Conversión ante la venida del Señor

I Domingo Adviento

Sión, capital del reino de Judá, es una ciudad subyugada y oprimida, y agotada por los tributos y por el abuso de sus dirigentes. Y en el momento de su mayor depresión, Dios le concede a Isaías un suplemento de vista con la que ve a lo lejos: Veo el monte del Señor más alto que todos los montes y que vienen a él todos los gentiles y pueblos numerosos. Y vienen cantando: Subamos al monte del Señor para que nos enseñe a caminar según su Palabra y a seguir su ley. La metáfora de los montes tiene por base el culto de los pueblos paganos a sus dioses en los montes. El monte del Señor será más alto que todos (Isaías 2,1).

Comenzamos hoy el adviento con la urgente llamada de dirigir nuestra mirada en profundidad al futuro de la historia humana y eclesial desde el arranque con el pasado y de mirar al futuro de nuestra historia personal, también relacionado con nuestro pasado. En 1945 en Yalta, preguntó Stalin a Winston Churchill, que le había presente el deseo de paz del papa Pío XII: «¿Con cuántas divisiones cuenta el papa de Roma?». En 1989 hemos visto derrumbarse el dominio de ese régimen estalinista, que creíamos inexpugnable. En la homilía de la misa del inicio de su pontificado, proclamaba Juan Pablo II en la plaza de San Pedro: «Abrid las puertas a Cristo, abrid las puertas de los estados, de los sistemas económicos y políticos». Vemos ahora que aquellas invitaciones clamorosas eran proféticas. ¿Quién hubiera podido predecir estos acontecimientos? Y es que: «Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor».

Si el mundo, si los pueblos todos, escuchan la Palabra y cumplen la ley de Dios, fundirán las espadas y las convertirán en arados; y convertirán las lanzas en podaderas. Un pueblo no disparará el cañón contra otro pueblo; y ya no se tendrán que ejercitar para ir a la guerra. «Casa de Jacob, ven, caminemos a la luz del Señor». Esta es la revelación y la luz del Señor: llega el desarme. Es como si dijera el Profeta: Somalia se salvará del hambre y de las guerras interiores y del pillaje y los serbios dejarán las armas. La paz entre los pueblos es un don mesiánico pero vienen con él otros, que anticipan y anuncian la llegada a la ciudad de Dios.

Isaías ha visto los tiempos mesiánicos. Ha llegado como un fruto maduro la paz universal: «Mi paz os dejo, mi paz os doy». Sobre la cumbre del monte Sión, una tarde negra, moría Jesús, sellando la Alianza nueva con su Sacrificio. Desde la cruz lo atraía todo hacia sí, aunque todavía no va todo hacia Él.

Ante el anuncio de la llegada del Señor, irrumpe la inspiración del salmista en cantos de alegría: «¡Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor! Tenemos puestos ya los pies en los umbrales de Jerusalén, ciudad fuerte y compacta, tribunal de justicia mesiánica, palacio de David, que alberga entre sus muros la seguridad y la paz» (Salmo 121).

Pero los cristianos, queriendo hacer llegar el día del Señor, debemos estar alerta y vigilar, porque «aún vivimos en la noche» y nos puede sorprender «el ladrón». Debemos vigilar porque vivimos en el ya, pero todavía no. Vigilar es orar para no caer en la tentación (Mt 26,41). Vigilar es, vivir como corresponde a los miembros de la familia de Dios.

Vivir como Noé, en medio de un mundo perverso. Se burlaban de Noé cuando construía el arca (Mateo 24,37). También de los cristianos fieles se burlarán. Pero ellos, nosotros, sabemos que hemos de abandonar «las actividades de las tinieblas, las comilonas, las borracheras, la lujuria y el desenfreno» (Romanos 13, 11). Los cristianos saben que hay una ley de amor que, ordena la pureza, aunque el ambiente corrompido proclame una falsa libertad. Tampoco son propias de los cristianos «las riñas ni las pendencias» de partidismos: «Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas» (1 Cor 1, 12). «Sin malos deseos ni provocaciones con el cuidado de nuestro cuerpo. Vestíos del Señor Jesucristo»: de humildad, de paciencia, de caridad y de entrega hasta la muerte de cruz. «Estad en vela, y pertrechaos con las armas de la luz», la caridad, la oración. Portémonos con dignidad de cristianos. En tiempo de Noé la gente comía y bebía y se casaba… Vivían despreocupados de su salvación y de Dios y de su ley. Llegó el diluvio, que nadie esperaba, y se los llevó a todos, menos a Noé, el hombre justo y obediente. Noé salvado es el signo de que Dios no abandona a la humanidad.

¿No vemos en este mundo nuestro un aturdimiento semejante, una despreocupación de su deber de escuchar la Palabra, de subir al monte del Señor, de cumplir sus mandamientos? Y sin embargo, la paz está condicionada al interés y responsabilidad de todos los hombres, y de cada hombre, por cumplir sus deberes de criaturas. El ejemplo nos lo ofrece Noé: Su actitud es la del hombre de fe que cumple la voluntad de Dios sin comprenderla, que se confía a sus mandatos. El dechado es Noé, heraldo de justicia, y no sus contemporáneos porque «dos estarán en el campo: a uno se lo llevarán, y a otro lo dejarán, porque pertenece a Cristo». Y esto cada día, en el molino, en el trabajo, en el descanso y en todas las actividades humanas.

Jesús habla en parábola. Si supieras cuándo va a venir el ladrón estarías en vela para no dejarte robar. Pues así debéis estar vosotros preparados, porque no sabéis cuándo vendrá la muerte. No es prudente dejar el problema de la conversión para última hora, porque no sabes si tendrás tiempo, ni se si te dejará la conciencia despierta. Y porque debes hacer rendir tus talentos (Mt 25,15).

Convirtámonos ahora, antes de comer el Cuerpo del Señor, pues: «Quien come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condenación. Por eso hay entre vosotros muchos enfermos y débiles y mueren muchos. Examínese pues el hombre y entonces coma del pan y beba del cáliz» (1 Cor 11, 23).