DIOS
AUTOR DE LA VIDA AMA LA VIDA
V
Domingo de Cuaresma
«Yavé
me arrebató en éxtasis, me trasladó a través
de la vega por medio de su espíritu y me dejó en el centro
de la vega, que estaba llena de huesos. Me hizo pasar por entre ellos
en todas las direcciones. Era una cantidad inmensa a lo largo de la
vega y estaban completamente secos». El Señor arrebata
a Ezequiel a una gran vega donde hay amontonados millones de huesos
humanos. «Y me dijo: Hijo de hombre, ¿podrán revivir
estos huesos? Y me dijo: Profetiza sobre estos huesos y diles: ¡Huesos
resecos, escuchad la palabra de Yavé! Yo haré que entre
de nuevo el espíritu en vosotros y reviviréis. Yo profeticé,
y mientras profetizaba se oyó un trueno; después hubo
un terremoto. Los huesos se juntaron. Y aparecieron los nervios, y la
carne, y se cubrieron de piel. Pero no tenían el espíritu
de vida».
Estamos como
ante la creación del primer hombre, ante el hombre de barro,
aún sin vida. Estos huesos son la entera casa de Israel, que
no creen que voy a reconstruirla y a vivir siempre con ella. «Andan
diciendo: ¡Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestras
esperanza, estamos perdidos para siempre!». Y el Profeta, obedece
y profetiza: «¡Ven, espíritu!». Y el espíritu
penetró en aquellos huesos. Y los huesos se pusieron en pie.
Eran muchísimos, «una cantidad inmensa». Y sigue
diciendo el Señor: «Yo mismo abriré vuestros sepulcros»
(Ezequiel 37, 12). Como el sepulcro de Lázaro. Como nuestros
propios sepulcros. Los de toda la humanidad.
En Lázaro
está presente toda la humanidad, amada como Lázaro, por
quien Jesús llora, lo que es señal evidente de que le
ama. La fuerza de la amistad de Jesús hacia Lázaro se
revela de manera verdaderamente apasionante. Jesús, ante Lázaro
muerto, se encuentra ante el signo fundamental de su misión:
la muerte transformada en vida por medio de su propia muerte. Jesús
se presenta como la vida desafiando a la muerte y venciéndola
en su propio terreno en un hombre muerto, en un hombre del cual la muerte
se ha apoderado: «Yo soy la resurrección y la vida»
(Juan 11,25).
El hombre
teme la muerte. Huye a la muerte. No sólo por ella y sus dolores,
sino por lo que ella significa de negación de la existencia,
de separación a fondo, de fin de la vida. El hombre no quiere
morir. Porque ha sido creado por Dios, no para morir, sino para vivir.
Dios tampoco
quiere la muerte, porque es autor de la vida. Pero esta vida, resurrección
en el caso de los huesos vivificados y de Lázaro resucitado,
no sólo tendrá lugar el último día, en la
resurrección escatológica de que habla Marta, sino que
tiene lugar ya, ahora, en el que tiene fe, en el creyente: «¿Crees
esto?». La fe de Marta está en la base del milagro, signo
de la resurrección y vida eterna. El creyente tiene ya la vida
eterna aquí. No necesita llegar a la hora de su muerte. Y esto
sucede porque hemos recibido el Espíritu de vida y vivificante.
Al rezar el credo hoy atendamos especialmente al artículo: «Creo
en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida». Para
que el Señor nos resucite ya ahora y aquí basta con que
escuchemos su voz: Reconciliaos con Dios. ¡Lázaro, sal
del sepulcro del pecado, donde te mueres de frío y de amargura!
«Si
el Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos
habita en vosotros, el que resucitó entre los muertos a Cristo
Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales»
(Romanos 8,8)
Al «redimir
el Señor a Israel de todos sus delitos, con su copiosa redención,
está resucitando a la vida de Dios, que es la vida verdadera
y que no tendrá fin, porque es la participación de su
misma vida, por Jesucristo, de quien aguardamos la salvación,
como el centinela que anhela que llegue la aurora, que disipe las tinieblas
de la noche, que le tienen agazapado (Salmo 129).
Hoy todo
proclama la vida, cuando estamos a punto de celebrar la muerte de Cristo.
Porque esa vida nos viene por esta muerte suya. Te adoramos Cristo y
te bendecimos porque por tu santa muerte y resurrección redimiste
al mundo.
Vamos a hacer
memoria viva de esa muerte y de esa resurrección, que se actúan
hoy sobre el altar para la salvación del mundo.
