Vosotros sois la sal, la luz, la ciudad elevada

V Domingo Ordinario

Los judíos llegados del destierro ayunan y sienten que Dios no les escucha. Y se quejan a Dios: «¿Por qué vamos a ayunar si tú no lo ves, por qué mortificarnos, si tú no te enteras?» (Is 58,3). Y «Dios responde: El día de ayuno oprimís a todos vuestros jornaleros, ayunáis entre disputa y riña, golpeando con el puño (ib 4). Vuestro ayuno es formalista y egoísta: Por eso no llega al cielo. «El ayuno que yo quiero es que desatéis las cadenas injustas, dejéis libres a los oprimidos, rompáis todos los yugos, partáis vuestro pan con el hambriento, hospedéis a los pobres sin techo, vistáis al desnudo y no os cerréis a los hermanos. Cuando hagas esto yo te diré: ¡Aquí estoy! Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, y sacies el estómago del pobre, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía» (Isaías 58,7).
Es la impresión que tantas veces experimentamos los creyentes ante el aparente silencio de Dios que nos habla, no obstante, cuando hacemos el bien a los demás, por la paz de nuestra conciencia, que es su voz.

Por eso, cuando se realiza el programa marcado por el profeta, se cumple el del salmista: «El justo brilla en las tinieblas como la luz» (Salmo 111). Luz tanto más esplendorosa y visible y necesaria, cuanto más oscuras son las tinieblas del mundo.

La luz que resplandece en el justo es la misa luz del Señor, que vive en ellos y se trasluce, hasta el punto de convertirse en luz del mundo: «Vosotros sois la luz del mundo» (Juan 8,12). Los cristianos son la luz del mundo cuando cumplen sus deberes morales y humanos con el prójimo. Cuando respetan la libertad de los otros hombres. Tuve hambre y sed, estuve desnudo, abandonado. Es decir, la religión debe ser interior, es espíritu y verdad, y consecuente. La sal, la luz, la ciudad en alto, son signos cósmicos, que hacen pensar en la creación primera del universo, y nos urgen a comenzar la nueva creación.

La sal se usa para condimentar los alimentos. Así como los judíos «sazonaban con sal sus ofrendas», para que fueran agradables a Dios, los cristianos, de cara al mundo, debemos ser sal, y como ella, escondida en la tierra, invisible y sin apariencia, dar sabor nuevo de Dios al mundo, como fermento para influir en él, ayudándole a que descubra el sentido de la vida, y no quede atrapado por sus tendencias y aspiraciones rastreras.
Además de sazonar e impedir la corrupción, los discípulos de Cristo poseen la sal de la sabiduría de la Palabra. Con su difusión, sobre todo encarnada en la vida, dan sabor al mundo, y ayudan a que la corrupción vaya disminuyendo.

«Sois la luz». Dice Isaías: «Los pueblos caminarán a tu luz» (Is 60,3). Es lo que dice también Simeón con el Niño Jesús en brazos (Lc 2,32). Paul Claudel pregunta a los cristianos: «¿Qué habéis hecho de la luz?».
Los cristianos pues no hemos de ser cuerpos opacos, ni cuerpos con luz propia. Nuestra luz es la del Señor a quien, hechos nosotros sencillos y transparentes, traslucimos. Cuanto más limpio el cristal, mejor trasluce la luz de la verdad, del bien, de la belleza.

Sois la ciudad puesta en lo alto. «Jerusalén está construida como ciudad bien trazada» (Sal 121): los discípulos de Jesús son la Jerusalén nueva.

Tampoco se enciende la vela para ponerla bajo el celemín, sino sobre el candelero, para que ilumine a todos. En tiempos de Cristo se alumbraban con grasas encendidas: para apagar la luz, se tapaba con una especie de cubo, que extinguía el oxígeno y la apagaba, y se evitaba el humo y el hedor de la grasa quemada.

La luz no debe apagarse. Debe iluminar siempre, con las buenas obras. Como dice de los cristianos la Carta a Diogneto: «No se distinguen de los paganos por su vestido, comidas y hábitos de vida. Cada uno tiene su patria, pero se juzga peregrino; todo les es común con los demás. Toda otra región es su patria, aunque en toda patria se encuentran peregrinos. Como todos, tienen sus mujeres, crían hijos, pero detestan los abortos. La mesa les es común, mas no el lecho. Son de la carne, pero no viven según la carne. Habitan en la tierra, pero su ciudad es el cielo. Lo que el alma es en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo… Tan noble es el puesto que Dios les ha asignado, que no les está permitido desertar de él».

Así son –debemos ser- para todos los hombres, visibles, como la ciudad puesta en lo alto, y como la luz espléndida del mediodía, o invisibles, con acción callada, pero eficaz, como la sal. Como la eucaristía que silenciosamente va transformando nuestras vidas y el mundo. Como una inmensa transfusión diaria de sangre salvadora y fecunda.