MIS PLANES NO SON VUESTROS PLANES
XXV Domingo
Ordinario
«¿O vas a tener tú
envidia porque yo soy bueno?» Mateo 20,1). Esta es la afirmación
central de esta historia de los jornaleros de la viña. Los fariseos
reprochaban a Jesús la bondad con que trataba a los pecadores
y Jesús, para justificarse, cuanta la parábola que acabamos
de escuchar. En la perícopa anterior le ha dicho al joven rico
que uno sólo es bueno, Dios. Ahora el dueño de la viña
dice igualmente que Él es bueno. «Yo soy» es el nombre
de Dios y «bueno» es su apellido.
En el Salmo hemos dicho también
que «el Señor es bueno con todos. Es bondadoso en todas
sus acciones» (Salmo 144).
En esta parábola podemos ver
reflejadas todas las etapas de la historia de la salvación. El
amanecer corresponde a la llamada e Adán. La media mañana
a la de Noé. A mediodía llamó a Abrahán.
A la media tarde llamó a los profetas. Y a la caída de
la tarde llamó a los apóstoles y a la Iglesia, que sucede
a la sinagoga y al Templo. Y a estos, «últimos serán
los primeros», corresponde el denario de la gracia y de la misericordia
y el amor de Dios. Nuestros cálculos son inferiores a los de
Dios, a quien medimos con justicia larvada.
Pero el personaje central de la parábola es el dueño de
la viña, que, porque es bueno, nos llama a todos y a cada uno
a hacer alianza con él. Y el centro de interés es el negocio,
el contar o no contar, y como consecuencia de contar, exigirle a Dios,
que contesta: «¿No puedo hacer lo que quiero de mis bienes?».
Jesús desengaña al joven
rico, acostumbrado a comprarlo todo, que pregunta qué tiene que
hacer para comprar la vida eterna: No eres tú el que compras
y ganas, soy yo el que te ofrezco y te regalo, por pura gracia, mi amistad.
«Ven y sígueme» (Mt 19,21). No te lo doy porque te
lo mereces, sino porque yo quiero. No es la ley de la justicia humana,
sino la de la justicia divina, que es misericordia.
Por eso el dueño de la viña comienza a pagar por los últimos,
con quienes no ha contratado en justicia un jornal. Es decir, les regala
el jornal, que ni les ha prometido, al contrario que a los otros grupos,
ni ellos se lo han ganado, porque apenas han trabajado una hora. Los
que habían contado, cuando vieron que a los últimos se
les daba un denario, protestaron contra el amo: «Estos últimos
han trabajado sólo una hora y les has pagado igual que a nosotros,
que hemos aguantado el peso del día y el bochorno». «Amigo,
no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario?».
He cumplido contigo lo pactado. Ahora, respeta tú mi gracia.
¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera con mis dones?
Déjame a mí ser Dios. No quieras domesticar a Dios. Déjame
a mí ser generoso. No pretendas que yo sea tacaño y cicatero,
como eres tú. Déjame a mi ser rico en perdón. He
ahí la diferencia entre los juicios de los hombres y los de Dios.
«Mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes
son más generosos y espléndidos que los vuestros»
(Isaías 55,6). El dueño de la viña practicó
la justicia con los primeros, y la misericordia y la gracia con los
otros. El denario es un misterio de amor que sobrepasa la justicia.
En la parábola del pródigo
encontramos también la misma imagen del padre bueno y el hijo
envidioso (Lc 15,11). El había trabajado toda la vida, y era
verdad. El hermano había derrochado, y era verdad. Pero el padre
amó y el hermano se recomió de envidia. Los fariseos y
escribas murmuraban: «Este recibe a los pecadores y come con ellos».
El fariseo injurió, calumnió, juzgó temerariamente
analizando los pecados del publicano: adúltero, ladrón,
injusto. Protestó Judas: trescientos denarios que se debían
haber entregado a los pobres. Protestó Simón al ver a
Jesús recibiendo a la mujer pecadora. Por el contrario, no contó
el buen samaritano, al revés del levita y el sacerdote, que calcularon
y pasaron de largo. Ni contó el publicano, se lo contó
el fariseo. Tampoco los últimos han contado. Cuando el dueño
les envió a la viña, se fiaron del dueño. Y esta
actitud confiada les ha ganado su simpatía.
También nuestras comunidades
pueden sacar provecho de esta parábola. Dios tiene trabajo para
todos. Podría pasar de nosotros, pero quiere contar con nosotros.
Dios no quiere hacer nada sin la Iglesia. La Iglesia no debe querer
hacer nada sin todos sus miembros. Si Dios nos llama a todos y a cada
uno, nuestras comunidades deben también contar con todos. Hay
trabajo para todos. Debe hacerlo. En la Iglesia de Jesús no caben
los monopolios. No debemos mirar a los que llegan a última hora
como usurpadores, sino como llamados amorosamente por Dios bueno. «¿O
vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?».
Pero la llamada principal es a la conversión.
Eso es lo que anuncia la primera lectura de Isaías: «Que
el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes» (Isaías
55,6). Es decir: «Buscad al Señor mientras se le encuentra,
invocadlo mientras está cerca». Tan cerca, que hasta le
vamos a poder tocar y comer. «Para que llevéis una vida
digna del evangelio de Cristo» (Flp 1,20).
Y después de perdonar nuestros
pecados, nos da su comida, que es él mismo, para que, incorporados
a su cuerpo místico, cantemos al Padre el himno de alabanza y
de acción de gracias, con María, su madre y nuestra madre.
«Guíe su Majestad por donde quisiere», diría
santa Teresa.
