Dar los frutos del Espíritu
II Domingo
Adviento
Juan Bautista
se presentó en el desierto de Judea predicando: «Convertíos,
porque está cerca el reino de los cielos» (Mateo 3,1).
Que significa: Cambiad de vida que está cerca Jesús, es
decir, volveos a Dios, porque Dios se ha vuelto a los hombres, «Este
que viene, es el que anunció Isaías: preparad el camino
del Señor, allanad sus senderos». Preparamos el camino
del Señor poniéndonos de acuerdo entre nosotros, acogiéndonos
con paciencia y alegría, como Cristo nos ha acogido.
Pero Isaías
11,1 había dicho mucho más: «Sobre el vástago
del tronco, casi muerto, de Jesé, padre de David, se posará
el Espíritu del Señor, de ciencia y discernimiento, de
consejo y valentía, de piedad y temor del Señor. No juzgará
por apariencias, que tantas veces engañan, defenderá con
justicia al desamparado. Herirá al violento, al que provoca la
guerra, con el látigo de su Palabra. Será justo y fiel.
Y llenará de paz al pueblo: paz. Los que estaban en guerra harán
en su reino las paces. Lobos y cabritos, panteras y corderos, novillos
y leones, vacas y osos juntos. Niños que juegan con las serpientes,
y meten las manos en sus madrigueras sin que les muerdan. Y llenará
el país de la ciencia del Señor, como las aguas colman
el mar».
La consecuencia
de este reino de paz y de justicia es la armonía total de toda
la creación. Isaías ve este paraíso nuevo en el
tiempo en que reine Jesús, como resultado de la acción
dinámica del Espíritu. Otros sitúan la felicidad
en una sociedad de consumo manejada por el espíritu contrario
al de Dios. Nosotros sabemos que sólo está en Cristo,
alfa y omega, principio y fin.
Y la gente
iba buscando a Juan al desierto. El desierto, lo necesitamos tanto,
es el lugar donde con más facilidad nos encontramos con Dios.
Ahí en el desierto, que debemos hacer donde podamos, aunque sea
breve cada día, sobre todo en adviento, es donde, apagadas las
voces de fuera, atendemos a la voz que nos habla dentro, oímos
nuestra conciencia que, rectamente formada, es la voz de Dios. Ella
nos dirá lo que hemos de rectificar. No dejemos el orgullo fuera
del campo de la conversión. No se ventila una conversión
de cosillas, de distracciones en la oración, o de mentiras sin
hacer daño, sino una conversión total a Dios.
La gente
confesaba sus pecados y se bautizaba, incluso fariseos y saduceos, a
quienes Juan les dice: «Raza de víboras (así les
llamará Jesús después), ¿quién os
ha enseñado a escapar de la ira inminente?». ¿Es
que Dios tiene ira? La ira de Dios tiene por objeto el pecado, pero
el hombre pecador es mirado por Dios con misericordia infinita, por
eso le llama a la conversión. Y si nos hemos convertido, demos
frutos, obras, de conversión. No os hagáis ilusiones con
que sois hijos de Abrahán: «Mirad que el hacha está
puesta en la raíz del árbol. Porque todo árbol
que no produce frutos buenos, será cortado y echado al fuego».
Dejemos paso
a Jesús para que nos bautice con Espíritu Santo, como
le dejó María que, porque ofreció la tierra limpia
para que Él viniera, vino y se quedó. Esta tierra limpia
fue preparada con fe, virginidad, humildad y sabiduría. «Él
tiene la pala en la mano para aventar el trigo. El trigo lo depositará
en el granero del cielo, la paja en una hoguera que no se apaga».
Envíanos
tu Espíritu y conviértenos a Ti, por la sangre de tu cruz
y el poder de tu Resurrección, con la intercesión de María,
tu Madre y Madre nuestra. «Para que en tus días florezca
la justicia, en nuestras personas, en nuestras familias, en la sociedad
humana entera; para que la paz abunde eternamente. Para que escuches
nuestra oración, la oración de los afligidos que están
sufriendo porque no tienen padrino ni protector, para que te apiades
de los pobres e indigentes» (Salmo 71).
