INVITADOS
A LA BODA DEL HIJO DEL REY
XXVIII Domingo
Ordinario
Lógicamente, después de escuchar el Salmo 129 con que
hemos comenzado la celebración eucarística: «Si
llevas cuenta de los delitos, Señor, quién podrá
resistir» tu presencia, hemos reconocido nuestros pecados, pues
sólo ponemos la confianza en Él, «porque de Él
procede el perdón».
Iluminado
Isaías por la intuición profética, describe un
cuadro fascinante, en que resplandece en toda su amplitud el universalismo
mesiánico. Presenta Isaías a Dios como un gran Señor,
que da un banquete a todas las naciones, en su palacio, en el monte
Sión, en Jerusalén: «Manjares suculentos, enjundiosos,
vinos generosos» (Isaías 25,6). Se queda corto el profeta,
porque no llegó a vislumbrar en toda su realidad espiritual y
universal el banquete mesiánico, la eucaristía, prenda
del banquete de la bienaventuranza.
Dios inaugurará con este banquete una era de alegría sin
fin. Quitará el velo, signo de luto que pesa sobre los pueblos,
por la desgracia de su castigo. Dios enjugará las lágrimas
y aniquilará la muerte. Los cananeos que celebraban cada año
al comienzo de la primavera, la victoria de Baal, dios de las alturas,
sobre Mot, dios de la muerte, entendían la inmortalidad, pero
no podían entender el grito de la resurrección: «¿Dónde
está, muerte, tu victoria?» (1 Cor 15,55). «Muerte,
yo seré tu muerte» (Os 13,14).
A
este festín están invitados todos los pueblos de la tierra.
Aquí toma origen la parábola de hoy, que se basa en otra,
procedente de la cultura religiosa judía. Jesús conoce
la cultura de su pueblo y la utiliza. Del cántico de la viña
de Isaías, sacó la parábola del domingo anterior,
y hoy, la de la boda del hijo del rey, que tiene este precedente: Un
publicano rico murió y recibió honrosa sepultura. Se declaró
luto en la ciudad y acudieron todos a su entierro. Murió también
un escriba pobre, pero piadoso, y a su entierro no fue nadie y se preguntaban:
¿Dónde está la justicia de Dios que no vela por
los suyos y permite que los impíos sean glorificados por todos?
La explicación era la siguiente: el publicano rico había
hecho una obra buena y merecía ser recompensado por ella. ¿Cuál?
Preparó un banquete e invitó a toda la gente representativa:
fariseos, escribas, sacerdotes. Estos no quisieron acudir a la invitación
del publicano, para no rebajarse comiendo con él. Ante su fracaso,
el publicano rompió con la aristocracia religiosa y puritana,
e invitó a los pobres al banquete para que no se estropease la
comida. Con este trasfondo, Jesús crea su parábola, y
para poner de relieve la bondad de Dios, compara al rey con este publicano
que ofrece el banquete. Los oyentes, escuchaban complacidos la parábola
porque ellos eran los puros que habían rehusado el banquete del
publicano; los santos que habían respetado la pureza legal. Jesús,
según Lucas, ha terminado de hablar, diciendo: «Os digo
que ninguno de aquellos invitados gustará mi cena» (Lc
14,24). ¿Qué ha querido decir Jesús? Mi invitación
a entrar en el Reino, a aceptar mi persona y mi mensaje, es la invitación
de Dios mismo. Ninguno de vosotros tendrá parte en el banquete
del reino de los cielos (Mateo 22,1).
La
boda del hijo del rey, nos sugiere las bodas del Hijo de Dios con la
Iglesia, como camino de la humanidad, a la que se entrega por amor.
Y esa boda prefigura y es camino de las bodas eternas del Cordero.
«Cuando
el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno
que no llevaba traje de fiesta». El vestido de boda significa
la acción de Dios sobre el hombre: «me ha vestido un traje
de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo» (Is 61,10), el
triunfo de la justicia y la santidad de Dios, participada por el hombre
mediante la gracia santificante. El que no llevaba el traje, la gracia,
ha sido excluido del banquete, «atadlo de pies y manos y arrojadlo
a las tinieblas exteriores», lejos de Dios, a la gehenna del fuego:
«Allí será el llanto y el rechinar de dientes».
Terminemos
como hemos comenzado: «Si llevas cuenta de los pecados, Señor,
¿quién podrá resistir» tu juicio? Pensando
esto, se cura nuestro orgullo, y participaremos con gratitud en el banquete
eucarístico, que «es la mesa que prepara para nosotros
la bondad y la misericordia del Señor. Las verdes praderas en
que nos hace recostar, y las fuentes tranquilas en las que repara nuestras
fuerzas, para seguir caminando, si es preciso, por cañadas oscuras,
hasta llegar a habitar en la casa del Señor, por años
sin término» (Salmo 22). «Es la magnificencia con
que el Padre nos provee, conforme a su riqueza en Cristo Jesús»
(Filipenses 4,12).
