LOS EXTRANJEROS TAMBIÉN
LLAMADOS
XX Domingo
Ordinario
«A los extranjeros los alegraré
en mi casa de oración» (Isaías 56,1). Así
como en el primer Isaías y en el segundo predomina un clima de
optimismo teocéntrico de confianza en la acción de Dios,
en el tercer Isaías prevalece la observación del derecho
y la práctica de la justicia y del rito. Esto manifiesta una
decadencia de fe, porque cuando esta disminuye, la carencia de interioridad
se intenta paliar con actos externos. A pesar de eso, brilla la universalidad
de la salvación, incluso para los extranjeros, a quienes la ley
excluía del culto comunitario.
Ezequiel critica que los extranjeros
sirvieran en el templo: «Profanáis mi templo, metiendo
en mi santuario extranjeros... Dice el Señor: Ningún extranjero...,
entrará en mi santuario» (Ez 44,7). Pero el tercer Isaías
escribe: «No diga el extranjero que se ha dado al Señor:
“El Señor me excluirá de su pueblo”»
(Is 56,3).
Pero no sólo hay salvación para los extranjeros. La hay
también para los eunucos. «No diga el eunuco: “Yo
soy un árbol seco”... A los eunucos les daré en
mi casa y en mis murallas un monumento y un nombre mejores que hijos
e hijas; nombre eterno les daré que no se extinguirá»
(Is 56,4).
«Porque mi casa es casa de oración».
La razón de la universalidad de la salvación es que Dios
quiere que todos los hombres se salven (1 Tim 2,4). Dios no quiere que
todos los hombres se salven (1 Tim 2,4). Dios no es racista. Eligió
primero al pueblo de Israel, pero no para excluir, sino para comenzar.
Ellos primero, pero para todos. La casa de Dios es casa de oración,
y todos pueden orar, sean de la raza que sean, sean del país
que sean.
El Salmo se hace eco de la universalidad,
pidiendo a Dios «que te alaben los pueblos, que todos los pueblos
te alaben. Que le teman hasta los confines del orbe» (Salmo 66).
La prueba mayor de la universalidad
de la salvación nos la ofrece el relato de la oración
de la mujer cananea: «Mujer, qué grande es tu fe: que se
cumpla lo que deseas» (Mateo 4,23). Hasta los discípulos
le pidieron a Jesús que la atendiera porque iba detrás
gritando.
Tiro y Sidón era la tierra de los paganos. En esa tierra, una
mujer cananea, o sirofenicia, como la define Marcos, y por lo tanto
pagana, da un ejemplo impresionante de fe, que supera todas las barreras
y humillaciones. A la primera petición de la mujer, «Jesús
no respondió nada». Ni siquiera eso. La insistencia de
la mujer, que es rechazada una y otra vez por Jesús, tiene por
objeto iluminar las cualidades de la oración: «Pedid y
recibiréis, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá»
(Mt 7,7).
La actitud de la pobreza del hombre
es pedir. La actitud de la riqueza de Dios es cumplir los deseos del
hombre: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que
deseas». La fe, el reconocimiento de la omnipotencia y misericordia
de Dios, contra todas las evidencias de su rechazo, la perseverancia
en la oración, y el desprendimiento de pedir algo que, aunque
le atañe a ella, en primer lugar beneficia a su hija, con cuyo
sufrimiento se identifica, han conseguido en el país pagano,
lo que en Israel pocos conseguían, por su falta de fe. Jesús,
asombrado por la gran fe de aquella mujer, le dice: «Mujer, qué
grande es tu fe». Es la misma admiración que le hizo exclamar
ante la fe del centurión romano y, por tanto, pagano: «En
verdad os digo, que no he encontrado tanta fe en Israel» (Mt 8,10).
Vamos a partir el pan, después
de consagrarlo, que es el sacramento de nuestra fe. Al aclamarlo, pidamos
un aumento de fe para nosotros y para toda la Iglesia y también,
el inicio de la fe para el mundo, que será su salvación.
