EL HALLAZGO DEL TESORO Y DE LA
PERLA LLENA DE ALEGRÍA
XVII Domingo
Ordinario
El
rey Salomón fue a ofrecer mil holocaustos a Gabaón, donde
estaba la ermita principal cuando él no había aún
edificado el templo de Jerusalén. «El Señor se le
apareció en sueños y le dijo: “Pídeme lo
que quieras”». Y Salomón pidió sabiduría
para gobernar a su pueblo. La petición acertada agradó
al Señor y le dio «un corazón sabio e inteligente,
como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti»
(1 Reyes 3,5). «Dios concedió a Salomón una sabiduría
e inteligencia extraordinarias y una mente abierta como las playas junto
al mar» (1 Re 5,8). Dos son las características de la sabiduría
de Salomón: se la ha infundido Dios, como fruto de su oración.
Lo afirma así el libro de la Sabiduría: «Supliqué
y se me concedió la prudencia; invoqué y vino a mí
el espíritu de sabiduría. La preferí a cetros y
tronos, y en su comparación tuve en nada la riqueza; no le equiparé
la piedra más preciosa, porque todo el oro a su lado es un poco
de arena, y junto a ella, la plata vale lo que el barro; la quise más
que la salud y la belleza y me propuse tenerla por luz, porque su resplandor
no tiene ocaso. Con ella me vinieron todos los bienes juntos, en sus
manos había riquezas incontables; de todas gocé, porque
la sabiduría las trae, aunque yo no sabía que las engendra
todas» (Sap 7,7).
La
sabiduría pedida por Salomón, es el tesoro escondido en
un campo y encontrado por un afortunado que no dudó en vender
todo lo que tiene para comprarlo y acceder de manera justa al tesoro,
«lleno de alegría». Es también la perla fina,
lo más precioso que un oriental puede encontrar, y para comprarla
vende todo lo que tiene. Nada de lo que tiene puede ser comparado con
la perla (Mateo 13,44).
El
cumplimiento de la voluntad del Señor, la obediencia a sus mandatos,
el afán en escuchar la explicación de sus palabras, constituyen
la herencia y la porción del hombre bíblico, que ha resuelto
guardar las palabras del Señor, que «estima más
que miles de monedas de oro y plata, y más que el oro purísimo,
porque iluminan y dan inteligencia a los ignorantes» (Salmo 118).
Jesús
le dirá al joven rico: «Ve, vende todo lo que tienes, dalo
a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; y tú ven
y sígueme» (Mt 19,21). Seguir a Cristo es entrar en su
Reino y gozar de su amistad. Y eso vale más que todo. Nada se
le puede comparar. Paul Claudel, entró en Notre Dame, la catedral
de París, en busca de inspiración deseada, que no era
la que esperaba, y exclamó: «Dios existe y está
aquí. Es una persona que me ama y me llama». Había
encontrado la perla, el tesoro, la sabiduría.
También
nosotros hemos encontrado ese tesoro y esa perla. Jesús nos la
ha hecho encontrar. Roguemos que seamos expertos en tesoros y en joyas,
para ver que Jesús se nos ofrece para obrar en nosotros la liberación,
y nuestro Éxodo de Egipto.
Pidamos para todos a la Virgen, trono de la sabiduría, que nos
dé a conocer mejor su inestimable valor, para que podamos ser
testigos de él ante nuestros hermanos, y ante todo el mundo.
Si se nos da, como a Salomón, todo nos parecerá pobre
en su comparación, deslustrado junto a su luminosidad.
Sobre
el ara del altar vamos a hacer presente, vivo, resucitado e inmortal
al amigo fiel, que nos ofrece su cuerpo partido en comida y su sangre
derramada en bebida para reconfortar nuestra pobre vida. Prestémosle
atención, devoción, amor.
