HAY QUE PRACTICAR LA
PALABRA
IX Domingo
Ordinario
«Meteos
mis palabras en el corazón y en el alma» (Deuteronomio
11,18). Nadie sabe lo que otro piensa, sinte, ama, odia, quiere o desea
mientras el otro no abra su corazón y exprese sus sentimientos
o su voluntad. Esa expresión se conoce por el nombre de palabra.
Palabra es pues la manifestación de lo que hay en el corazón,
la ventana por donde se descubre el interior.
¿Qué
hay en el corazón de Dios? Dios ha ido manifestando su corazón
«muchas veces y de muchas formas a los padres por medio de los
profetas» (Heb 1,1). Dios ha hablado. Y ha hablado con algo tan
débil como son las palabras humanas. Si Dios es creador y padre
es evidente que sus palabras a los hombres han debido ser palabras de
vida; palabras que buscan el bien de sus criaturas, de sus hijos. Y
ya es sublime humildad que Dios eterno y omnipotente quiera comunicarse
con los hombres con algo tan débil como es la palabra.
Un
niño pequeño no puede entender el bien que su padre quiere
para él. También es difícil que el hombre entienda
lo que Dios le pide o quiere y lo que no quiere para él. Pero,
aunque no lo entienda, debe hacer lo que el Padre Dios le manda, y debe
evitar lo que le prohíbe. No puede ser más que para su
bien. De su cumplimiento depende la felicidad del hombre; de su incumplimiento,
la desgracia.
Dios
manda unas cosas y prohíbe otras. Sus mandatos y sus prohibiciones
no son arbitrarios. Están enraizados en la naturaleza de las
cosas que él ha creado, que él conoce como nadie. Y la
desgracia del hombre no es una venganza de Dios porque le ha desobedecido,
sino la reacción de la naturaleza que ha sido violentada. Por
eso Dios, sabio conocedor de la forma de reaccionar de la naturaleza
que él mismo ha creado, como inteligente arquitecto, nos previene
de la caída del muro que él sabe puede caer sobre nosotros.
El
disco rojo del semáforo no es una arbitrariedad del ministerio
correspondiente, sino una protección y defensa del ciudadano
que debe saber el peligro que corre cuando no lo atiende. Ese es el
sentido que tienen las palabras de Moisés en el Deuteronomio:
«Hoy os pongo ante vosotros maldición y bendición:
la bendición, si escucháis los preceptos del Señor,
vuestro Dios, que yo os mando hoy; la maldición, si no escucháis
los preceptos del Señor».
Por
eso Jesús nos dice: No basta con escuchar las palabras. Es necesario
cumplirlas. Ni siquiera basta con rezar, aunque no rece mucho. «No
todo el que me dice: “Señor, Señor” entrará
en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre
que está en el cielo» (Mateo 7,21). Es el Espíritu
el constructor del hombre interior, pero con la colaboración
del mismo hombre, que secunda su acción, y no se opone a ella
con sus obras.
Y
termina Jesús el sermón de la montaña con una parábola:
«El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica
se parece al hombre prudente que edificó su casa sobre roca.
Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos
y cayeron sobre la casa; pero no se hundió porque esta cimentada
sobre roca. El que no las pone en práctica se parece al hombre
necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia,
se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra
la casa y se hundió totalmente». Tanto el primero como
el segundo oyeron la palabra; la diferencia que hay entre uno y otro
es «practicar». Eso es lo que hace al hombre «prudente»
o «necio».
El
Salmo 30 pide al Señor que sea él «la roca de nuestro
refugio, el baluarte donde nos salvemos». Porque queremos edificar
sobre la roca del Señor, y que su palabra de amor sea la que
nos dirija y nos guíe, digámosle: «haz brillar tu
rostro sobre tus siervos, y sálvanos por tu misericordia».
Comeremos
tu cuerpo y beberemos tu sangre para permanecer unidos a la vid, que
eres Tú, con el deseo de producir abundantes frutos que duren
eternamente.
