TRAS LA NOCHE VIENE EL DIA

II Domingo de Cuaresma

Después del diluvio, los hombres decidieron construir una torre muy alta para alcanzar el cielo, al margen de Dios. El Señor confundió su lengua y la torre se llamó Babel. Y Yavé dispersó por toda la tierra a los hombres, que se fueron multiplicando hasta llegar a Abrahán. El Señor llamó a Abrahán y le dijo: «Sal de tu tierra. Haré de ti un gran pueblo. Con tu nombre se bendecirán los pueblos de la tierra». Abrahán sale de una tierra, la suya, Ur, y entra en otra, Canaán, que sólo recorre, porque aún no la posee. Sale de la tierra de la humanidad dispersa, y entra en la tierra, posesión de un pueblo futuro, que va a nacer otra vez del Creador. Así es como hemos salido nosotros de la tierra de la dispersión y hemos entrado en el pueblo nuevo de Dios por el bautismo. La humanidad de Babel quiere realizarse sin Dios, los cristianos seremos hechos grandes con Dios y por Dios.

El mundo actual quiere construir la ciudad sin Dios y está consiguiendo confusión y ruina. «Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles» (Sal 126,1). Abrahán ha salido de una ciudad, de la humanidad, para originar el pueblo nuevo que retorne a la ciudad, a la humanidad, como fermento y como sal, capaz de incorporar a toda la humanidad en el pueblo nuevo.
El pueblo nuevo que engendre Abrahán, tendrá como principio la confianza en Dios y la obediencia a sus mandatos, y esto es lo que le distingue de Babel (Génesis 12,1).

Jesucristo transfigurado es la imagen de nuestra vocación a la luz de la vida inmortal. Jesús ha ido anunciando a sus discípulos que ha de fracasar y que le han de matar. Pero, como esa sólo es la parte negativa de la pascua, en la transfiguración les anticipa su resurrección.
Como Jesús, antes de nuestra resurrección y participación de su vida incorruptible, hemos de pasar pro el Calvario de nuestra vida y de nuestra muerte.

Jesús en el monte se transfigura entre Moisés y Elías. Pedro quiere quedarse allí: «Señor, ¡qué hermoso es estar aquí!» (Mateo 17,1). ¡Que diferente esta expresión de Pedro de la que ha pronunciado poco antes, cuando Jesús les ha anunciado su pasión y su muerte! Y es que la cruz sólo se entiende desde la transfiguración. Y sólo desde ella se tienen ánimos para aceptar la cruz.

Pero hemos de bajar del monte. Hemos de pasar por Getsemaní y subir al Calvario: Pedro tiene que pasar también por la negación. En el Calvario Jesús, en vez de Elías y Moisés, tendrá a cada lado dos ladrones. Pero el tercer día resucitará. Creo, Señor, pero aumenta mi fe.

«El Señor tiene puestos sus ojos sobres sus fieles para librar sus vidas de la muerte» (Salmo 32).
Eso es lo que acrecienta nuestra confianza, saber que él nos cuida y nos salva, que está actuando siempre en nosotros y en la historia, por cerrado que se nos presente el horizonte, y aunque el misterio sea oscuro como la noche oscura y como el túnel tenebroso. Sabemos que al final del túnel y al término de la noche, nos aguardas tú, Señor, iluminando el horizonte con luces claras de amanecer blanquísimo de eternidad dichosa. Saber que nos esperas tú para enjugar nuestras últimas lágrimas y para hacernos entrar al banquete de tu Reino, donde no hay luto ni llanto ni dolor, porque el primer mundo ha pasado. «Porque Jesucristo ha destruido la muerte y ha sacado a la luz la vida inmortal» (Timoteo 1,8).

Vida que vamos a pregustar en el sacramento de la vida y de la caridad de nuestro Dios, que viene a trabajar en nuestra alma como hábil ingeniero de virtudes y santidad. A quien ayuda María, la Madre y Corredentora, que suple todas nuestras deficiencias e imperfecciones.