PERDONAR SIEMPRE
XXIV Domingo
Ordinario
«Perdona
las ofensas a tu prójimo y se te perdonarán los pecados
cuando lo pidas» (Eclesiástico 27, 33). Dice el Levítico:
«El que lesione a un conciudadano, se le hará lo que él
ha hecho: fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente. La
lesión que causó a otro se le causará a él»
(Lev 24, 19). Es una ley en la que domina el pago idéntico, tanto
cuanto, tal cual, de ahí el nombre de ley del «talión»,
y que tiene su origen en la antigua legislación oriental y no
en la revelación divina, que si la acepta, es para evitar más
daño del recibido, y para evitar una venganza generalizada. Según
esta ley al que se le ha arrancado un diente, no se le puede imponer
mayor castigo, según las setenta veces del castigo de Lamec:
«Si la venganza de Caín valía por siete, la de Lamec
por setenta y siete» (Gén 4,24). Frente a esta venganza,
derecho sagrado en la antigua cultura de Oriente, nace con la revelación,
ya en el Eclesiástico, la cultura del perdón, como necesario
para alcanzar el perdón de Dios. «¿Cómo puede
un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor?».
Y fundamenta el perdón en la reflexión sobre la muerte
y en el recuerdo de los mandamientos: «Piensa en tu fin y cesa
en tu enojo, en la muerte y corrupción y guarda los mandamientos».
El
hombre que perdona los errores se parece al «Señor, que
es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. Perdona
todas tus culpas y cura todas tus enfermedades, rescata tu vida en la
fosa y te colma de gracia y de ternura. No está siempre acusando,
ni guarda rencor perpetuo. No nos trata como merecen nuestros pecados,
ni nos paga según nuestras culpas. Aleja de nosotros nuestros
delitos como dista el oriente del ocaso» (Salmo 102).
El
capítulo 18 de Mateo es llamado «el estatuto de la comunidad».
Todos los autores coinciden en que este discurso está más
adaptado que los otros a la situación de la comunidad cristiana
y a los problemas de su vida interna. Los pasajes más característicamente
comunitarios son el del domingo anterior y el presente sobre el «perdón».
Después de oír la catequesis del domingo anterior (Mt
18,15). «se adelantó Pedro y le preguntó: Señor,
si mi hermano me sigue ofendiendo, ¿cuántas veces lo tendré
que perdonar?, ¿siete veces?» (Mateo 18,21).
La
cultura religiosa de los discípulos dependía de las instrucciones
hechas por los rabinos en la sinagoga, que habían enfocado y
sofocado el perdón en un sistema jurídico y legalista.
La Misnah, que es una recopilación en forma de código
de las leyes tradicionales del judaísmo, decía: «Si
alguien peca una, dos o tres veces, que sea perdonado; pero no si peca
cuatro veces seguidas». Desde esta norma de conducta, la predicación
de Jesús tenía que abrir crisis necesariamente. Y se comprende
la pregunta personal de Pedro, que le originaba problema de conciencia.
Jesús le contestó: «Siete veces, no; setenta veces
siete». Es la crítica con la que Jesús desautoriza
la venganza de Lamec: «Setenta veces siete».
Cuando Mateo escribe este evangelio, todas las comunidades conocen cómo
Jesús, que se pasó la vida perdonando, murió en
la cruz perdonando a sus verdugos.
Entre
los muchos mensajes de amor que los cristianos estamos llamados a ofrecer
hoy al mundo, dominado por el espíritu de odio, que prolifera
en rivalidades, venganza, agresividad, fanatismo e intolerancia, destaca
preeminentemente el del perdón, si queremos que el Padre del
cielo no se vea precisado a hacer con nosotros lo que ha hecho el rey
de la parábola: «entregarlo a los verdugos hasta que pagara
toda la deuda».
Cuando el Señor nos ha perdonado tanto, nosotros nos mostramos
tan mezquinos a la hora de perdonar las insignificancias de las ofensas
que unos a otros por falta de finura y de delicadeza, con tanta frecuencia
nos hacemos. La virtud cristiana consiste en dejarnos que nos pisen
como las flores, sin pinchar, dejando doloridos, como las ortigas, a
cuantos se les acercan. Debemos ser como el grano de trigo que a la
muela que lo tritura le da harina, como la uva, que al pie que la pisa
le escancia vino, como el árbol oloroso del sándalo, que
perfuma el hacha que lo corta, y como el camino, que al que lo pisa
lo conduce a la meta, y como el arpa que al vendaval que la azota, lo
envuelve en armonías.
Reconocemos que en determinadas circunstancias es difícil, resulta
durísimo perdonar. Pero lo que es imposible para los hombres,
es posible para Dios. Ha dicho Juan Pablo II en Zagreb: «No olvidar
es ley de la historia, perdonar es ley de Cristo».
Pidamos
a María, que vio atormentado cruelmente a si Hijo santísimo
en el Calvario, que nos conceda saber y poder perdonar como su Hijo
y como ella, en aquellos momentos terribles de la soledad y de amargura.
Hagamos esta súplica cuando, ante la divina víctima inmolada
sobre el altar, recemos todos juntos la oración que Cristo nos
enseñó: «Perdona nuestras ofensas, como nosotros
perdonamos a los que nos ofenden».
