NO NOS DEJES CAER EN LA TENTACIÓN

I Domingo de Cuaresma

En la primera oración hemos pedido una más profunda inteligencia del misterio de Cristo. Las lecturas nos han introducido en el misterio. La primera pareja humana hace entrar el pecado en el mundo al ceder ante el tentador. Los israelitas en el desierto también sucumbieron a la tentación. Cada uno de nosotros hemos experimentado y seguimos experimentando la tentación. Jesús, vence las tentaciones y las soporta durante toda su vida, hasta la muerte, y así nos salva del pecado y nos da la vida.

El relato de la creación y de la tentación del hombre no debe ser considerado como la historia de realidades que ocurrieron tal cual el autor sagrado las cuenta. Los personajes de la acción, Adán y Eva, representan a la entera humanidad de todos los tiempos, que ha sido concretada en ellos dos para poder ser observada en directo y al vivo. Cuando la serpiente actúa, todo hombre puede confirmar que al tentación en él ha seguido los mismos pasos: sugestión insinuante… Representación del objeto con los más vivos y subyugadores colores… Sugestión de unas consecuencias extraordinarias derivadas de la consecución del objeto de la tentación: dinero, sexo, droga, poder, prestigio… «Seréis como dioses» (Génesis 2,7). El tentador juega con ventaja. Ladinamente, taimadamente. La realidad de las cosas es en blanco y negro, y él las presenta en color fascinante y en pantalla panorámica. Actúa como lo que es: un embustero: «Cuando dice la mentira le sale de dentro, porque es falso y padre de la mentira» (Jn 8,44). La verdad es que los pobres hombre y mujer se vieron desnudos, nos vemos desnudos, es decir, experimentamos que todo lo que nos prometió el tentador era mentira y palpamos nuestra desnudez, nuestra miseria. Nos encontramos con el escozor en la conciencia y el espesor de la ceniza en la boca.

Jesús también fue tentado, y lo será durante toda su vida: «No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compartir el peso de nuestras debilidades, sino al contrario: tentado en todo, como semejante nuestro que es, pero sin pecado» (Heb 4,15). Jesús fue tentado en el hambre y la sed, en el frío y la fatiga, en éxitos clamorosos y en fracasos desalentadores, en la inoportunidad de las gentes, en la soledad y en la incomprensión de sus más cercanos, y en la hostilidad de los gobernantes: Por eso dice a sus discípulos: «Vosotros habéis permanecido conmigo en mis pruebas» (Lc 22, 28). Y la carta a los Hebreos: «Porque él mismo soportó la prueba, es capaz de socorrer a los tentados» (Heb 2, 18)

Se presentó el tentador, el separador, el calumniador, se separa de Dios y de los hombres calumniando, y de sí la pequeña comunidad no viva su vida interior, ni tenga esperanza en la acción unificante de Dios en su pueblo, y se empeñen en vivir juntos pero como en un hotel, donde no se escucha una palabra de Dios, y la vida no tiene razón de ser.

«Di que estas piedras se conviertan en panes» (Mateo 4,1). Fue la tentación de Israel en el desierto: añoraban las ollas de carne y saciarse de pan. Es la tentación de actualidad: casi todos se desviven por los bienes materiales, por el confort, por las cosas costosas con 16 cuartos de baño, a ser posible, y con frigoríficos para las pieles, y hasta con calefacción para la caseta del perro. Y en tono menor, también los cristianos optan por el pan, las carreras más fructificantes, y los puestos más enriquecedores con la mayor rapidez. Decía estos días un eximio profesor de economía: las profesiones más respetables debían de ser las de los sacerdotes, los jueces, los maestros, pero entre mis alumnos nadie las quiere. Un Cristo dando pan, promocionando a puestos más codiciados, obtendría éxito fulgurante. Una iglesia dedicada a dar pan, no se vería nunca desierta. Jesús vence la tentación con la palabra de Dios. «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

«Tírate de aquí abajo». Era verdad lo de los ángeles, pero tirarse de lo alto esperando el milagro, era tentar a Dios. Decía el otro día un sacerdote casado: Si la Iglesia sigue así, se quedará sola. Salvar las almas por el amor y con el sacrificio es muy lento y costoso. Pero hacer milagros para atraer a la gente, u organizar actos folclóricos para que vengan a la iglesia, sería tentar a Dios. El evangelio no es la promesa de resultados fáciles. «Cuando la verdadera doctrina es impopular, no es lícito buscar una fácil popularidad».

«Todo esto te daré»… Si te ven sentado en un trono de oro, te seguirán los hombres mejor que si te ven en la cruz… Es la tentación de la idolatría y la del mesianismo triunfalista, humano y terreno. Jesús, frente a esta seducción, que tanto atraía a sus contemporáneos e incluso a sus discípulos, acepta el plan del Padre: el mesianismo doliente, con los medios humildes y pobres propios del reino de Dios. Cristo vence la tentación primera del Génesis: la desobediencia. Y las tentaciones en que Israel había sido vencido.

Satanás vendrá a tentar a Jesús en el huerto con la infinita tristeza y desánimo: «Me muero de tristeza» (Mt 26,38). Era un peso superior a las fuerzas de la fragilidad humana. Le tentará en la cruz, por la opinión pública, ante la que se juega el prestigio de Dios, por un Dios que no sabe o no quiere salvar de la cruz. Jesús opta por rechazar privilegios, aceptar la debilidad y la tristeza. Y consigue la victoria, no con razones humanas o teológicas, sino con el sometimiento de su vida: «Está mandado»: en el desierto. En Getsemaní: «No se haga lo que yo quiero». En la cruz, ni una sola palabra. Pudo bajar de la cruz y explicar la misteriosa debilidad de Dios, con lo cual habría desmentido la debilidad de Dios. Permaneció donde estaba. Aceptó los sarcasmos, los insultos, la incredulidad. Aceptó que lo rechazaran y que no le entendieran.

«Vete Satanás, porque está escrito: Al Señor, tu Dios adorarás y a Él sólo darás culto». «Si por la desobediencia de un hombre, todos fuimos pecadores, por la obediencia de uno solo, todos somos justos» (Romanos 5,12).

Cada bautizado es llevado como Jesús, como el pueblo de Israel, al desierto, para ser tentado. Desierto es toda nuestra vida hasta que lleguemos a la Pascua. Para escuchar la propuesta del diablo de ser como dioses, pero sin Dios. Hemos de triunfar como Jesús, que «por la dicha que le esperaba, sobrellevó la cruz, despreciando la ignominia, y está sentado a la derecha del trono de Dios» (Heb 12,3). A imitación suya con su fuerza, venceremos la tentación, como vamos a pedir en el padrenuestro que vamos todo a rezar antes de la comunión.

Y, como hemos pecado, nos hemos unido al rey David en su confesión: «¡Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro, devuélveme la alegría de tu salvación!» (Salmo 50).