La
luz está llegando
III Domingo
Ordinario
«Yo
soy la luz del mundo: el que me sigue no camina en las tinieblas, sino
que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12). Después
del bautismo y de su ayuno y oración de cuarenta días
y de la manifestación por Juan del cordero de Dios, encarcelado
Juan, comienza Jesús a predicar. Y es muy significativo que comience
a predicar en un país humillado y descreído, como acto
profético que anuncia que ha venido en busca de los pecadores
(Mt 9,13).
A todos nos
gusta la luz, y nos aterra la oscuridad, que es sinónimo de ignorancia;
la inteligencia y el conocimiento se expresan por la luz, y así
decimos: Tiene muchas luces, o es de cortas luces. La revelación
es luz. Y en todas las religiones, al momento del descubrimiento de
la divinidad se le llama: «iluminación». Así
podemos comprender a san Mateo que nos dice: «El pueblo que caminaba
en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras
de muerte les brilló una luz» (Mateo 4,12).
Esta tierra
en sombras de muerte es Galilea, en el norte, territorio donde se establecieron
las tribus de Zabulón y de Neptalí. Y Mateo da la razón:
para que se cumpliera lo que había profetizado Isaías:
«En otro tiempo el Señor humilló el país
de Zabulón y Neftalí» (Isaías 8,23). Devastados
e invadidos por Teglatfalasar, estos territorios habían recibido
inmigraciones de gentiles: arameos, itureos, fenicios y griegos.
En tiempo de Cristo vivían allí con los judíos,
muchos gentiles, atraídos por el comercio, sobre todo en las
ciudades de Galilea superior. Estas tribus eran humilladas y despreciadas
por los mismos judíos, porque su fe judía había
sido debilitada por la mixtificación religiosa. Los judíos
de Judea consideraban a los galileos como judíos inferiores.
Pero el Señor «ensalzó a los humildes» (Lc
1,52). Y allí comenzó a brillar una gran luz.
Cuando Juan
fue encarcelado, Jesús se retiró a Cafarnaún, al
norte de Palestina y junto a la Galilea de los gentiles. Y entonces
comenzó a predicar: «Convertíos, porque el reino
de Dios está cerca». El mensaje de Jesús enlaza
con el de Juan, con la diferencia de que Juan lo anuncia cerca, y Jesús
lo anuncia presente, si nos convertimos. Si le seguimos, Él nos
curará de nuestras enfermedades y dolencias morales: avaricia,
ambición, soberbia. Él curará al mundo de todos
sus pecados, y el seguimiento de su palabra será la salvación
de todos los males de los hombres. Esta es la buena noticia. Quien acepte
a Jesús en su palabra, ya está en él el reino de
Dios (Lc 17,21).
Nuestra conversión
tiene esta semana un signo: el de la unidad. A estas alturas del siglo
XX, resulta amargo comprobar la separación de los cristianos:
Aún resuenan las palabras apelantes a la unidad y a la superación
de las discordias, de Pablo: «Yo soy de Pablo, yo soy de Pedro,
yo soy de Apolo, yo soy de Cristo. ¿Está dividido Cristo?»
(1 Corintios 1,10). Es un escándalo que los cristianos estemos
separados. Y por eso estamos rezando toda esta semana. Anglicanos, luteranos,
ortodoxos, episcopalianos y católicos. ¿Y los católicos
como andamos de unión?: «Que sean todos uno como tú,
Padre, estás conmigo y yo contigo, para que el mundo crea que
tú me has enviado» (Jn 17, 21).
Con la alegría
de haber encontrado la luz, recemos con el salmista nuestra confianza:
«El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién
temeré?» (Salmo 26).
Que el comer
el mismo pan y beber el mismo cáliz de la sangre divina nos haga
instrumentos de unidad: donde haya odio, pongamos amor, donde haya guerra,
sembremos la paz, donde haya separación, unión.
