EL
CÁNTICO DE LA VIÑA
XXVII
Domingo Ordinario
«Tú eres el dueño del universo» (Ester 13,9).
Tú eres grande en poder, pero también en amor. La omnipotencia
puesta al servicio del amor y, como lo propio del amor es dar y darse,
podemos pedir a Dios, que con amor generoso desborda los méritos
y los deseos de los que le suplican, que nos conceda aun aquello que
no nos atrevemos a pedir (Colecta).
En
una lectura atenta del evangelio percibimos cómo va creciendo
progresivamente la tristeza en el rostro de Jesús y en sus expresiones.
Cuando comenzó a predicar, fluían de sus labios las parábolas
bucólicas, como églogas apacibles y serenas de ovejas,
rebaños y pastores. Las parábolas últimas de su
vida de predicador itinerante por el contrario, se hacen dramáticas
y violentas. La comprobación del fracaso de su predicación
entre la gente principal vinculada al Templo, representantes del sacerdocio
judío, que rechazaban su enseñanza por orgullo herido,
intereses perjudicados, y porque les exigía un cambio radical,
motiva la parábola de la viña, dirigida a los sumos sacerdotes
y a los senadores del pueblo, que no estaban dispuestos a cambiar su
mentalidad, ni querían renunciar a su situación de privilegio.
Jesús
se inspira en el bellísimo cántico de la viña de
Isaías. Los dos textos son complementarios. «Un propietario
plantó una viña. La rodeó, la cuidó».
Isaías personifica la viña: «La viña del
Señor es la casa de Israel». La viña son los hombres.
Esperó racimos de uvas y cosechó agrazones. «¿Qué
más pude hacer por ti? Yo te planté como viña mía,
escogida y hermosa. ¡Qué amarga te has vuelto conmigo!
Para mi sed me diste vinagre, con la lanza traspasaste el costado a
tu Salvador» (Isaías 5,1).
Jesús,
se presenta como el hijo, a quien «agarran, lo empujan fuera de
la viña y lo matan» (Mateo 21,23). Habían matado
a los profetas, al último, Juan Bautista. Tendrán respeto
a mi Hijo. Y los sumos sacerdotes y senadores del pueblo no le aceptan.
Si no le matan ya, es porque temen al pueblo que cree en Él.
«Este es el heredero. Lo matamos y nos quedamos con la heredad».
Se repite la historia de Adán. El orgullo de no someterse. Es
lo que hace el hombre que quiere construir la vida por sí mismo,
con autonomía absoluta y total, eliminando toda ingerencia externa
o exterior a sí mismo, incluso la de Dios.
La
parábola resulta plenamente actual. Se da hoy una corrupción
de la idea de libertad, considerada como una fuerza autónoma
de autoafirmación, insolidaria, con el fin de conseguir el propio
bienestar egoísta y no como la capacidad de realizar la verdad
del proyecto de Dios sobre el hombre y el mundo. Se exalta la libertad
del individuo desligada de cualquier obligación, fidelidad y
compromiso. Aquellos representantes del pueblo religioso que rechazaban
el evangelio, se consideraban oráculos de la verdad. Ni por un
momento se cuestionaban, a pesar de los milagros de Jesús, que
Él pudiera ser la Verdad. Estaban seguros de sí mismos.
No dudaban.
Es
lo que hoy acontece: Se considera al hombre autor de la bondad de las
cosas y creador de las normas éticas. Se piensa y se actúa
como se el hombre o la cultura que él fabrica, pudiera determinar
lo que está bien y lo que está mal, que fue la tentación
a la que sucumbió el primer hombre, en el origen de la humanidad.
Y se cae en el subjetivismo moral, en el relativismo que niega la universalidad
de las leyes morales y de los valores. Se actúa como si las leyes
dependieran de la voluntad de cada uno, de la opinión y de los
votos de la mayoría, y de la evolución de las situaciones
históricas.
«Se
os quitará la viña y será entregada a un pueblo
que produzca frutos». La viña ha sido entregada a la Iglesia.
Cada uno debe cultivarla y procurar con todas sus fuerzas permanecer
en la vid, que es Cristo, para producir buenas obras, justicia y caridad.
«Derecho y justicia».
«Dios
de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo; no permitas
que la cepa que tu diestra plantó, sea pisoteada por los jabalíes,
y se la coman las alimañas. Ven a visitar tu viña, y haz
que crezca vigorosa» con tu bendición (Salmo 79).
Con
la fuerza del Señor muerto y resucitado, piedra desechada y ahora
convertida por el Padre celeste e inmortal en piedra angular. En pan
vivo y en sangre pisada en el lagar de la cruz, inmolada otra vez sobre
el ara del altar para alimentar la viña, que tanto ama.
