¡HOSANA!
Y ¡CRUCIFÍCALO!
Domingo
de Ramos
Cuando vamos
a comenzar a revivir la semana santa, la Iglesia, nos previene: Todo
esto va a tener un final feliz, la resurrección. Por eso con
la procesión de los ramos celebrada con ritmo festivo, al aclarar
a Cristo como el Hijo de David que viene en el nombre del Señor,
adelantamos su Resurrección.
«Decid
a la hija de Sión: Mira a tu rey, que viene a ti humilde, montado
en un asno» (Mateo 21,1). En contraposición a los reyes
victoriosos montando a caballo, Jesús entra como rey en la ciudad
santa humildemente. Es manso y humilde de corazón.
Lucas completa
la narración de Mateo, contándonos el llanto de Jesús:
«Al ver la ciudad, lloró por ella» (Lc 19, 49). A
medida que va avanzando hacia la muerte, se aprecia más la sensibilidad
de Jesús, lamentando la desgracia de su patria, manifestando
la ternura por sus discípulos.
«Mi
Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al
abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído
para que escuche» (Isaías 50,4). Escuchar y hablar. Para
poder dar vida y ser fuerte, para soportar insultos y salivazos, para
ofrecer la espalda a sus golpes, para seguir a Cristo, necesitamos escuchar
la palabra. Sólo ella nos dará la fuerza necesaria.
«Se
burlan de mí, me acorralan una jauría de mastines, me
taladran las manos y los pies, se pueden contar mis huesos, se reparten
mi ropa, se sortean mi túnica. Fuerza mía, ven corriendo
a ayudarme» (Salmo 21). ¿Lo hemos experimentado alguna
vez?
«Se
ajustaron con él en treinta monedas» (Mateo 26, 14). Judas,
hombre mezquino y ambicioso, capaz de traicionar y entregar a su Maestro
y desencadenar una tragedia tan enorme por unas monedas. Su deseo de
grandeza le impulsa al sentirse fracasado en sus ambiciones y deseos
y desilusionado por Jesús, a actuar como amargado y resentido
contra Él. No se separa como hacen los mediocres. Como resentido
y frustrado, quiere hacer daño al que lo ha hecho fracasar. Quiere
vengarse.
Así funciona Judas y por eso entrega y vende a su Maestro. ¿A
cuántos habrá entregado antes? Esa es su personalidad
y su modo de actuar. Va almacenando rencor. Mientras sus planes le salieron
bien, siguió al lado de Jesús. La psicología de
Judas, posibilitó el cumplimiento de la Escritura.
Él
había de ser él solo. Y él había de estar
solo. Y las cosas se habían de hacer a su manera. Cuando se desilusionó
de Jesús, no tuvo ni un solo gesto de magnanimidad, ni de comprensión.
Se escandalizó de la debilidad de Dios. Llegó a pensar
que Jesús había sido un gran farsante, su vida y su misión
un enorme fraude. ¿Cómo podía Dios estar con Jesús,
si todo le salía mal? ¿Si sólo iba de fracaso en
fracaso?
Y Jesús,
deja libre a Judas. Como nos deja libres a todos. Él no esclaviza
ni fuerza ni violenta la libertad de nadie.
¿Se
ha extinguido ya la raza de Judas? Es una semilla humana y no anacrónica.
Hoy sigue habiendo Judas, que cuando pierden la ilusión, cuando
se desengañan, cuando están amargados, resentidos, y cuando
se sienten postergados, reaccionan irracionalmente, sacan consecuencias
falsas y son capaces de traicionar la amistad, tanto a nivel familiar
como social.
«No
conozco a ese hombre». Pedro no ha podido velar una hora con el
Maestro y la falta de oración causa su caída y la caída
de todo aquel que no vela.
«Soy
inocente de esta sangre». Pilato es el hombre que quiete tener
contentos a todos: al emperador de Roma, a los sacerdotes, al pueblo
y a su conciencia. Se desespera y se irrita forcejeando por contemporizar
con todos. Lo único que le preocupa y le interesa es no perder
ni su prestigio ni su cargo. Es esclavo de su propia situación.
Pilato está de moda. Cuando se vive una vida tan materialista
como la actual, el pueblo se traga el quebrantamiento y todas la leyes
morales: sólo reacciona ante la pérdida del pan, del puesto
de trabajo, del cargo de prestigio, de la reacción que ciertas
medidas o el cumplimiento de la justicia en casos concretos, puedan
producir en los electores. Pilato es esclavo de la opinión, de
la ambición.
«Jesús
dio un fuerte grito y exhaló el espíritu». Es la
fulgurante manifestación del amor de Jesús, que entrega
su vida por la verdad, y para que sus discípulos se vean siempre
libres de todo género de esclavitud.
Reconciliémonos
con Dios en estos días de semana santa. A ello nos exhorta el
catecismo: «El que quiere obtener la reconciliación con
Dios y con la Iglesia debe confesar al sacerdote todos los pecados graves
que no ha confesado aún y de los que se acuerdan, tras examinar
cuidadosamente la conciencia. Sin ser necesaria, de suyo, la confesión
de las faltas veniales, está recomendada vivamente por la Iglesia».
