EL AGUA VIVA

III Domingo de Cuaresma

El libro del Éxodo nos anuncia el agua viva. El pueblo de Israel, después de su liberación de Egipto y devorado en el desierto por la sed, acude a Moisés protestando, como casi siempre, por las carencias del desierto: «¿Nos has hecho salir de Egipto para matarnos de sed?» (Éxodo 17,3). Tienen sed los israelitas en el desierto y es natural. Tienen sed de trascendencia sobrenatural, ellos y todos los hombres, que sólo Dios puede saciar. Preguntaba el pueblo: «¿Está o no está con nosotros el Señor?». Llegó Moisés, y ante la expectación de todo el pueblo, golpeó la roca, y brotó un chorro grande de agua. Y san Pablo dice «y la roca era Cristo» (1 Cor 10,4). El agua de la roca era la respuesta al pueblo que preguntaba: Sí que está, sigue estando y estará Dios con el pueblo, saciando su sed, de una manera total e integral, individual y social. Jesús es la fuente de agua viva, que va a ofrecer a la samaritana.

Iba Jesús de Judea a Galilea. Pudo haber hecho el viaje por el valle del Jordán, aunque esta ruta, sobre todo en mayo, era más incómoda por el calor sofocante de la orilla del río, que discurre bajo el nivel del mar. Por eso, como la mayoría de los que hacían este recorrido, se decidió por la montaña, y porque esperaba ofrecer la vida a una persona, que sería la semilla de la conversión de una comarca.
¿Cómo va a conseguir salvar a esa persona? Jesús está cansado por la fatiga del camino y se ha sentado junto al pozo de Siquén (Nablus), cerca de la tumba de José, por donde Abrahán hizo su entrada en la tierra prometida. Es mediodía y llega una mujer a sacar agua. Los judíos son enemigos de los samaritanos. Pero Jesús, el amigo de todos, no es enemigo de nadie. La samaritana tiene un problema personal de fondo. Jesús abre el diálogo. Como sucede a menudo, después que se habla de cosas triviales e intrascendentes, aflora el problema verdadero. Un fariseo ni siquiera hubiera dirigido la palabra a una mujer, ni menos la hubiera estado esperando, ni hubiera recorrido tan largo camino, hasta cansarse. Comienza Jesús humillándose. Pedir algo, es un resorte psicológico para simpatizar con cualquiera y romper la barrera de la distancia: «Mujer, dame de beber». La mujer se extraña y lo manifiesta: «¿Cómo siendo judío?»… «Si tú conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú y él te daría agua viva». La samaritana entiende las palabras en sentido literal. Jesús, que es maestro en el arte de subir de lo terreno a lo celestial, ofrece un agua de otra naturaleza, trascendente. Agua que puede satisfacer las necesidades más profundas del corazón humano.

«Señor, dame esa agua». Sólo quien ha experimentado la sed del desierto, como los israelitas en el Éxodo, está capacitado para entender el valor del agua, que se convierte en el símbolo de lo único que puede satisfacer profunda y plenamente al hombre.

No perdamos de vista que esta mujer es elegida para evangelizar aquella comarca. Pero no se puede recibir tal encargo sin haber sido antes curado. Por eso Jesús hace aflorar el problema de la samaritana: «Bien dices: no tengo marido; porque cinco tuviste, y el que ahora tienes no es tu marido». Es el obstáculo que impide recibir esa agua: el sexto marido. La mujer no lo ha confesado, pero Jesús lo sabe y quiere que sea ella la que se confiese: «Anda, trae a tu marido» «No tengo marido»

Ni un reproche, ni las preguntas de dónde y de cuándo y cuántas veces. Nada de urgar la herida. Lo otro es ignorancia y un poco de rencor o algo así como resentimiento. Se remonta y en vez de exagerarle el mal que ella ha hecho le habla de la riqueza que él le quiere dar. Basta que la desee. El que ha visto a Dios, o sabe ver y decir a qué sabe Dios, no necesita exagerar el pecado, que es contraproducente e indica falta de sensibilidad y delicadeza. Así obra Jesús también con la adúltera, con Zaqueo, con Leví el publicano y con el hijo pródigo. Su padre no le pregunta: ¿De dónde vienes? ¿Dónde has gastado el dinero? Jesús mira al pecador para que se entregue. «Mirar a Dios es amar» (san Juan de la Cruz). Lo otro es mirarse a sí. A Dios no le duele el mal que le hacemos al pecar, sino el que nos hacemos a nosotros por ignorancia: «Perdónalos, no saben lo que hacen». Nos quiere felices y ve que nos hacemos desgraciados al pecar.

Jesús le ha abierto la conciencia, que es imprescindible para recibir a Dios. Ella confiesa, pero se escabulle con preguntas curiosas que desvíen la conversación, echa balones fuera. Es igual, ya está cazada. Y, como ha hecho oración: «dame esa agua», aunque ha sido de manera interesada, «para no tener que venir aquí a sacarla». Jesús, que ha dicho: «Pedid y recibiréis», se la da, y se revela, por primera vez, como Mesías: «Yo soy: el que habla contigo». La samaritana al contacto con Jesús, ha ido descubriendo gradualmente primero a un judío, a un señor y a un profeta, después, por fin, al Mesías. Y los samaritanos, han terminado conociendo: «al Salvador del mundo» (Juan 4,5). Y así lo confirman las palabras de la samaritana: «Venid a ver al hombre que me ha dicho todo lo que he hecho».

Cuando se tiene un conflicto interior, queda bloqueada la Palabra. La samaritana comienza a entender. Los cinco maridos que ha tenido no han llenado su sed de infinito. Cada uno de ellos comenzó gustándole y terminó aburriéndole. Ahora vive con el sexto. ¿Cuánto le durará? Durante la decadencia del Imperio romano, había llegado la corrupción a tal extremo, que las matronas no contaban los años por los cónsules, sino por sus maridos. En nuestra sociedad los divorcios han dejado de ser mal vistos. ¿Están satisfechos? El epicureismo de antes de Cristo, el hedonismo, el materialismo, domina entre gran parte de nuestros conciudadanos. Comenzamos a zapear en la televisión y en todas las cadenas nos sirven lo mismo, pues por lo visto hay demanda, porque la publicidad mide el índice de audiencia.

A nosotros, y a todos, como a la samaritana, Cristo nos dice que el que bebe de esa agua vuelve a tener sed. ¿Qué remedio, pues? «El que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: porque esa agua se le convertirá dentro de él en un manantial que salta dando una vida sin término». La mujer, evangelizada por Jesús, comienza a pedir: «Señor, dame de esa agua para que no tenga que venir a sacarla de aquí». Quiere traducir las palabras de Jesús en eficacia material. Como pidieron los judíos cuando multiplicó los panes: «Danos siempre de este pan».

Cuando se escucha la palabra pensando en su utilidad, no se aprecia el don de la Palabra y sus exigencias, sino que se vive para dar o para tener; se intenta hacer que todo converja en el éxito apostólico y ascético, pastoral y personal: se cifra el objetivo en conseguir nueva claridad de ideas, hacer afluir intuiciones nuevas, para sí y para los demás.

«Dame agua de esa». A santa Teresa le encantaba esta oración y tenía pintada en su celda la escena de la samaritana. Para ella esa agua viva era la contemplación infusa, el don de Dios, todos los bienes mesiánicos, la paz la alegría, la plenitud.

Hagamos nuestro acto de fe como los samaritanos, y prometamos con el Salmo: «Escucharemos tu voz, Señor» (Salmo 94), para recibir con fruto la sagrada eucaristía.