EL TRIGO Y LA CIZAÑA
XVI Domingo
Ordinario
«No hay más Dios que tú,
que cuidas de todo para demostrar que no juzgas injustamente»
(Sabiduría 12, 13). En el admirable orden del universo brilla
la justicia distributiva de Dios. Él, que ha destinado a cada
ser una naturaleza y una misión para conseguir el fin último,
que es la manifestación de su bondad infinita, de su sabiduría
insondable y de su belleza inmensa, ha otorgado a cada uno las propiedades
de su naturaleza, lo ha situado en su jerarquía, y ha repartido
sus dones y sus gracias, ministerios y carismas, con la riqueza que
corresponde a su fin, para que todos puedan dar su propia nota en el
universo, que construya la armonía y la felicidad. Y todo ello,
no porque Dios deba nada a las cosas creadas, sino porque lo debe a
su propia justicia que, por ser una perfección, ha de estar en
Dios infinitamente, que es la perfección absoluta. Así
lo testifica san Dionisio: «Que la justicia de dios es verdadera,
se comprueba viendo que da a todos los seres lo que les corresponde
según la dignidad de cada cual, y que conserva la naturaleza
de cada cosa en su propio sitio y con su propio poder».
La revelación nos dice: «En
sus días se salvará Judá, Israel vivirá
en paz, y le darán el título “Señor, justicia
nuestra”» (Jer 23,6). «Lo que has hecho con nosotros
está justificado, todas tus obras son justas, tus caminos son
rectos, tus sentencias son justas» (Dan 3,27). «Porque el
Señor es justo y ama la justicia: los honrados verán su
rostro» (Sal 11,7). «En la siega..., se revelará
el justo juicio de Dios, que pagará a cada uno según sus
obras» (Rom 2,5). «Mía es la venganza, yo daré
lo merecido» (Rom 12,19). Y pudo decir san Pablo: «Ahora
ya me aguarda la merecida corona con la que el Señor, juez justo,
me premiará el último día» (2Tim 4,8).
Porque es justo y eterno y además
es amor que no quiere que nadie perezca, sino que todos se salven (1Tim
2,4), espera pacientemente a que sus criaturas se realicen y lleguen
a su madurez, y a que los pecadores se conviertan.
Entre tanto les rodea de oportunidades de salvación, les prodiga
abundantemente su palabra, les edifica y les llama por medio de los
ejemplos de los buenos, les envía sus gracias y toques por los
méritos de la oración de su pueblo consagrado y por los
innumerables medios que tiene su poder infinito, desconocidos para nosotros
pobres hombres.
«Él es grande y hace maravillas»
(Salmo 85). Las mayores maravillas del Señor las ha obrado y
las está obrando en los hombres, en los que, con su gran sabiduría,
va realizando siempre y ahora y mañana, la conversión
y liberación de sus corazones. Y el establecimiento de su reino
de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y
de paz. Porque «es clemente y misericordioso, lento a la cólera,
rico en piedad y leal». Pidámosle que nos mire y que tenga
compasión de nosotros.
Él ha sembrado la buena semilla
de su Palabra, que es él. Y se ha sembrado en el surco de la
tierra esperando el fruto bueno de toda la creación para entregarla
a su Padre. Pero el enemigo sembró la cizaña. La impaciencia
de los buenos, que siempre se creen los mejores y juzgan a los demás
como cizaña, quiere precipitar el desenlace. Esa actitud impediría
la verdadera selección, porque él ha dado a su pueblo,
a sus hijos, la dulce esperanza que da lugar a que los pecadores se
arrepientan. Tengamos paciencia, tanto si la cizaña brota en
nuestro corazón y, aunque luchamos sin cesar, ahí está
tozuda la raíz, como, y mucho más, si crece a nuestro
lado. Dejemos obrar al tiempo y a la gracia, hasta la hora de la siega.
Por los demás, el Reino pide una gran paciencia. La que se necesita
para que el grano de mostaza se convierta en un árbol (Mc 4,31),
y que un puño de levadura fermente toda la masa (Mt 13,13).
«Obrando así enseñaste
a tu pueblo que el justo debe ser humano». Si él tiene
paciencia y espera culminar la obra de sus manos con éxito; si
tanto nos ha esperado y espera, debemos nosotros acompasar nuestro paso
al de Dios y ser tolerantes y respetuosos con el ritmo de los hermanos,
esperando que todo saldrá bien el día de la siega.
Ahora, consagrado su cuerpo y su sangre
por el ministerio del sacerdote que obra in persona Christi, en su propia
representación, apresurémonos a comer de ese pan, que
siembra en nuestro ser personal para que demos mucho fruto. Fruto de
vida eterna (Jn 4,36).
