COMED Y BEBED SIN PAGAR

XVIII Domingo Ordinario

«Inclinad el oído, venid a mí: escuchadme y viviréis» (Isaías 55,1). Nada menos que cuatro veces en trece líneas pone el Señor en labios de Isaías el imperativo del verbo oír y escuchar. Las mismas veces que nos manda beber y comer. Lo cual nos sugiere que oír y escuchar es tanto como comer y beber. Y no sólo Isaías, los Salmos también: «Yo soy el Señor tu Dios...; abre bien tu boca que te la llenaré» (Sal 80,11).
Las dos necesidades biológicas instintivas más acuciantes están remitiendo en la Escritura, a la necesidad, al hambre que el hombre tiene de felicidad, de paz, de amor. Y se manifiesta él como saciador de esa hambre y de esa sed. Y nos dice que él nos da de balde el agua, el trigo, el vino y la leche.

Y como sabe que el hombre cuando tiene sed física, corre como la cierva sedienta en busca de agua (Sal 41,2), y apenas encuentra un charquito, se inclina a él para beber, nos reprende: «¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta? ¿y el salario en lo que no satisface?». Gastan los hombres sus energías vitales en lo que aumenta más su hambre y su sed. ¡Tan fácil y barato que os resultaría comer y beber sin pagar mi palabra que os llena gratis de paz y de verdad! Pero nos ocurre como a los anoréxicos, que cuanto más debilitados y enflaquecidos están, menos ganas tienen de comer. Cuanto más debilitadas están las almas, y mayor necesidad tienen de palabra de Dios y de oración, menos les apetece e ilusiona el ir a saciar su sed y su hambre donde de verdad seríamos saciados y cobraríamos fuerzas y robustez para seguir el camino de las bienaventuranzas.

¿Habéis observado a los pájaros, cuando son alimentados por sus padres en el nido, cómo abren sus bocas, que ensanchan desmesuradamente? Es el Padre quien los alimenta. Con esa ansia deberíamos todos desear el vino y la leche de la eucaristía y de la palabra de Dios. ¡Ojalá «los ojos de todos estén aguardando , Señor, que les des la comida a su tiempo»! ¡Ojalá, esperemos todos con ansia «que abras la mano y sacies de favores a todo viviente»! Sé bondadoso, Señor, con nosotros, en todas tus acciones a favor nuestro; y permanece cerca de nosotros, que te invocamos sinceramente (Salmo 144).

«Vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos» (Mateo 14,13). Jesús, la Palabra del Padre misericordioso, con el corazón conmovido, curó a los enfermos. La carencia de alimento nutritivo causa las enfermedades. Pero su palabra no es sólo espiritual y alimento sobrenatural. Es también alimento corporal, pan material. «No sólo de pan vive el hombre» (Mt 4,4), pero también de pan. Por eso, Jesús bendijo los panes y los peces y los dio a los discípulos para que los repartieran y «comieron todos hasta quedar satisfechos».

Es al hombre entero al que hay que alimentar y curar. Su cuerpo y su alma. Para el cuerpo nos deja a nosotros el cuidado de los que tienen hambre. Jesús nos pide la aportación de nuestra pobreza: «los cinco panes y los dos peces», que de ningún modo desprecia; él hará el resto. Para el alma se ha quedado con nosotros en la Palabra, que estamos ahora escuchando, y que pide la pobreza de nuestros medios para repartirla; y para hacer la eucaristía, que vamos a consagrar y a repartir, como prenda de la vida eterna, también pide la ofrenda de nuestro pan y de nuestro vino, y de las gotas de agua, que expresan nuestra comunión con Él.

Acudamos a María que alimentó con su leche la carne inmaculada de su Hijo y hermano nuestro, que tiene compasión, como ayer de la gente, de nosotros y del mundo, que está enfermo y tiene hambre y sed, pidiéndole que se repita hoy en el mundo la comida maravillosa y trascendente.