Los ciegos ven, los sordos oyen,
los leprosos quedan limpios
III Domingo
Adviento
Asolado constantemente
por la guerra, el pueblo de Israel ha conocido derrota tras derrota.
Jerusalén ha sido destruida, el templo profanado y el pueblo
deportado a Babilonia, condenado a trabajos forzados. Isaías
medita y ora e, inspirado por Dios, invita al pueblo, desalentado y
herido, a que se ponga en camino en busca de su Dios Salvador. Es el
libro de la consolación. Es una vigorosa predicación de
esperanza: ¡vendrá un tiempo de felicidad total, en el
que Dios salvará a su pueblo! Como el profeta es poeta, su versos
están llenos de imágenes. Saldrán desde Babilonia
hacia Jerusalén, como los hebreos que salieron de Egipto. Revivirán
el Éxodo. Atravesarán el desierto. Y sus ojos verán
con asombro la transformación de la naturaleza: el desierto florecido,
semejará una flor de narciso. Será tan verde como el Líbano,
tan hermoso como el Caramelo, tan oloroso y perfumado como el Sarón.
Pero las personas mayores dicen: «Ya no tenemos fuerzas para emprender
el viaje». Y el profeta les enardece: «Fortaleced las manos
débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes,
sed fuertes, no temáis» (Isaías 35,1).
Consolar,
alentar, animar, estimular. Esa es la misión de los que poseemos
la luz del Evangelio. Ante las dificultades de los matrimonios, tengamos
palabras de fe en Jesús, que puede hacer reverdecer la novedad.
A las madres o esposas, o padres, que lloran la desaparición
de sus hijos, o esposos, ofrezcámosles el regalo de las palabras
de Isaías: «Sed fuertes, no temáis» (Isaías
35,1).
Gracias,
Señor. En medio de un mundo difícil y duro, de zancadillas
e injusticias, esperamos la floración de la justicia, «el
Señor hace justicia a los oprimidos, endereza a los que ya se
doblan por el peso del trabajo, de los disgustos, de la ancianidad»
(Salmo 145). Señor, cumple lo que nos has prometido. Danos fortaleza
y valentía en los momentos de debilidad y de cansancio. Y te
rogamos por todos los que están desanimados y deprimidos, y te
pedimos que les robustezcas y les consueles.
¡Ven,
Señor, Jesús! Lo diremos con fe después de la consagración.
Pongamos toda nuestra alma en esa oración. Juan estaba en la
cárcel, por su valor. Hoy, que la gente tiene tan poca valentía.
En que la tierra que engendró el Quijote, se ha convertido en
tierra de Sancho Panza, pero sin su sensatez y cordura. Volvamos a los
orígenes de nuestro idealismo, capaz de ir a anunciar el evangelio
a todas las gentes. Siempre los tiempos de prosperidad engendraron molicie
y tibieza. Quiera Dios que sepamos reflexionar.
A Juan le
llegaban noticias de la predicación y de los milagros de Jesús,
y se alegraba, pero dudaba. Dicen que el pecado nacional de España
es la envidia. Que engendra tristeza de la prosperidad de los demás.
Dicen que el marxismo buscaba la igualdad cortando cabezas. Lo mío
sólo mío. Y la medida de los demás ha de ser inferior
a la mía, hasta llegar a la degeneración de la raza. El
brillo sólo el mío. Juan se alegra de las obras de Jesús.
Él ya le había profetizado como el cordero de Dios…
Pero quiere darles oportunidad a sus discípulos de que se vayan
con Él. Y les envía a que le pregunten: ¿Eres tú…?
Jesús
no responde con palabras. Responde con sus obras. Decidle a Juan lo
que estáis viendo y oyendo: sordos que oyen, ciegos que ven,
cojos que caminan… Luego este es el tiempo mesiánico, anunciado
por los profetas. Este es el Mesías. Y dichoso el que no se sienta
defraudado por mí (Mateo 11,2). Luego está llegando el
reino de Dios.
Colaboremos
para que vaya creciendo, aunque sea a costa de nuestro orgullo. Es necesario
que yo disminuya para que él crezca, decía Juan. Sencillez.
Humillación. Cruz. Como Jesús, su prolongación
que es la Iglesia, no puede omitir la atención a todos los marginados
del mundo. Y esa será la señal de su autenticidad. La
Iglesia, como Jesús ha de ser la más pequeña. Tan
pequeña como la eucaristía que vamos a comer.
