NO TENGAÍS MIEDO
XII Domingo
Ordinario
«El Señor está conmigo,
como fuerte soldado» (Jeremías 20,10). El profeta Jeremías
ha sido elegido y enviado por Dios para anunciar su palabra, por eso
sus enemigos le persiguen a muerte, pero él confía en
el Señor que le ha enviado y está seguro en medio de sus
persecuciones de que Dios lo librará de las manos de los impíos.
Jeremías puede decir con el salmista:
«Por ti he aguantado afrentas. Soy un extraño para mis
hermanos, porque me devora el celo de su templo y caen sobre mí
las afrentas con que te afrentan» (Salmo 68).
También los discípulos
de Jesús son enviados a predicar el evangelio y a transmitir
lo que ellos han escuchado en su grupo reducido, «de noche y al
oído, gritándolo desde la azotea». Jesús
utiliza la imagen que los viernes por la tarde, ofrecía el ministro
de la sinagoga que desde el tejado más alto del pueblo tocaba
la trompeta para anunciar el día del sábado y su descanso.
El evangelio ha de ser anunciado así, como en la plaza de Colón
de Madrid, lo ha anunciado Juan Pablo II, sin miedo y con valentía.
Pero, sobre todo, el evangelio ha de ser anunciado encarnado en la propia
vida y anunciado boca a boca, como fue anunciado por los primeros cristianos,
que convencían por su vida y por su tenacidad en la propagación,
en el palacio del emperador, como en los gimnasios y en las tahonas
de Roma, o entre los presos en las cárceles.
«No tengáis miedo a los
que os pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma» (Mateo
10,26). Sólo debéis tener miedo al pecado que os puede
llevar al infierno, separación de Dios, fracaso total, desengaño
eterno.
Jeremías ve a Dios como un soldado
valeroso que le libra de los enemigos. Jesús anuncia al Padre,
que cuida de los pajarillos que se caen del nido, o que mueren por el
disparo del cazador.
La caída del pájaro del nido, o el disparo del cazador
entran dentro de los planes de Dios. Si el pájaro muere es para
bien, y si vosotros morís, el Padre sacará gloria y bien
de vuestra muerte: «Si vivimos, para el Señor vivimos;
y si morimos, para el Señor morimos» (Rom 14,8). Los cabellos
de vuestra cabeza están contdos por el Padre. Si no cae un cabello
sin que el Padre lo quiera o lo permita, ¡cuánto menos
las persecuciones, las enfermedades, la maledicencia, la buena o mala
fama, escapan de la acción de su providencia! Si no se mueve
la hojita del árbol sin la voluntad de Dios, ¡cuánto
menos vuestras vidas de discípulos de Jesús sufrirán
menoscabo por vuestra fidelidad en cumplir la misión!
El Señor que nos ha librado de
la muerte eterna por la muerte temporal de su Hijo y hermano nuestro,
Jesús, está ahora mismo librándonos y ofreciéndonos
su Espíritu de amor y de perdón en el sacramento que vamos
a consagrar y a comer para fortalecernos en la extensión del
Reino y como semilla vivificante de vida eterna.
