El
camino de la felicidad
IV Domingo
Ordinario
«Buscad
al Señor los humildes. Dejaré en medio de ti un pueblo
pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor»
(Sofonías 2,3). El profeta invita a los humildes al cumplimiento
de las bienaventuranzas. Después, juzga a «la ciudad rebelde,
manchada y opresora, que no ha obedecido ni escarmentado, no ha puesto
su confianza en el Señor, ni se ha acercado a Dios» (Sof
3,1ss). Dios ha quedado desdibujado en esta generación. «Sus
jefes son como leones rugiendo; sus jueces, lobos a la tarde, sin comer
desde la mañana»
(Sof 3,2). Cuando falta Dios, falta la moral y la justicia y los que
están arriba y los que tienen más poder, porque creen
que nadie les ha de pedir cuentas, y no tienen más horizonte
que el material, dicen: «¡Venga!, a disfrutar de los bienes
presentes, a gozar de las cosas con ansia juvenil; ciñámonos
coronas de capullos de rosas, antes de que se ajen» (Sap 2,6).
Por eso para el profeta Sofonías, lo que importa es el temor
del Señor y la confianza en él. Para él tiene menos
importancia la pobreza material.
Se puede
tener riqueza y ser temeroso de Dios y humilde, pues así no se
abusa ni del poder ni de la riqueza, sino que se los utiliza para promocionar
al hombre, para cultivar la paz, para desterrar la pobreza o miseria
material, que es considerada como lacra del mundo, para tener en cuenta
los valores humanos, la honradez, el trabajo, la constancia, la veracidad,
la solidaridad… Borrado Dios del horizonte, que, en fin de cuentas,
es el que pide cuentas, toda injusticia es posible, todo desplome esperado.
«Como no temo a Dios ni a los hombres» (Lc 18,4), decía
el juez injusto, hago lo que me da la gana.
Ante tanta
sinrazón, ante tanto materialismo, se hace necesaria la intervención
de Dios, que se desborda en promesas de restauración mesiánica:
«Purificaré los labios de los pueblos para que invoquen
todos el nombre del Señor» (Sof 3,9). El Señor promete
una restauración interior, una nueva creación por la «que
no tendrás que avergonzarte de las acciones con que me ofendiste,
porque extirparé tus soberbias bravatas» (Sof 11). Es la
transformación interior en Cristo por el Espíritu.
Frente a
los satisfechos de este mundo, Jesús, como nuevo Moisés,
fundador de un pueblo nuevo, presenta a sus discípulos las bienaventuranzas,
declaraciones magistrales, que describen el nuevo espíritu que
él va a predicar y revelan una misma actitud coherente, con diferentes
matices: «Dichosos los pobres en el espíritu, porque de
ellos es el reino de los cielos» (Mateo 5,1). Al materialismo
denunciado por Sofonías, opone Jesús la bienaventuranza
de la pobreza espiritual, de la paciencia en el sufrimiento y en el
llanto, del hambre y sed de justicia, de la misericordia y limpieza
de corazón. Jesús nos ha dejado en las bienaventuranzas
su autorretrato. Él es el pobre, el manso, el que no tuvo recato
de que le vieran anegado en llanto, el que tuvo hambre y sed de justicia,
el misericordioso, el limpio de corazón, el que trabaja por la
paz. Y el que perseguido murió. Jesús designó a
los humildes como dichosos. Él es el primer hombre bienaventurado,
porque goza de la misma bienaventuranza de Dios, que consiste en no
tener su corazón ni en la tierra ni en nada de la tierra. Dios
es bienaventurado porque es feliz y se sabe feliz, porque no necesita
nada, pues en él está todo y quien se acerca a él
y deja sus ambiciones terrenas, es igualmente feliz. Pero Jesús
sabía que el día que predicó las bienaventuranzas,
firmó su propia sentencia de muerte (Fulton Sheen). Las proclamaba
en un monte, cercano a Cafarnaúm, eco y plenitud del monte Sinaí,
pero las tenía que consumar en otro monte, clavado en la cruz.
Él sabe que las bienaventuranzas son la opción por una
locura, la del amor. Son un monte de alegría pero de la que hay
el otro lado de la zarza ardiendo. Es la llamada universal a la santidad,
que el Vaticano II ha proclamado, como ningún otro concilio.
Dios se complace
en «escoger la gente baja del mundo, la despreciable, lo que no
cuenta para anular lo que cuenta» (1 Corintios 1,26). El mismo
Pablo fue a Corinto a predicar «con una sensación de impotencia
y temblando de miedo» y no confiando en el poder de la persuasión
de la elocuencia humana, «sino en la manifestación y en
el poder del Espíritu» (1 Cor 2,3).
La dicha
de los pobres tiene una base inconmovible, que el Señor «que
hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, liberta a los
cautivos, abre los ojos al ciego, endereza a los que ya se doblan, ama
a los justos, guarda a los peregrinos, sustenta al huérfano y
a la viuda y desbarata el camino de los malvados» (Salmo 145).
Por eso, estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será
grande en el cielo.
Creamos firmemente
que ahora en la eucaristía vamos a recibir al bienaventurado
y feliz Jesucristo, que actúa en nosotros hoy toda la felicidad,
y es capaz de llevarla hasta las raíces más profundas
del mundo, a las cuales llega la redención de su sangre.
