VELAD
Y ESTAD PREPARADOS
XXXII Domingo Ordinario
La
Sabiduría viene personificada en una mujer hermosa, joven y atractiva,
que nunca pierda su encanto, sentada a la puerta de los que la buscan.
«Radiante e inmarcesible es la Sabiduría » (Sabiduría
6,13). Atrae las miradas de los hombres. Los que la aman la pueden contemplar.
Los que la buscan la encuentran fácilmente. Los que anhelan poseerla
y se levantan temprano para buscarla, y recorren las calles y las plazas
de la ciudad buscando al amado de su alma, como la esposa del Cantar
de los Cantares, la encontrarán sentada a su puerta: «Estoy
a la puerta llamando; si alguno escucha mi voz y me abre la puerta,
yo entraré en él y cenaré con él y él
conmigo» (Ap 3,20). Es la Sabiduría la que toma la iniciativa,
y viene al encuentro del hombre. Es Jesucristo que está llamando.
No se hace de rogar. Sólo quiere ser buscada. «Quien vela
por ella, pronto se verá sin problemas.»
Estamos
en el punto de conexión de la lectura de la Sabiduría
y el evangelio: velar. Esperar, buscar, prepararse, estudiar, trabajar,
orar, porque no sabemos a qué hora llegará el esposo.
Buscar el esposo, como la esposa de los cantares, saliendo de noche
en su busca. Cuesta velar. La esposa vela y busca porque ama. El que
ama no puede vivir si su amado, sin su amada. Cuando no amamos nos dormimos,
nos distraemos, nos aburrimos, despreciamos los vencimientos en lo pequeño,
no nos preparamos, nos contestamos con lo que salga sin fuerzo, no vibramos,
no trabajamos, o lo hacemos sin orden ni constancia, desdeñamos
la grandeza de lo ordinario, pero tampoco gozamos. Pesa el estudio,
la oración y el trabajo bien hecho, pero el fruto de la sabiduría,
compensa con paz y con creces el esfuerzo.
El
cristiano, preparado para la venida del Señor, madruga por él,
tiene sed de él, está ansioso de su presencia, como tierra
reseca, agostada, sin agua: <<Mi alma está sedienta de
ti, Señor, Dios mío. Y hasta de noche en el lecho, me
acuerdo de ti, pienso en ti>> (Salmo 62). «¿A dónde
te escondiste, Amado, / y me dejaste con gemido?/ Como el ciervo huiste,
habiéndome herido./ Salí tras ti clamando/ y eras ido»
(San Juan de la Cruz).
La
Parábola debería empezar así: el Reino…,
se parece a diez muchachas invitadas a un banquete de boda (Mateo 25,1).
Unas estaban preparadas, otras no, como el invitado sin traje de boda
(Mt 22,12). Las que no lo estaban, no tenían la caridad, el aceite,
se quedaron fuera. «A medianoche se oyó una voz: “¡Que
llega el esposo, salid a recibirlo!”. Señor, Señor,
ábrenos”». En la repetición está reflejada
la angustia. Es como el que ha llegado tarde al tren, al avión,
y el viaje era urgente, trascendental. «Velad y orad, no sabéis
el día ni la hora».
En
la parábola están bien utilizados dos recursos: el retraso
del novio y el sueño de las vírgenes. Las muchachas necias
lo son no porque se durmieron, pues se durmieron todas, sino porque
no estaban preparadas para la llegada del esposo, con aceite suficiente,
y se les apagaron las lámparas. Les faltó cabeza. El novio
se retrasa. Tarda. Esto es motivo de adormecerse. Adormecerse es entregarse
al trabajo y al porvenir de este mundo, olvidando el retorno de Cristo,
y la vida del mundo futuro que profesamos en el credo. La consternación
y la desesperación de las vírgenes locas indica el fracaso
fatal de toda la vida.
«Id
a la tienda a comprar el aceite». Egoísmo de las sensatas?
También. Pero la parábola no lo quiere destacar. Lo que
pretende poner de relieve, es que la luz, alimentada por el aceite,
es un valor de difícil adquisición. El es amor, la caridad,
que no están nunca de rebajas. El aceite y la lámpara
significan algo personal e intransferible que forma parte de la propia
identidad. Están o no están en la biografía personal.
Sin ese aceite y esa lámpara encendida, el hombre no es hombre,
Dios no lo reconoce: «No es conozco».
Entre
la Sabiduría y la lámpara encendida hay una cierta identidad.
San Pablo sugiere la identidad entre lámparas apagadas y la aflicción
desesperada ante la muerte: «de los hombres sin esperanza»
(1 Tesalonicenses 4,13). Ante estos, Dios no puede hacer nada, «se
cerró la puerta». ¿Y si una virgen prudente hubiese
surtido aceite en aquel momento a las que no estaban preparadas? Esa
sería una teología para morir, no para vivir. Si hay una
tienda a mano, ¿para qué el evangelio y las bienaventuranzas?
«Velad
y estad preparados, porque en el momento que menos penséis vendrá
el Hijo del Hombre» (Mt 24,42). Después de la congregación,
al anunciar la muerte y la resurrección del Señor, pediremos
también su venida: «¡Ven, Señor Jesús!»
