VIVIRÁ POR MÍ
Santísimo
Cuerpo y Sangre de Cristo
«Recuerda
el camino que el Señor te ha hecho recorrer cuarenta años
por el desierto» (Deuteronomio 8,2). Duro fue el camino, lleno
de asechanzas de alacranes y dragones, viviendo en tiendas, y sin poder
cultivar tierra porque era un desierto y sequedal sin una gota de agua.
Dura es la vida en este mundo, sobre todo para algunos pueblos, para
algunas personas, que sufren enfermedades, escasez, soledad, hambre,
abandono. O las consecuencias trágicas de la barbarie. Desierto
de la vida para todos, que acaba en la muerte.
Pero
recuerda también que en esa aridez el Señor te alimentó
con el maná, que era profecía de la eucaristía.
«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este
pan vivirá siempre. Y el pan que yo os daré es mi carne
para la vida del mundo» (Juan 6, 51).
Todos
los hombres hemos sido alimentados durante nueve meses en el seno de
nuestra madre, con su propio cuerpo y con su propia sangre. De una manera
semejante, Cristo nos alimenta con su propia carne y su propia sangre.
«El que come mi carne y bebe mi sangre vivirá por mí».
En virtud del principio vital de que el organismo inferior al ser comido
es absorbido e incorporado por el organismo superior, de manera, que
los alimentos tras la absorción metabólica entran en nuestro
torrente sanguíneo para sustentar nuestro organismo, el cuerpo
y la sangre de Dios, al ser comido y bebido por los cristianos, aunque
parece que los comensales tienen carácter de principio activo
al comer y beber, por la kénosis de Cristo, una vez más
se revela que la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres
y por esta fuerza es Cristo quien protagoniza la acción de incorporarnos
a su cuerpo místico.
Es
natural que en nuestra sociedad secularizada cueste creer que los sacramentos,
principalmente el de la eucaristía, realizan un giro interior
en el hombre. Quizá se acepta que un cristiano piense y actúe
de modo distinto que un no bautizado, pero no se quiere pensar que el
cristiano lleva consigo la vida de Dios, que le hace diferente de los
no cristianos. Ahí radica justamente el carácter ontológico
de la gracia. Los sacramentos, sobre todo el de la eucaristía,
son una acción en que la gracia de Dios actúa sobre nosotros.
Trento opuso a Lutero las nociones de sacrificio y presencia real, que
él negaba. Aunque estos conceptos católicos no agotan
el misterio, influyeron fuertemente. Pero toda una serie de ideas que
Lutero no negaba pasaron a segundo plano, como la participación
de todos en el acontecimiento de la última Cena, su aspecto celebrativo,
la acción de gracias a Dios.
Las
palabras de la consagración crean una presencia real de Cristo,
per modum substantiae, es decir una presencia verdaderamente substancial
y, por tanto, permanente. El pan y el vino siguen estando sometidos
a las palabras consecratorias, incluso después de la celebración.
Por la comunión Cristo entra también en nosotros y, a
través de nosotros, en todo el cosmos. De tal manera que la eucaristía
es el comienzo de la culminación última de todo, cuando
Cristo será todo en todos. En el pan y en el vino la creación
está tan absorbida en Cristo, que se ha convertido en Cristo
mismo, sin perder su apariencia exterior.
La
eucaristía se convierte en un concepto escatológico, que
anticipa lo que sucederá a la entera creación al fin de
los tiempos. Prefigurada en el maná, alimenta a los hombres en
el desierto inmenso y terrible, con dragones y alacranes, un sequedal
sin agua. Pero vuestros padres comieron el maná y murieron. «El
que coma este pan vivirá para siempre».
En
consecuencia, un cristiano no es transformado sólo por el hecho
de comulgar materialmente. «El Espíritu es el que vivifica,
la carne no vale para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu
de vida» (Jn 6,64). Por tanto las palabras de Jesús deben
ser interpretadas en una dimensión espiritual: a la luz de la
presencia del Espíritu vivificante y transformador. Por eso hay
que comer el pan de la eucaristía con fe y aceptando el don de
su muerte y de su resurrección con todas las consecuencias.
Bendigamos
al Señor que ha querido que, bebiendo el cáliz de la eucaristía,
nos unamos todos en la sangre de Cristo, y comiendo el pan eucarístico,
nos unamos a su cuerpo santísimo (1 Cor 10, 16).
Ellos
son los «cerrojos reforzados de nuestras puertas, y los que causan
la paz en nuestras fronteras». Bendigámosle porque «nos
sacia con flor de harina» (Salmo 147).
El
cristiano, por la fidelidad a la inmolación de su cuerpo, mente,
alma, ofrecidos constantemente como hostia viva, vivirá por Cristo
para la vida eterna, pues sólo por la conversión del corazón
tendremos acceso a Él, que hoy y ahora hace presente su sacrificio
para la vida del mundo. Pidamos al Señor la fe iluminada para
creer que la eucaristía está vivificando perennemente
al universo entero, y sentiremos su grandeza y por ella, será
inmenso nuestro gozo. «Danos siempre de este pan», en el
desierto de la peregrinación en nuestra vida, que «es una
noche en una mala posada» (santa Teresa), para vivir tu vida para
siempre.
