Inauguración de la misión
de Jesús
Bautismo
del Señor
Jesús se despidió
de su madre, que ya había notado que su corazón no estaba
en la casa. Y desde Galilea se fue al Jordán para que Juan lo
bautizara. Entra en el río sin pecado personal y cargado con
los pecados del mundo. Es el Cordero que comienza a purificar a la humanidad,
su esposa, para dejarla limpia con su sangre.
«Mirad
a mi siervo a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre Él
he puesto mi espíritu» (Isaías 42,1) «Apenas
se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió
el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma
y se posaba sobre Él. Y vino una voz del cielo que decía:
Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto» (Mateo 3,13). Son dos
textos de las lecturas de hoy, luminosamente paralelos y coincidentes:
1. «Sobre Él he puesto mi Espíritu», dice
Isaías. 2. «El Espíritu bajaba como una paloma y
se posaba sobre Él», nos relata san Mateo.
Para Isaías Jesús es: «Mi elegido, a quien prefiero».
Para Mateo: «El amado, mi predilecto». Entre Isaías
y Mateo hay otra diferencia: Isaías dice: «Mi siervo»,
Mateo dice: este es «mi Hijo». Se da pues un progreso de
revelación en el evangelio: El Padre revela al Hijo, que viene
a revelar al Padre. 3. El Siervo de Yavé viene a realizar la
misión trascendental de renovar la alianza de Dios con Israel,
repatriar a los exiliados y establecer el espíritu de la verdad
en medio de todas las naciones paganas. Para expresarlo Isaías
se sirve de la terminología propia de la creación: «Yo
te he formado y te he hecho», dice el Señor del Siervo
de Yavé, según la lectura de Isaías.
En el Génesis, en efecto, cuando Dios se dispone a crear al hombre,
dice: «Hagamos al hombre» (Gén 1,26). Estamos pues
ante la creación del hombre nuevo, réplica del primer
hombre. Por tanto, si es creado un hombre nuevo, ahora comienza un mundo
nuevo, una creación nueva, un orden nuevo, una alianza nueva,
sellada con la sangre derramada en la cruz, bautismo de sangre, que
el bautismo en el Jordán está anunciando. Y así
como en la nueva creación del Espíritu se cernía
sobre las aguas (Gén 1,2), en la nueva creación que comienza
hoy, el Espíritu se posa sobre Jesús.
Todo será nuevo desde ahora. Los ciegos abrirán sus ojos
a la luz de la revelación del Padre, que les irá descubriendo
Jesús. El amado Hijo, nos revelará a sus hermanos que
somos hijos del Padre por adopción, amados en Él y herederos
por Él.
Como rey,
en contraste con los de su tiempo, implantará el derecho y la
justicia, según Dios y no según los hombres, por encima
de los mismos conceptos modernos impregnados de legalismo, ni con las
normas y principios sociológicos, sino a través de una
actividad salvífica a todos los niveles. Su actuación
será muy distinta de las de los reyes de su tiempo. No actuará
con modos militares, ni gritará en medio de las plazas.
Como Sacerdote, debe exponer lo mismo que el rey debe implantar. Como
profeta debe ser el altavoz del Padre ante todos los pueblos. Por eso
Juan confiesa que: «Yo os bautizo con agua. Él os bautizará
con Espíritu Santo y fuego», que es juicio destructor y
transformante. El fuego purificador, que quema el pecado y transforma
en Dios.
Viene a transformar
a los hombres desde dentro, a partir de su interioridad. Va a salvar
a cada hombre, reavivando la mecha que está a punto de extinguirse,
haciendo la revolución verdadera querida por Dios, por la acción
dinámica del Espíritu que le anima, con mansedumbre y
humildad, transformando a las personas, una a una, llegando a lo más
íntimo de su ser, haciéndolos hijos cada vez más
plenos del Padre. Esa es la revolución que Jesús va a
comenzar con el Espíritu, la revolución de la santidad,
que comienza por sacar a los presos de la cárcel de sus pecados
para crear hombres interiores, adoradores de Dios en espíritu
y verdad (Jn 4,24). Creando una caña nueva allí donde
hay una resquebrajada, no aplastando, sino sanando y curando.
Así actuará Dios por Jesús, por sus sacramentos,
por la Iglesia como comunidad salvífica e intercesora y mediadora
universal. Ese es el sentido del bautismo de la Iglesia, que nos hace
hijos de Dios; y para que lo seamos y porque lo somos, comeremos el
Pan de la vida.
Por eso pudo decir Pedro: «Cuando Juan predicaba el bautismo,
Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu
Santo, pasó haciendo el bien» (Hechos 10,34). «Todo
lo ha hecho bien» (Mc 7,37).
«Soy
yo el que necesito que Tú me bautices», confiesa Juan.
«Debemos cumplir lo que Dios quiere», responde Jesús.
Su obsesión es hacer la voluntad del Padre. Y ese debe ser el
programa de todo cristiano. Jesús entró en el pueblo de
Dios. Igual que el pueblo de Israel entró en el Jordán
y lo atravesó para entrar en la tierra prometida, entra Jesús
en el Jordán a la cabeza de su pueblo nuevo, para llevarlo a
la tierra nueva que mana leche y miel. Jesús entró en
el río. Y porque se sumergió en el río nuestro
de nuestra vida, el Padre dijo que le amaba, porque cumplía su
voluntad. Jesús entró en el río para hacer un río
nuevo en un mundo nuevo con hombres nuevos, nacidos de las aguas del
bautismo.
«Apenas
se bautizó Jesús, se abrió el cielo, descendió
el Espíritu sobre Jesús, como una paloma y se posó
sobre él. Y el Padre proclamó que es su Hijo amado».
El bautismo de Jesús culmina con una teofanía, en un momento
imponente y trascendente en el que se manifiesta la familia trinitaria
presente y actuante. El Padre y el Espíritu Santo presentan las
credenciales de Jesús ante Israel y ante el mundo.
«El
bautismo de Jesús inaugura su misión de Siervo Doliente.
Se deja contar entre los pecadores; es ya el Cordero de Dios que quita
el pecado del mundo; por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión
de los pecados. Así mana de Él el Espíritu para
toda la humanidad. Se abren los cielos, que el pecado de Adán
había cerrado. El cristiano se incorpora sacramentalmente a Cristo
por el bautismo, que anticipa su muerte y su resurrección. Debemos
entrar en este misterio de rebajamiento humilde y de arrepentimiento,
descender al agua con Jesús para subir con Él, renacer
del agua y del Espíritu en hijos amados del Padre y vivir una
vida nueva» (Cf CEC).
Vida nueva
que el mismo Cristo alimenta y robustece con su Pan y Vino, sacramento
para la vida del mundo. «La voz del Señor que se oye sobre
las aguas torrenciales, es potente y magnífica y descorteza las
selvas» (Salmo 28), destruye las cortezas de las selvas de nuestros
pecados, para que le recibamos con santidad y justicia.
