como garante de la fe de la comunidad, que todos y cada uno
han de construir.
Como ellos
se reintegraron a la comunidad de la que habían desertado, «heriré
al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño»
(Mt 26, 31; Zac 13,11), y testificaron lo que les había pasado
por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el
pan, nosotros unidos a la comunidad orante, hacemos presente la palabra
y permitimos que su acción y la del sacramento nos llenen de
coraje para anunciar que Cristo ha resucitado, y que no hemos sido creados
para morir, sino para vivir e inyectar la vida de Cristo resucitado
en el mundo: «No me entregarás a la muerte, ni dejarás
a tu fiel conocer la corrupción; por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena» (Salmo
15).
