RECIBIRÁN PAGA DE PROFETA
XIII Domingo
Ordinario
El libro de los Reyes prepara hoy el
mensaje del evangelio. El hijo suscitado por Eliseo a la sunamita generosa,
sin hijos y con el marido viejo (2 Reyes 4,8), es la confirmación
de las palabras de Cristo: «El que os recibe a vosotros me recibe
a mí, el que recibe a un profeta tendrá paga de profeta,
el que de un vaso de agua a uno de estos pobrecillos porque es mi discípulo,
no perderá su paga» (Mateo 10,37). Esto caracteriza la
aceptación que los discípulos de Jesús recibirán
de aquellos a quienes van a evangelizar.
Evangelizar es elevar, es hacer un bien
muy grande, es descubrir un horizonte sin el cual la vida humana se
queda corta, pobre y chata. Los que carecen de la verdad evangélica,
viven ciegos y por eso se aferran a las únicas realidades que
ven, que son las únicas con las que cuentan, las que se pueden
apreciar por los sentidos. Hay un museo bellísimo dentro, pero
no saben que existe. Por eso anunciarles el evangelio, no es hacer un
prosélito, sino promocionar a un hombre para que sea plenamente
hombre, mediante la participación en el misterio de Cristo, que
culmina en la celebración del sacrificio de la eucaristía,
que rememora y representa el sacrificio de la cruz.
Cuando uno ha encontrado al amigo, el
tesoro, la perla preciosa, tiene ya mucho camino recorrido. Porque ya
toda renuncia se le facilita. El amor a Cristo, mueve el sol y las estrellas.
Por él se puede renunciar a todo lo que se amaba y quemar lo
que se adoraba. La experiencia de haber encontrado al mejor amigo del
mundo es el mayor gozo del mundo. Es haber encontrado una vida nueva.
Eso es lo que los discípulos de Jesús saben que han encontrado
al descubrir a Jesús y al vivir con Él. Han encontrado
una perla preciosa, y un tesoro (Mt 13,44). Saben ya que vale la pena
venderlo todo para adquirirlos. Desde esta visión positiva del
amor a Cristo, que llena por completo el corazón del discípulo,
la renuncia a los afectos más poderosos de la vida humana, el
padre, la madre, el hijo o la hija, se hace posible, aunque, a veces,
no deja de ser muy amargo. Sin el amor de Cristo, que no es sólo
afecto y sentimiento, sino fortaleza y robustez del Espíritu,
las renuncias exigidas por su seguimiento, no tienen ni explicación,
ni consistencia y, por tanto, puede asaltar la tentación de la
deserción. Y su realidad. Una prueba de que el seguimiento del
Señor es recompensado al ciento por uno, es la generosidad con
que es tratado Eliseo, el profeta peregrino del Señor, por la
mujer sunamita, que le ofrece con cariño, el hospedaje en su
casa. Quien, a su vez, va a ser recompensada con un hijo, porque Jesús
no va a dejar de pagar ningún servicio, aunque sea tan pequeño
y humilde, como un vaso de agua fresca ofrecido a sus pobrecillos.
Si a los que han sido llamados a compartir
con Jesús su ministerio o la dedicación total y plena
a la edificación de su Cuerpo, exige Jesús posponer los
vínculos de la sangre, no es menos exigente el Señor con
los que, permaneciendo en su hogar, quieren seguirle. También
a estos dice el Señor: «El que no toma su cruz y me sigue,
no es digno de mí». La cruz, entendida como todo aquello
que contraría los instintos naturales del hombre, que crecen
torcidos por la fuerza de la semilla del pecado. Y aquello que cuesta
esfuerzo, que requiere dedicación, dolor, trabajo. Se ha escrito:
«Juan Pablo II es víctima del trabajo». Está
a la vista de cualquiera. La vida es consiguiente a la muerte. La resurrección
viene después de la crucifixión. Encontrar la vida terrena
y sus planes intramundanos de éxito y de seguridades, es exponerse
a perderlo todo, y, sobre todo, la intimidad con el mejor de los hombres,
Dios, que ofrece como amigo, compañero, esposo, hermano, padre,
confidente, precio y premio.
Es lo que hoy se nos dice a nosotros:
Vale la pena perderlo todo, incluso la misma vida, para encontrar esa
vida de Dios en Jesús.
Por el bautismo hemos muerto a la vida
del pecado, nos hemos incorporado a Cristo, formamos un cuerpo con Él.
Por eso hemos de vivir muriendo (Romanos 6,3), y ese es el precio que
hay que pagar para vivir su vida de resucitado. La muerte cotidiana
al pecado, el «cada día muero» de san Pablo (1 Cor
15,31), ha de ser la contraseña del discípulo del Crucificado.
Este misterio de gloria es el que pone
en nuestro corazón y en nuestros labios el Salmo 88: «Cantaré
eternamente las misericordias del Señor, anunciaré su
fidelidad por todas las edades. Y dichoso el pueblo que sabe aclamarte».
En el sacrificio de la eucaristía
se hace presente esa vida y ese amor, que nos salva y nos ofrece la
ilusión y la dicha de vivir al servicio de tan gran Dios, «que
levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para sentarlo
con los príncipes de su pueblo; el que a la estéril le
da un puesto en la casa, como madre feliz de hijos» (Sal 112),
nos hace a nosotros también fecundos, como la palabra de Eliseo
hizo fecunda a la mujer sunamita, que no tenía hijos.
