EL SEÑOR QUE ESTÁ
EN EL SUSURRO, CAMINA SOBRE EL AGUA
XIX Domingo
Ordinario
«Al llegar Elías al monte
de dios, al Horeb, se refugió en una gruta». Cuando Jezabel
amenazó de muerte a Elías, este, presa del miedo, huyó,
se adentró en el desierto y pasó de todo: hambre y sed,
desesperación, y hasta deseo de morir, y recibió aliento
con la comida y bebida de Dios. «Y con la fuerza de aquel manjar
caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte
de dios, el Horeb». Y aquella comida de tal manera le enardeció,
que desde entonces sintió un poderoso atractivo por aquella inmensa
montaña como si desarrollara sobre él una fuerza magnética.
Allí le esperaba Dios. El que come y bebe a Dios en sus palabras,
siente que el atractivo de Dios le va creciendo hasta comerle las entrañas.
Cuando Elías llegó al monte se refugió en una gruta,
y le dijo Dios: «El Señor va a pasar». Primero pasó
un viento huracanado; después un terremoto; después pasó
el fuego. En ninguno de los tres elementos estaba el Señor. «Después
se oyó una brisa tenue; al sentirla, Elías se tapó
el rostro con el manto. Oyó una voz que le decía: ¿Qué
haces aquí, Elías?»: «Me consume el celo por
el Señor y por eso me buscan para matarme».
Cuando Dios abrasa en su amor a un alma, sufrirá afortunadamente
las consecuencias. ¿Qué hará un cristiano, comido
por el celo del Señor? Recibirá la fuerza, como Elías,
comiendo el pan y bebiendo el agua de la palabra, y Dios, al fin no
lo dejará.
El Señor no estaba ni en el huracán,
ni en el terremoto ni en el fuego, sino en la brisa. Dios dueño
y señor de la historia, conduce los acontecimientos con la suavidad
de la brisa, aunque también permite que los hombres desaten huracanes.
Es verdad que Dios actúa con la fuerza del huracán, pero
su acción es imperceptible, apenas si se nota, como apenas se
siente el suave susurro de la brisa. Elías y todos los hombres
de acción, deben encauzar el celo por la causa del Señor
de la manera natural y suave que no destruye como el huracán,
sino construye por los medios ordinarios y aparentemente insignificantes,
como una mansa corriente que es empujada desde el fondo por la fuerza
formidable de todo el caudal. La fuerza evangelizadora radica más
en la intimidad interior de la suave brisa de la escucha callada y sonora
de la Palabra, que en la tormenta huracanada de la actividad frenética,
que siembra inquietud y nerviosismo e irreflexión. Y así
es como el Señor educa a Elías: después de gozar
en paz el susurro de la brisa, «desanda tu camino hacia Damasco,
unge rey de Siria a Jásale, rey de Israel a Jehú, y profeta
sucesor tuyo a Eliseo» (1 Reyes 19,9).
«Dios anuncia la paz. La salvación
está ya cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra
tierra». El mismo Señor que nos dará la lluvia (Salmo
84), es el que camina sobre las aguas. Domina los elementos y los reduce,
como cachorros, a sus pies. Al aclamarlo como «Dios bendito por
los siglos» (Romanos 9,1), esperemos en el Señor, pendientes
de su Palabra (Salmo 129,5).
«Después de despedir a
la gente subió al monte a solas para orar» (Mateo 14,22).
Si el evangelio nos presenta a Cristo tantas veces orando, aunque tenga
mucho trabajo, es porque la oración es el pan del cristiano,
sin el cual, en esta vida su fe naufraga. Le pasó a san Pedro.
Vieron los discípulos a Jesús caminando sobre el agua.
Bajó de la barca Pedro y echó a andar sobre el agua. Al
sentir la ráfaga del viento le entró miedo, empezó
a hundirse y gritó: «Señor, sálvame».
Sentir miedo es común a todos
los hombres ante la dificultad inesperada o más fuerte que sus
fuerzas. Como Elías, como Pedro. Pero Jesús quiere que
Pedro y los suyos aprendan: Les pone en la dificultad para que clamen
a él. Si el tener miedo es propio del hombre, aclamar a Dios
en su poca fe es su salvación. «¡Qué poca
fe! ¿Por qué has dudado?» El resultado fue que Pedro
reconoció el poder de Jesús y su filiación divina:
«Realmente eres Hijo de Dios».
En medio de las barrascas de la vida
es cuando el hombre siente más imperiosamente la necesidad de
pedir ayuda. Y ¿a quién iremos, Señor? ¡Tú
tienes palabras de vida eterna! (Jn 6, 69).
Al recibir ahora la palabra de Dios,
y al contemplarle consagrado en el altar dentro de unos momentos, confesemos
también nosotros que es el Hijo de Dios, que ha venido a salvarnos,
y agradezcamos rendidamente su venida.
