VERÁS
LA PROSPERIDAD DE JERUSALEN
XXXIII
Domingo Ordinario
«Eres
un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré
un cargo importante; pasa al banquete del Señor» (Mateo
25,14). Un hombre que se iba al extranjero llamó a sus empleados
y les confió su hacienda. A ellos les corresponde hacerla producir.
Los dos primeros, sin pretendidas exigencias, pero con la esperanza
consoladora y estimulante de que el Señor premia el trabajo y
el esfuerzo, la iniciativa y el riesgo, la constancia y el orden, ponen
a trabajar toda la capacidad que el mismo Señor les ha dado y
todo a su ardor, y duplican el capital. «Me diste cinco talentos
y te devuelvo otros cinco». O «me dejaste dos, aquí
tienes otros dos».
Han
sido como la mujer hacendosa (Proverbios 31,10), que vale más
que las perlas. Adquiere lana y lino y los trabajadores con la destreza
de sus manos. Abren sus manos al necesitado y extiende el brazo al pobre.
La recompensa: «Pasa al banquete de tu Señor». Se
trata pues de realidades religiosas. Los talentos, en el mensaje de
la parábola, son el bautismo, la Palabra, los sacramentos, la
Iglesia, con el derroche y profusión de sus carismas, y la misión:
«Id a todas las gentes» (Mt 10,7). El banquete de tu Señor
es la Vida eterna. Todas las demás cualidades, que llamamos talentos
por analogía, deben ponerse al servicio de los talentos sobrenaturales.
Distintos
fueron los talentos de san Pablo y de san Agustín, de Juan de
la Cruz, del cura de Ars, de san Francisco de Asís, de Carlos
de Foucauld. Diferentes fueron sus cualidades humanas. Pablo empleó
al máximo sus capacidades, pero afirmando enérgicamente
que sus dotes de pensador, de hombre de acción, de tribuno y
de escritor no valen nada. Lo que vale es la gracia, su unión
con Dios, su fidelidad, su trabajo y esfuerzo, su vencimiento de las
dificultades, aunque no viera los resultados. Aquellos medios y aquellos
instrumentos, serán sólo instrumentos, canales de riesgo
por donde corre el agua que brota del manantial de la cruz.
Y san Agustín, no porque su voz y su talento hayan sido aprisionados
a la sede de Obispo de una provincia africana, Hipona, dejará
de hablar a sus fieles africanos con el lenguaje de los más elegantes
estilistas y profundos pensadores que ah tenido la humanidad, pero sabiendo
que los que importa es la gracias de Dios, la vida eterna, la palabra,
los sacramentos, que son los que salvan.
Lo
importante es la sangre de Cristo. El cáliz puede ser de oro,
de plata o de terracota. No porque las cualidades del Cura de Ars sean
de barro, dejará de pasar la santidad a través de su pobre
canal. Con el cuchillo que tiene, aunque no haya sido tan afiliado y
fino como el Lacordaire, ha convertido más almas que los más
elocuentes oradores.
Y
Juan de la Cruz, el poeta lírico más grande de España,
nombrado patrono de los poetas españoles, lo ha sido sin pretenderlo,
pues él había sacrificado todo por Cristo, pero ha puesto
la sublimidad de su poesía al servicio del Reino. El que ha escrito
que «la cruz a secas es lindo cosa», y sabe que el padecer
es el mejor instrumento de santificación y de extensión
y profundización del Reino, porque «qué sabe el
que no ha padecido». Por eso Carlos de Foucauld, discípulo
suyo, escogió el último lugar para imitar al Maestro.
Todos, después de haber hecho añicos sus cualidades al
pie del crucifijo, entren en el gozo de su Señor. Parece que
nuestro tiempo cree que el santo es un hombre perfecto, como una adquisición
humana, como los pelagianos, que exaltan la hombre, sin sacrificarlo.
Los
que hacen rendir los talentos recibidos, «comerán del fruto
de su trabajo, la fecundidad llenará su casa de obras buenas,
verán la prosperidad de Jerusalén» (Salmo 127).
Pero,
¿ y el que enterró el talento? «A ese empleado inútil
echado fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el
rechinar de dientes».Ha calculado mal. Ha escondido el talento,
ha buscado la seguridad y ha huido del riesgo. Se hizo conservador.
Y ha fracasado. Y ahora echa las culpas al señor, por exigente.
Cuando las luces de la trascendencia son intencionadamente apagadas;
cuando se silencia la muerte, que han convertido en tabú: y cuando
el cielo es el inmediato destino eterno, pues se canonizo a los difuntos
ya en sus funerales, evidente doctrina protestante que niega el purgatorio,
Jesús señala con claridad «las tinieblas y el llanto
eterno y rechinar de dientes».
Por
eso «no durmamos, sino estemos vigilantes y vivemos sobriamente»
(Tesalonicenses 5,1).
Vamos
hacer la acción de gracias al Padre porque nos ha dado cinco
talentos en su Hijo. Al comulgar, el Señor va a estar nosotros.
«Permanezcamos en él, como él en nosotros, y daremos
mucho fruto» (Juan 15,4).
