MOISÉS Y LOS APÓSTOLES.
NACE UN PUEBLO SAGRADO

XI Domingo Ordinario

 

«Si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, entre todos los pueblos seréis mi propiedad... Serési un pueblo sagrado» (Éxodo 19,2). Moisés había sido elegido por el Señor que le habló en Horeb. Le confió que había visto la opresión de su pueblo en Egipto, y por eso le enviaba al Faraón para que lo dejara salir de Egipto. Dile al faraón: «Deja marchar a mi pueblo para que me rinda culto». Salió por fin el pueblo de Israel de Egipto y caminó por el desierto hacia el Sinaí, monte de Dios.

Subió Moisés hacia Dios, como mediador, a quien el Señor quería acreditar ante su pueblo. Es el estilo de Dios. Después de la esplendorosa vida mística de santa Teresa antes de comenzar la reforma, cesaron los fenómenos visibles y espectaculares. Mientras ella estaba pensando esto, le dijo el Señor: «Bastante crédito tienes para lo que yo pretendo».

Desde la elección de Abrahán Dios sueña con un pueblo suyo. Errantes los primeros patriarcas y probada y aquilatada su fe, va a manifestarse lo que era promesa y esperanza en realidad: Va a nacer el pueblo de Dios.

Dios quiere comunicar sus grandes riquezas a ese pueblo, confiarle sus secretos, y hacerlo portavoz de su palabra a toda la tierra. El pueblo, a su vez, se tiene que comprometer a guardar la alianza. Les recuerda lo que ha hecho con ellos sacándolos de la esclavitud de Egipto, y cómo les ha llevado sobre alas de águila hasta él. En medio de truenos y relámpagos y en una nube oscura, mientras el toque de la trompeta crecía en intensidad, Moisés hablaba y Dios le respondía con el trueno. Lo que Dios decía a Moisés este lo transmitía al pueblo. Todo el pueblo a una voz respondió. «Haremos cuanto dice el Señor». Era la aceptación de la Alianza.

«Jesús se compadeció de las gentes porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor» (mateo 9,36). Eran gentes y multitud, pero aún no formaban pueblo, porque no tenían pastor. El pastor es el que asegura la unidad del pueblo, el mismo fin del pueblo, el crecimiento y la prosperidad del pueblo.

La misma multitud que no tiene pastor, es la mies abundante sin braceros que la cultiven. El llamamiento de los doce discípulos sugiere el recuerdo de la vocación de Moisés para ejercer la misión de mediador. Mateo nos da los nombres de estos apóstoles, mediadores entre Dios y su pueblo, al que tienen que cuidar, apacentar, cultivar como mies y llevar hasta la cumbre del cumplimiento de la Alianza con el Señor, como Moisés. Moisés es el mediador de la antigua alianza, los apóstoles los de la nueva en la sangre de Cristo.

Con el Salmo 99 nos profesamos su pueblo y ovejas de su rebaño, por lo cual aclamamos al Señor y le servimos con alegría, porque él por misericordia nos hizo y somos, por lo tanto, suyos. «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros» (Romanos 5,6).

Ofrezcámonos a ayudarle aliviando la penuria de trabajadores, para que colaborando con el Espíritu, llegue más pronto su reino al mundo. Y roguemos que «el Señor de la mies mande trabajadores a la mies». Que «curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, arrojen demonios». Y que lo hagan gratis, es decir, sin esperar recompensas, sin miras humanas, sin discordias ni rivalidades, sin resentimientos ni envidias, con vocación y entrega, sin horas de ministerio como los asalariados. Entregados y generosos, con cariño y entrañas maternas. Trabajadores ministeriales que ofrezcan el sacrificio por la Iglesia y por el mundo. Trabajadores religiosos que se inmole y se gasten y desgasten generosamente y con gratuidad, a lo san Pablo ( 2 Cor 12,15). Trabajadores laicos en el hogar, en la familia, en el trabajo, en la oficina, en la amistad, en el dolor y en la enfermedad. Trabajadores que aproximen el reino de Dios para que el mundo se salve.