Ha llegado nuestra liberación
Natividad
del Señor
A los pastores
que velaban por la noche sus rebaños, se les presentó
un ángel del Señor, y «les anunció la buena
noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy en la ciudad
de David, os ha nacido un salvador: el Mesías, el Señor».
Apareció enseguida una legión de ángeles que alababa
a Dios: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres
a quienes Dios ama» (Lucas 2,1). Cantan los ángeles porque
hoy es día de gloria en el cielo y el día grande para
los hombres, porque hoy Dios se ha desposado con la humanidad en un
niño recién nacido a quien su madre contempla y abraza,
canta, ríe, llora, adora. Anonadada por ver a su hijo en sus
brazos, le rodea con el amor más puro, encendido y tierno que
cabe en este mundo con los ojos arrasados en lágrimas de dicha.
Ahora sí
que «ha aparecido con claridad la bondad de Dios y su amor al
hombre que trae la salvación a todos los hombre» (Tito
2,11). Dios es amor y el amor desea, quiere, busca y consigue el bien
del que ama. Dios nos manifiesta su amor infinito en un niño
chiquito. «Dios ha derramado copiosamente el Espíritu Santo
sobre nosotros por medio de Jesucristo, nuestro Salvador» (Tit
3,6). Ha sido una lluvia torrencial de amor y de misericordia para limpiarnos
de nuestros pecados. «Ya somos herederos de la vida eterna en
esperanza» (Tit 3,7). «Él nos pastoreará con
el poder de Yavé». Ya no somos «ciudad abandonada».
Hemos sido buscados por Dios por medio de un Niño, que es su
Hijo muy amado, a quien hoy ha engendrado (Isaías 62,11).
«Hoy
ha brillado una luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor.
Ha amanecido la luz y la alegría para los rectos de corazón»
(Salmo 96).
Salieron
corriendo los pastores después de oír al ángel
que les había anunciado la gran alegría, que sería
también para todo el pueblo: «Encontraréis un niño
envuelto en pañales reclinado en un pesebre» (Lucas 2,11).
Corrían los pastores transfigurados, «envueltos en la claridad
de la gloria del Señor», con una felicidad y alegría
interior que nunca habían experimentado. «Y encontraron
a María, a José y al Niño acostado en un pesebre»
(Lucas 2,16). En la gruta oscura ha nacido Dios. En su ciudad él
es el Cordero que la ilumina. En la cueva de Belén sólo
unas luces rústicas y primitivas apenas consiguen dejar la estancia
en penumbra. Pero allí está Dios. Dios que se ha abajado
hasta el polvo y el estiércol. Siendo el Camino, no puede andar.
Siendo la Verdad, no puede hablar. Siendo la Vida, tiene que recibirla
de los pechos de una mujer, María, la bienamada, la llena de
gracia, sumergida en el misterio viendo cómo chupa a sus pechos
dulces, su leche materna.
Los pastores
traen sus regalos y miran absortos. No habían sentido nunca un
gozo tan interior y profundo. Nunca han estado tan cerca de dios, aunque
no lo saben, y no quieren perderse la contemplación de aquella
maravilla. María les deja que acaricien aquella carita capullo
de rosa. Jamás podrán olvidar lo que tienen la suerte
de estar viendo. Quedarán marcados toda la vida. Contaban a María
y a José lo que los ángeles les habían dicho del
Niño, y María se llenaba de asombro y de alegría,
y sonreía escuchándoles. «Y María conservaba
todas estas cosas meditándolas en su corazón» (Lucas
2,19).
Dios nos
ha amado tanto que se ha hecho tan pequeño. Dios se ha eclipsado
en un bebé. Ya no es la zarza que arde…, ni el Sinaí
llameante entre el resonar de truenos. Es como si el sol entero se hubiera
encerrado en una bombillita. El amor de Dios se ha manifestado más
en Belén que en la cruz, porque hay mayor distancia de Dios a
hombre, que de hombre a muerto. «Si Dios se ha hecho hombre, ser
hombre es lo más importante que se puede ser» (Ortega).
Si Dios se ha hecho hombre, ser hombre ha sido incrementado. «Cuando
Cristo apareció en brazos de su madre revolucionó al mundo»
(Teilhard de Chardin).
Hagamos posible que cuantos celebran la Navidad la comprendan. Para
ello, en vez de hacer ternurismo, hagamos teología navideña.
No hagamos tópicos más o menos fervorosos. Ni consideremos
al hombre como un «superman», casi Dios. Sino consideremos
su creaturidad y precariedad, elevada por el amor divino a su propio
nivel.
«Los
pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían
visto y oído». Como ellos, nosotros bendigamos y glorifiquemos
a la santa Trinidad que ha querido enviarnos a Jesús, Verbo divino
encarnado, para hacer su morada entre los hombres, para salvarlos. La
salvación ya está en marcha.
Abramos nuestro corazón para que la Navidad se prolongue durante
toda nuestra peregrinación por esta tierra. Jesús, en
seguida, vivo sobre el altar. Venid, adoremos.
