LOS
DEBILES SON LOS PREFERIDOS DE DIOS
IV Domingo
de Cuaresma
«La
mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira
las apariencias; pero el Señor mira el corazón».
El principio fundamental de la teología bíblica de la
elección es que la mirada de Dios no sigue las pautas de la mirada
humana, sino que es siempre diametralmente opuesta. Él escoge
lo pequeño, lo débil, lo oscuro. El hombre elige lo grande,
lo fuerte, lo que tiene relieve. Es natural que así sea, porque
el hombre no puede conseguir que lo débil sea fuerte, o que el
pequeño sea grande, y Dios sí. Y de esta manera demuestra
que la fuerza viene de él y lo pone de relieve. Si así
no fuera, los elegidos por ser fuertes, confiando en sus fuerzas, o
acudirían a Dios y estarían tentados de atribuirse la
elección y sus efectos. Quedaría oscurecido el poder de
Dios, como ocurrió con el más bello de los ángeles.
David era
el más pequeño de los hijos de Jesé. Hasta el mismo
Samuel se engañó cuando comenzó a reconocer a los
hijos del pastor y al presentarle a Eliab, pensó que ese era
el elegido, porque era de gran estatura (1 Samuel 16,1). Ese ha sido
siempre el proceder del Señor que eligió a Israel, el
más pequeño de los pueblos, y de dura cerviz; y a Gedeón,
el clan más pobre de Manasés, y él, el último
en la casa de su padre; y a Saúl, de la tribu de Benjamín,
la menor de las tribus de Israel. «Dios ha escogido lo necio del
mundo para confundir a los sabios; lo débil del mundo para confundir
lo fuerte; lo plebeyo y lo despreciable y lo que no es, para reducir
a la nada lo que es» (1 Cor 1,27).
Dios elige
gratuitamente, Dios elige por puro amor. Dios elige a David para que
sea el signo del buen pastor. Por la mano de David Dios irá conduciendo
a su pueblo «a las praderas verdes y a las fuentes tranquilas,
y con su cayado lo librará de sus enemigos» (Salmo 22).
Pero la fuerza y el poder de David vendrán de la fuerza y del
poder del Señor.
«Yo
soy la luz del mundo». Hacer esta afirmación parecería
gratuito, porque una afirmación no es nunca una prueba. Jesús
quiere probar que él es la luz y he aquí la prueba: «Al
pasar vio a un hombre ciego de nacimiento. Escupió en la tierra,
hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y
le dijo: Ve a lavarte a la piscina de Siloé. Él fue, se
lavó y volvió con vista» (Juan 9,1). El mundo del
ciego cambió de raíz. Toda su vida se iluminó.
La prueba es la siguiente. Cuando los judíos lo expulsaron de
la sinagoga, Jesús fue a buscarlo y le preguntó: «¿Crees
tú en el hombre aquél?». «Creo, Señor,
y se postró ante él». Ese fue el cambio obrado por
la fe en Jesús. Se confió a él y aceptó
su palabra y su luz. En adelante su vida cambiada, se convertirá
en un signo del poder de Jesús.
Jesús
está actuando la salvación anunciada por Isaías:
«los ciegos ven…, y a los pobres se les anuncia la buena
noticia» (Is 26,19). Igual que le ha devuelto la vista al ciego
y le ha anunciado la buena noticia de que él es el Hijo del hombre:
«Dime quién es, Señor, para creer en él».
«Ya lo estás viendo, es el mismo que habla contigo»,
se nos descubrirá a nosotros y nos curará, y a toda la
humanidad que crea en Él.
Para eso
quiere que renovemos en su recuerdo el memorial vivo de su muerte y
la gloria de su resurrección y ascensión a los cielos,
a través de cuyo sacramento actúa con el Espíritu
Santo en nosotros y en todo el mundo, al que quiere salvar para que
sea dichoso.
«Despertemos
los que dormimos, y levantémonos de entre los muertos y Cristo
será nuestra luz» indeficiente (Efesios 5,8).
