Siervos
amados del Padre
II Domingo
Ordinario
«He visto al Espíritu
como paloma descender del cielo y posarse sobre Él» (Juan
1,29). Juan ha comenzado su evangelio como un himno a la Palabra que
existía desde el principio y que se ha encarnado. Confiesa que
hemos contemplado su gloria. Que Juan Bautista había dicho de
Él que venía detrás de Él, pero que era
primero que Él. Y sigue diciendo que a Dios nadie lo ha visto
jamás, pero que su unigénito que está en su seno,
nos lo ha revelado.
Los judíos
enviaron a preguntar a Juan Bautista: ¿quién eres? «”Yo
bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno que no conocéis;
es el que viene después de mí y a quien no soy digno de
desatar la correa de su sandalia”. Esto ocurrió en Betania,
al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba» (Jn 1,26).
Hacía
muchos siglos que Dios había prometido que la estirpe de la mujer
aplastaría la cabeza de la serpiente. Habían vivido patriarcas
y muchos profetas. Alos patriarcas les hablaba Dios preparando la sementera.
Después los profetas hablaron al pueblo lo que Dios les inspiraba.
Le comunicaban esperanza y corregían sus pecados, que Dios purificaba.
El último profeta ha sido Juan Bautista, que ha preparado ya
los caminos del Señor. Y el Señor ya está aquí.
Lo ha bautizado él en el Jordán, como hemos meditado el
domingo pasado. El Padre dijo que Él era su Hijo amado. Hoy es
Juan Bautista el que dice: «Este es el cordero de Dios que quita
el pecado del mundo». Este es el Hijo de Dios, el que: «A
todos los que le reciben los hace capaces de ser hijos de Dios»
(Jn 1,12).
Por eso somos
amados por el Padre, como hijos, como lo es Jesús, todos los
que hemos sido bautizados. Si una madre no agota su maternidad en el
primer hijo, menos el Padre agota la suya en su Hijo unigénito.
Pues su amor sin límites le pide prolongar su paternidad en hijos
innumerables. Somos hijos de Dios en el Hijo, y por la sangre del Hijo,
que borra con ella el pecado del mundo.
Pero para
que ese manantial de sangre redentora que brotó en el Calvario
del costado abierto del cordero de Dios, Jesucristo, produzca efectos
individuales, es necesario que vayamos a recoger la sangre que nos corresponde,
en los sacramentos. No basta que haya una fuente siempre manando, hemos
de ir con nuestro cántaro a la fuente: «Sacaréis
aguas con gozo de las fuentes de la salvación» (Is 12,3).
Jesús, con sus llagas abiertas, nos ha abierto el cielo que estaba
cerrado. Nos ofrece la posibilidad de ser hijos de Dios, de vivir su
misma vida divina, la que él recibe del Padre.
Por eso,
todos y cada uno de los bautizados podemos escuchar como pronunciadas
sobre nosotros, las palabras abismales y consoladoras: «Tú
eres mi siervo de quien estoy orgulloso. Te hago luz de las naciones
para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra»
(Isaías 46,3).
Palabras
dirigidas a la Iglesia, «a los consagrados por Jesucristo, al
pueblo santo que él llamó» (1 Corintios 1,1) a todos
los miembros de la comunidad llamada a difundir la gran riqueza de la
filiación divina a todos los hombres.
Nuestra respuesta
la hemos dado en el Salmo 39: «Aquí estoy, Señor,
para hacer tu voluntad». Como la ha obrado el primogénito,
al dar cumplimiento a su vocación de reunir a Israel; de convocar
a la Iglesia y a la humanidad por ella; de purificar a la Iglesia en
el Espíritu Santo, por el bautismo, la penitencia, la eucaristía;
al morir por la Iglesia, como cordero de Dios, cordero pascual, «Cordero
de pie, como degollado» (Ap 5). La nobleza y el honor nos obligan
a vivir una vida digna de hijos de Dios. Cesen las guerras. Luchemos
personalmente contra el pecado. Y luchemos también socialmente
contra las estructuras de pecado.
En la misa
vamos a sacrificar al cordero de Dios. Lo vamos a comer. Lo comen buenos,
lo comen malos, pero el resultado es diferente: de vida o de muerte.
Formemos bien nuestra conciencia. Hay un sacramento para perdonar los
pecados que excluyen de la comunión: la penitencia. Aunque no
somos dignos de que entre en nuestra casa, acerquémonos con conciencia
limpia, a recibir al cordero de Dios que
