LA ESPOSA INFIEL Y LA MISERICORDIA
CON EL PUBLICANO MATEO.
LA MISERICORDIA Y EL CONOCIMIENTO DE DIOS SON MEJORES QUE LOS SACRIFICIOS.
X Domingo
Ordinario
«Te desposaré conmigo para siempre» (Os 2,21). Oseas
es un profeta encarnacionista, integrado en su pueblo y con unas experiencias
raras e impresionantes. El caos moral en que vive el pueblo de Israel
en el reino del norte, necesitaba una fuerte sacudida para volver al
Señor. La religión fácil de Baal, su culto sensual
que fomentaba las pasiones humanas, había invadido al pueblo
que Dios se había escogido. Aquellos templos llenos de sacerdotisas
que practicaban la prostitución sagrada como acto de culto, con
efectos cuasisacramentales y mágicos, satisfacían la lascivia
y a la vez, aseguraban la fertilidad de los campos, y la fecundidad
de los animales y de las personas.
Vino la palabra del Señor a Oseas, que le ordenó desposarse
con una de aquellas sacerdotisas fornicarias de Baal. La amó
mucho. Y ella le correspondió con su infidelidad, incapaz de
controlar sus malas costumbres.
Oseas consiguió ganar su amor de nuevo con redoblado cariño.
Desde su propia dolorida experiencia, ha podido comprender Oseas mejor
al Señor. El Señor había amado a su pueblo como
a una esposa. La esposa le ha sido infiel. El Señor se encoleriza:
«No es ya ella mi mujer, ni yo su marido».(Os 2,4). «Derramaré
mi enojo sobre ellos como agua» (Os 5,10). «Voy a cerrar
su camino con espinos, la cerraré con tapia y no hallará
más sus senderos» (Os 2,8).
Cuando el pueblo comprende que aquello va en serio, decide convertirse:
«Vamos a volver al Señor: él nos despedazó
y nos sanará, nos hirió y nos vendará la herida»
(Os 6,1).
Pero el Señor sabe muy bien que su arrepentimiento es fugaz «como
nube mañanera, como rocío que se evapora al alba».
Aquí encaja el texto que comentamos: «Quiero misericordia,
no sacrificios; conocimiento de Dios, no holocaustos» (Oseas 6,3).
No quiero ritos vacíos, sino corazones ardientes de amor. Quiero
conversión verdadera, que demuestre que aprecia el amor que perdona
tanta infidelidad. Quiero que mi gran amor encuentre reciprocidad.
Es el texto que usará Jesús para justificar la elección
de Mateo, el publicano, su vocación y su seguimiento. Para celebrar
el acontecimiento de su llamada y de su decisión de seguir a
Jesús, Mateo celebró un banquete, al que invitó
a sus compañeros y amigos publicanos y pecadores.
No faltó la crítica de los fariseos, gente de mente estrecha
y corazón endurecido, que nunca ha comprendido la actuación
del Maestro. La murmuración llegó a Jesús, y dijo:
«No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos.
Andad, aprended lo que significa «misericordia quiero y no sacrificio»
(Mateo 9,9).
Él ha venido a buscar a los pecadores, porque les ama y no quiere
que se pierdan, sino que gocen de su amistad y de su misma vida.
Lo que estaba ocurriendo es que los fariseos no comprendían que
ellos también necesitaban médico. Su orgullo les impedía
reconocerlo. Se apoyaban en su propia justicia, la que viene de la ley,
y no aceptaban que Jesús también a ellos les traía
la paz que ellos se empeñaban en rechazar.
La paz, el amor y el perdón que nos trae también hoy
a nosotros, que «ofrecemos a Dios un sacrificio de alabanza y
de eucaristía y le invocamos, como él quiere y nos manda.
Le daremos gloria y él nos librará de nuestros enemigos
en el día del peligro» (Salmo 49).
Unámonos para ofrecer el sacrificio de toda la Iglesia que abre
el cielo en catarata de amor y de salvación.
