Dr. Enrique Glennie Graue
I. EL PROBLEMA
¿Libertad para qué?
II. LA FAMILIA: FUNDAMENTO
DEL AMOR HUMANO Y DE LA SOCIEDAD
Nociones superficiales sobre el Amor
La ausencia de los padres
El misterio de la diferencia sexual
III. EL ASPECTO ESPIRITUAL
El Amor de Dios y Su Vida
Jesucristo: Dios y Hombre
Cristo, el Camino
Cristo el Nuevo Adán
La Vida Espiritual
Cristo revela el Padre
Cristo, el Novio
Nota: esta charla está extractada y trabajada
de un escrito pastoral de Mons. John J. Myers, Obispo de Peoria
ALGUNAS REFLEXIONES EN ORDEN A LA
PATERNIDAD RESPONSABLE
Pbro. Dr. Enrique
Glennie Graue
La
idea de estas charlas es que reflexionemos juntos sobre la paternidad
a la luz de nuestra condición de discípulos en Cristo
Jesús y de la cultura en la que la vocación a ser padre
es dejada de lado. Hoy en día muchos hombres han perdido de vista
la paternidad. Les falta confianza en quienes son, hacia donde se dirigen,
y qué son como personas. Esto constituye una crisis para los
hombres jóvenes como también para viejos, para casados
como para solteros.
I. EL PROBLEMA
La paternidad
esencialmente es relacional, es una manera en la que el hombre se pone
al servicio de la comunidad humana. Por lo tanto, no se puede entender
el actual desafío de la paternidad aislado de la cultura en la
que vivimos. Cuando una sociedad pierde de vista la verdadera dignidad
del hombre, la cultura en sí misma empieza a enredarse. Hoy,
se disputan acaloradamente los mismos principios que sustentan nuestra
comprensión de la verdad y la dignidad de la persona humana.
Incluso, a menudo, la convicción de que existe una verdad universal
se niega. Consecuentemente, muchos creen que podemos crear nuestra propia
verdad y nuestra propia realidad, según nuestros propios propósitos.
Pero este enfoque no sólo degrada la inteligencia humana, sino
también mina nuestra habilidad de formar una comunidad humana
e incluso de compartir un idioma común. Cuando los padres pueden
justificar el abortar a sus hijos inocentes en nombre del amor, estamos
perdiendo rápidamente el sentido de lo que es el bien y el mal
que forman la base de una creencia y acción comunitaria.
¿Libertad
para qué?
En nuestras
naciones latinoamericanas disfrutamos, en general, de las grandes bendiciones
de la libertad, pero la libertad trae consigo una gran responsabilidad:
buscar la verdad, conocer la verdad, y practicar las exigencias de la
verdad. La libertad no puede ejercerse sin que la verdad la oriente.
Hoy muchos
confunden la sensación o el sentimiento con la convicción
acerca de la verdad. Las emociones sí juegan un papel importante
en nuestras vidas. Sin embargo, la vida emocional no siempre es una
guía segura para las necesidades de la persona humana. La preocupación
por los sentimientos pueden transformarse en sentimentalismo, llevándonos
a un mayor egoísmo e incapacidad de reconocer las verdaderas
necesidades de los que están alrededor nuestro. También
nos puede conducir al mal del que "se siente bien" para nosotros
o para los demás.
Desgraciadamente,
nuestra cultura actual se preocupa mucho con la búsqueda del
"sentirse bien", usualmente a costa de lo que es realmente
bueno para uno mismo, para los otros y para el bien común.
¿Hemos
encontrado la felicidad? Nuestra preocupación por nosotros mismos,
sin embargo, no nos ha hecho expertos en cómo ser felices. Encontramos
más personas que cuestionan el valor de sus vidas. Muchas personas,
jóvenes y viejos, simplemente se desesperan. Nuestra juventud
comete suicidio en proporciones que hace una generación nos hubiera
chocado. Hoy en día nadie puede ignorar la urgente sed por la
felicidad y la alegría - y el hecho de que muy pocos parecen
encontrarlos.
Quizás
esta incertidumbre sobre el valor de su propia vida conduzcan a que
personas se cuestionen sobre la dignidad de vida humana en general.
Juan Pablo II nos ha recordado que la única respuesta adecuada
a otra persona es la autoentrega amorosa. Una cultura preocupada en
si misma nos ciega al valor de otros seres humanos. El Santo Padre nos
advierte contra la cultura del "uso", en que las otros personas
son apenas como instrumentos para avanzar en nuestra realización,
en lugar de ser sujetos para ser amados. Hoy en día, la señal
más preocupante de la confusión interna de nuestra cultura
es el miedo a una vida nueva, la guerra que hacemos a los niños
no nacidos que están en el útero.
Cuando
ya no vemos a otras personas como un don para el mundo, empezamos a
tener miedo de ellos como si fueran cargas u obstáculos. Y la
lógica del aborto, eutanasia y suicidio asistido eventualmente
siguen.
A medida
que la violencia crece en nuestra sociedad, tristemente algunos la introducen
en sus hogares y en las preciosas relaciones que hay allí. No
sólo resultan daños físicos, sino también
cicatrices emocionales y espirituales que sus esposas e hijos cargan
por mucho tiempo en el futuro.
El "eclipse de la paternidad" [1] no es solamente un punto
importante para los hombres. Las mujeres también están
muy involucradas.
Mi intención
es mantener un enfoque en ciertos aspectos del complejo de problemas
que constituye nuestra crisis actual. De hecho, sólo si las mujeres
invitan a los hombres a los roles de marido y padre, cooperan con ellos
y esperan grandes cosas de ellos, puede el hombre tener esperanzas de
asumir responsabilidades tan fascinantes. En realidad, lo mismo es cierto
para mujeres en sus roles como esposa y madre.
La Iglesia no tiene todas la respuestas para la actual crisis de la
paternidad. Los problemas eluden respuestas fáciles y tocan el
misterio de la persona humana con sus muchas relaciones, especialmente
su relación con Dios. No obstante, nunca debemos perder confianza
en Dios, nuestro Padre amoroso; El no nos dejará huérfanos.
El nos entrega Su Hijo -y Su Novia, la Iglesia- para llenarnos del poder
de la verdad y el consuelo de Su gracia. Esta gracia continuamente nos
fortalece para asumir nuestra dignidad como hijos de Dios y para vivir
de acuerdo con esa dignidad.
II. LA FAMILIA: FUNDAMENTO DEL AMOR HUMANO Y DE LA SOCIEDAD
Aquellos de nosotros que se criaron hace cuarenta o cincuenta años
atrás han tenido una experiencia de familia un poco distinta
que la mayoría de las personas de hoy. En mi experiencia personal,
miro hacia atrás con gratitud mi vida en una modesta granja y
como parte de una comunidad rural con tres hermanos y tres hermanas.
Ayudábamos a nuestro padre con su pequeño negocio y a
nuestra madre con los quehaceres de la casa. Nos pasábamos mucho
tiempo con nuestros abuelos, tías, tíos y primos, que
vivían cerca. La Iglesia y la oración formaban parte de
nuestra rutina habitual. Estábamos lejos de ser perfectos - pero
de alguna forma la riqueza de estas relaciones eran a la vez un soporte
y un desafío. Lo siguen siendo incluso hoy. Pero la nostalgia
no nos llevará a donde necesitamos ir. Debemos encontrar la valentía
para defender esta "primera y vital célula de sociedad"
[2]. Quizá en ninguna otra época de nuestra historia hemos
enfrentado tal amenaza a la sociedad como es el actual colapso de la
familia [3]. Otros tiempos y otras culturas han tenido sus dificultades,
pero tal incertidumbre sistemática sobre el papel de la familia,
y hasta tal falta de voluntad en preservarla, no tiene precedente.
La familia
es más fructífera cuando se pone al servicio de la vida,
y la clave para entender la importancia de la familia está en
reconocer la dignidad de la vida humana. La crisis actual de la vida
familiar ha sido demasiadas veces abordada con investigaciones que no
saben de maneras de ayudar a la familia a efectivamente ser lo que es.
En cambio, hemos sido inundados con intentos de "resolver"
el problema de la familia redefiniéndola. Esto sólo confunde
más nuestra comprensión de la dignidad de la familia,
su propósito y su significado. La familia viene de Dios, y su
poder y consuelo sólo pueden realizarse siendo fieles al Plan
del Creador. No podemos congratularnos por haber enfrentado los problemas
que existen hoy en las familias hasta que no hayamos proclamado el Plan
de Dios para la familia y nos hayamos alentado mutuamente a vivirlo.
Como nos ha exhortado el Papa Juan Pablo II: "
familia, ¡"sé"
lo que "eres"!" [4]
A través
de la última generación hemos visto el curso de la revolución
sexual, que al principio parecía prometer una época de
intimidad sin complicaciones. Ambos sexos han estado muy involucrados
en esta revolución. Pero, en particular ha exacerbado la debilidad
sexual masculina. Como sabemos ahora, a partir de la dura experiencia,
la revolución sexual trajo con ella un enorme daño no
sólo para la vida familiar sino también para la dignidad
de la vida humana. El crecimiento de la permisividad sexual fue posible,
en parte, debido a la gran amplitud de la aceptación del punto
de vista mundano anticonceptivo, que más que nunca, vigorizaba
la cultura de la utilidad; el uso de mujeres y hombres como objetos
de placer sexual o el uso de niños como objetos de realización
personal que se disfrutan o se evitan.
La sociedad
anticonceptiva no proporciona, ni a hombres ni a mujeres, el incentivo
para personalmente hacerse responsables o para madurar en el compromiso
de entregar la vida que supone un matrimonio fiel. Más bien,
alienta una adolescencia crónica que se resiste al compromiso,
en la que el mayor don de Dios para las familias -los niños-
son vistos apenas como objetos al servicio de la conveniencia de los
padres [5]. Más aún, rechaza el amor genuino y respetuoso
necesario para acoger a un hijo con defectos genéticos u otros
problemas.
Cualesquiera
que sean los motivos para practicar la anticoncepción, su uso
claramente ha dañado la permanencia del matrimonio. Estudios
recientes corroboran la visión cristiana sobre la sexualidad
en que la Iglesia siempre ha creído. Algunos estudios sugieren
que debido al aumento del uso del anticonceptivo se ha doblado la proporción
de divorcios de 1965 a 1975. Otras investigaciones sugieren que la presencia
de más de un hijo puede ser crucial para la supervivencia del
matrimonio. Y seguramente existe una relación entre el rechazo
de los hijos, que está al centro del uso de anticonceptivos,
con la creciente aceptación del aborto.
Cuando
la necesidad de hijos ya no es una prioridad para ambos padres, la permanencia
matrimonial se ve también minada. Los hijos experimentan una
profunda inseguridad personal. Sin embargo, la fidelidad de los padres
a sus votos, incluso en medio de dificultades, a menudo es denigrada
por la cultura contemporánea, y la separación de los padres,
después de experimentar dificultades matrimoniales ordinarias,
es -extrañamente- a veces defendida como lo qué es realmente
mejor por los hijos. El Santo Padre ha hablado entristecido sobre estos
niños como "huérfanos de padres vivos." [6]
Nociones
superficiales sobre el Amor
Nuestra
cultura enfatiza la importancia del romance o del amor erótico
hasta el punto de excluir otras expresiones de amor marital, así
como otras relaciones importantes e íntimas que una persona podría
tener dentro de la familia, la Iglesia y la sociedad. Cuando la dimensión
erótica domina un matrimonio, los hijos se podrían ver
como una amenaza al amor marital, en lugar de ser su don más
precioso. Las parejas pueden temer la responsabilidad de la paternidad
e innecesariamente se privan de las gracias, bendiciones y dignidad
que padres y madres disfrutan. A menos que esté guiado por las
necesidades de la vida matrimonial y familiar, el amor erótico
puede crear egoísmo en la persona y confundir la perspectiva
de donde se ven todas las demás relaciones. La persona humana
es capaz de muchos tipos de relaciones y amistades que no están
directamente relacionados con lo erótico: nuestra relación
con nuestros padres, con nuestros hijos, nuestros amigos, con nuestros
hermanastros, con los miembros de nuestra Iglesia y con el mundo en
general. Una persona absorbida por lo erótico puede estar ciega
al gran valor de muchas o todas estas relaciones.
La
ausencia de los padres
Ahora
quiero poner la atención en un problema de nuestra sociedad contemporánea
que es particularmente problemático: la ausencia del padre para
sus hijos. En los últimos treinta años el número
de niños viviendo alejados de sus padres biológicos se
ha doblado. Si la actual tendencia continúa, para el año
2000, casi la mitad de niños norteamericanos se criarán
en un hogar sin su padre.
Algunos
ahora se preguntan si es que el padre es necesario o incluso deseable
para criar a los hijos. A pesar de las convicciones de algunos de que
el papel del padre ausente puede ser asumida por la madre, o por otras
influencias masculinas, el efecto de no tener un padre para los niños
es profundamente alarmante. Un hogar sin un padre ha mostrado ser más
vulnerable a la violencia, y niños sin su padre están
mucho más aptos a experimentar más frecuentemente abusos
físicos y sexuales, pobreza, desempeño académico
pobre, delincuencia juvenil, promiscuidad y embarazo o futuro divorcio.[7]
Por supuesto,
no debemos pasar por alto los muchos desarrollos positivos en nuestra
cultura con respecto a las responsabilidades del hombre. Hoy en día
los hombres tienen una mayor conciencia de los dones característicos
de las mujeres, reconociendo que nuestra cultura no siempre ha tratado
justamente a las mujeres. Juan Pablo II señala que la dominación
de la mujer por el hombre es una ofensa contra la dignidad de ambos
[8]. Muchos hombres, resistiendo a presiones culturales, han dado ejemplos
excelentes de devoción a sus familias y al bien de la sociedad.
Más hombres reconocen estos problemas y están dispuestos
a aceptar su propia responsabilidad por ellos. En toda la nación
varios grupos de hombres, a menudo en el contexto de una fe compartida,
se están agrupando para hacer una diferencia a ellos mismos,
a sus familias, y a la sociedad.
El
misterio de la diferencia sexual
Una vez
más, no podemos dejar que nuestro enfoque nos haga perder de
vista el hecho de que éstos aspectos afectan a toda la familia
humana, mujeres y hombres por igual. Podemos distorsionar el misterio
de sexualidad de dos maneras: el reduccionismo, que considera las diferencias
entre el hombre y la mujer como algo puramente coyuntural o cultural;
y suposiciones simplistas fundamentadas en la características
debilidades de ambos sexos. Estas dos aproximaciones dejan de lado la
mutua complementariedad de hombres y mujeres. Cuando la igualdad entre
hombres y mujeres es malentendida como que son esencialmente lo mismo
o intercambiables, violamos el sentido común. Negamos el misterio
de la diferencia sexual.
Lo que
a mi me concierne es que, como una cultura, estamos politizando una
realidad que es al mismo tiempo espléndida y compleja. Ya no
se entienden más las diferencias entre el hombre y la mujer como
algo positivo y que deba celebrarse. La identidad sexual no puede ser
simplemente relegada a las demandas de una ideología política.
Las diferencias sexuales son reales; y son más que simplemente
físicas o espirituales. Están fundamentadas en los orígenes
de la persona humana, pues "
hombre y mujer los creó."
[9]
La familia,
la Iglesia y la sociedad funcionan mejor cuando los roles de ambos hombres
y mujeres son celebrados. Sin embargo, creo que muchas veces hemos fallado
en llamar al hombre a que tome toda su responsabilidad en ellos. Este
fracaso ha contribuido al estereotipo de que solo las mujeres pueden
apreciar la dignidad de la vida humana y el culto a Dios. Los hombres
pueden estar tentados en pensar que de alguna manera están excusados
de sus responsabilidades como discípulos al servicio de la familia
y del resto de la Iglesia.
Quizás
la frialdad que muchos hombres contemporáneos muestran hacia
sus responsabilidades religiosas es una clave para entender su fracaso
al vivir una vida virtuosa como lo requiere las exigencias del discipulado
y la paternidad.
Los hombres
deben ser evangelizados para que asuman su dignidad como hijos de Dios,
hermanos de Cristo, esposos fieles de sus esposas, y padres comprometidos
de sus hijos. Sin esta dignidad, el hombre se vuelve estéril,
maldispuesto, o incluso incapaz de asumir las dignidades de una paternidad
espiritual al servicio de la comunidad humana.[10]
A pesar
de las diferentes explicaciones, muchos hombres parecen haber perdido,
de varias formas, sus ideales y coraje. Ciertamente los hombres tienen
muchos miedos que enfrentar. Tenemos miedo de dar nuestra palabra o
de comprometernos o de hacer y mantener compromisos. Tenemos miedo al
amor y a los sacrificios que implica. También tenemos miedo de
creer intensamente y proclamar claramente nuestra fe en Cristo y Su
Iglesia. Infelizmente, incluso entre algunos sacerdotes y religiosos
de la Iglesia, hemos testimoniado la mala disposición de hombres
para guardar su promesa solemne a Dios y Su pueblo fiel. Éstos
no son tiempos fáciles para nadie, pero son especialmente difíciles
para los hombres.
Casi
es como que algunos pocos esperasen de los hombres de nuestra cultura
un liderazgo en la virtud. Debemos recordar el estímulo que nos
da Cristo, que nos dijo: "No temáis"[11]
III. EL ASPECTO ESPIRITUAL
El hombre
de fe se encuentra ante el misterio de la fe con asombro reverente.
Dios nos ha dado la dignidad de participar en Su vida. De hecho, "asombrosamente
has sido engendrado" [12]. El creyente se descubre ponderando sobre
un Padre en cielo que se humillaría para darnos la vida y sostenerla
por la entrega de Su único Hijo engendrado. Teólogos han
descrito nuestro encuentro con Dios como un reconocimiento de la revelación
de un gran misterio, en la que experimentamos miedo y fascinación.
"¡Es tremendo caer en la manos de Dios vivo!" [13].
Un auténtico encuentro con Dios nos llena de un reverente temor.
Todo creyente está llamado a estar atento a la revelación
de Dios y a responderle con obediencia amorosa. En servicio a Dios,
a uno mismo, y a los otros, el hombre de fe busca ser un signo vivo
del reino de Dios y de la vida nueva en la gracia, que Cristo nos da
en el bautismo. Una auténtica respuesta a Dios es profundamente
personal, pero sirve a la Iglesia y a todos sus miembros.
Desde
el principio el Padre se reveló a la familia humana para compartir
Su vida con nosotros, de tal forma que podamos regocijarnos en Él.
Nuestra primera respuesta a Dios debe ser la auto-rendición de
la fe, en la que con alegre humildad reconocemos que es nuestro creador
que nos enseña para que seamos bendecidos. Aquí esta nuestra
auténtica realización.
El
Amor de Dios y Su Vida
Dios
también nos llama a una perfección que es más profunda
que el cumplimiento externo de la ley. Busca un conformación
completa de nuestra voluntad con la Suya. Esta búsqueda de la
voluntad de Dios, y la gracia para cumplirla, solo puede dar fruto en
comunión personal con Su Iglesia. Esto es el corazón de
la oración. Esto es la intención de los sacramentos. Aquí
encontramos a Jesucristo, especialmente en la Santa Eucaristía.
En ellos, el hombre unido a Dios en la gracia recibe el don de la vida
eterna que transforma su relación con Dios y con los demás.
También son una fuente de realización espiritual que le
da al hombre su más alta dignidad, "sed fecundos y multiplicaos"
[14] en la entrega de su vida en unión con el sacrificio de Cristo.
Jesucristo:
Dios y Hombre
En nuestra
confusión contemporánea, muchas veces pasamos por alto
el significado de la Encarnación de Cristo para la sexualidad
y la identidad sexual. La naturaleza humana es sexual, y por lo tanto
el asumir la naturaleza humana por parte de Dios necesariamente comprende
también el género. El género de Jesús expresa
Su identidad y Su misión. Jesucristo era, y es, y siempre será
humano. Y Su masculinidad no es un accidente de la historia; tiene un
motivo importante en el Plan de Dios.La entrada de Jesucristo en la
humanidad toma la imagen de Dios del Antiguo Testamento, como un novio
fiel y misericordioso, y las hace vida. Dios Hijo es el novio que ha
venido a arreglar y completar Su boda con Su Novia, la Iglesia.
Todos
los bautizados son conformados al Señor Jesús por la gracia.
Todo discípulo debe imitar sus virtudes humanas y compartir Su
relación con el Padre. Las mujeres van a imitar Sus virtudes
y estilo de vida, especialmente de la forma como son reflejadas por
la Santísima Virgen María y por otras magníficas
mujeres en la historia de la Iglesia. Los hombres precisamente están
llamados a imitarlo como hombres. Todos los hombres cristianos están
llamados a imitar a Cristo: Sus virtudes, Su enseñanza, Su sacrificio.
Su masculinidad, en lugar de excusarlos de las exigencias de una vida
cristiana, los obliga a imitarlo con la ayuda de la gracia. Los santos
de nuestra historia cristiana también han sido grandes ejemplos
de virilidad.
Nuestra
fe destaca tres realidades que son importantes para la identidad de
una hombre. Encontramos en el Señor Jesús al Hijo perfecto,
que es obediente a Su Padre celestial, a quien estamos llamados a imitar.
El mismo Hijo también es visto como el Novio de la Iglesia, destacando
dramáticamente las responsabilidades de los hombres en el amor
marital. Jesús también nos revela al Padre. Porque el
Hijo manifiesta el amor del Padre perfecto, todos los padres terrenales
pueden aprender algo de sus propias responsabilidades para con sus hijos.
Cristo nos da la oportunidad de ser fructíferos de una manera
nueva y espléndida. El hijo que madura se vuelve un esposo, pero
también el hijo que madura se vuelve un padre. Los hombres pueden
ser padres no sólo en la carne pero también en el Espíritu.
Cristo,
el Camino
¿Cómo
descubre un hombre quién es? "El hombre no puede encontrarse
plenamente a si mismo sino en la entrega sincera de sí mismo."
[15] ¿Pero a quién debe entregarse? Primero debe entregarse
a Dios que lo creó. El don del ser se entiende mejor al rendirse
y contemplar al Señor Jesús, el don del Padre al mundo.
Preparándose para entrar al Tercer Milenio de la Era Cristiana,
el Santo Padre nos pide que el año 1997 lo dediquemos para conocer
mejor al Señor Jesús, el Hijo de Dios y Redentor del hombre.[16]
Cristo
nos enseña muchas virtudes por Su propio ejemplo. Incluso los
que conocen los Evangelios, pero que no son creyentes, pueden asombrarse
por la manera en que Él vivió y murió. Expresó
un amor a Dios y al prójimo que no tenía límite.
Su celo
por el honor de Su Padre lo lleva a limpiar el Templo. Era obediente
no sólo a Su Padre celestial, sino también a María
y a José. Su amor por los demás lo llevó a predicar,
enseñar, y exhortar a la conversión. Es inocente, incluso
para Judas, y Poncio Pilato no encuentra crimen en Él. Era compasivo
con el pobre, el enfermo y el sufriente, y misericordioso con el pecador.
A lo largo de Su vida fue silenciosamente firme y leal.
Por lo
tanto Cristo nos enseña como ser hombres, hijos buenos del Padre
celestial. Un hombre solo tiene que ver a Cristo para verse como lo
querría Dios. El hombre no debe avergonzarse de ser un hijo del
Padre celestial, ni de Cristo, ni de ser un hombre. Debe considerar
la filiación del Señor Jesús, meditarla y responder
con la ayuda de la gracia de Dios. De la misma forma que Cristo es humilde,
un hombre debe ser humilde ante Dios. Un hombre debe orar como Cristo
ora. Debe ser obediente como Él era obediente. De la misma forma
Jesucristo proclama la verdad de la fidelidad de Dios, así un
hombre que imita y está unido a Cristo puede ser fiel a su propio
servicio a la humanidad en la paternidad. De hecho, por el misterio
de la gracia, no sólo imitamos a Cristo, sino que también
nos identificamos con Él y tomamos parte de Su misma relación
con el Padre y con el Espíritu Santo.[17]
Los Evangelios
nos enseñan que Cristo era un hombre de oración, frecuentemente
separándose del resto para orar en secreto a Su Padre celestial.
Su oración era una expresión del amor de un hijo por Su
Padre, así como una expresión del culto que un hombre
en justicia le debe rendir a Dios. Particularmente vemos a Jesús
rezando cuando se prepara para momentos centrales de Su misión:
antes del principio de Su ministerio público, antes de la selección
de los Apóstoles, y antes de Su crucifixión. También
rezaba en tiempos de cansancio, como después de predicar a las
muchedumbres y después de curar; también rezó en
el Jardín y en la Cruz, y murió con una oración
aun en Sus labios.
Cristo
el Nuevo Adán
Las Escrituras
nos ofrecen una comparación entre dos hombres: Adán, el
primer hombre, y Cristo, el nuevo Adán. En particular vemos una
diferencia en su fidelidad a Dios y cómo ejercieron sus responsabilidades
hacia los demás. Adán no solo no estaba dispuesto a mantenerse
fiel a los mandatos de Dios, sino que tampoco a tomar responsabilidad
por sus propias acciones. En el jardín, la mujer fue tentada
primero. Ella era la que Dios le había dado para atesorar y proteger.
Y Satanás le dijo una mentira, que ella creyó. ¿Y
qué hizo el hombre? No le dijo nada. No se resistió cuando
ella intentó involucrarlo en el pecado. Más bien, colaboró.
Le falló al pecar con ella. Después, cuando el Señor
volvió a entrar en la escena, ¿hizo algo el hombre para
tomar una posición ante el Señor para defender a sí
mismo y a la mujer? No. Huyó. Contrasta esto con Cristo y Su
prontitud para tomar una postura fiel tanto ante el Padre como ante
nosotros.
Considere
a Cristo en la cruz, y María y Juan al pie. ¡Qué
diferente es Cristo de Adán! Él no se quedo callado. Se
pasó todo su ministerio enseñando y dando testimonio del
Padre. A pesar de que fue tentado, no participó en el pecado.
Y en medio del pecado, no se retiró, sino que se entregó
al sacrificio, absolutamente dependiente del Padre celestial. En Su
muerte en la Cruz nos reveló y proclamó la confianza en
Dios que todos estamos llamados a imitar.
La
Vida Espiritual
A los
hombres de nuestra Iglesia local, les digo: ustedes y yo debemos desarrollar
y seguir buscando una vida espiritual, una vida conformada al ejemplo
que ofreció Jesús, que es íntima, personal y substancial.
En la medida que desarrollas una vida espiritual, descubrirás
que tienes una capacidad real para la oración y la contemplación.
Sin embargo puede ser difícil aprender a orar. El filósofo
Blas Pascal dijo que uno de los principales problemas de los hombre
es que no se le puede poner en un cuarto sin que se distraiga [18].
Pero es esto lo que usted y yo debemos desarrollar continuamente: la
habilidad para sentarse silenciosamente en presencia del Padre Celestial
y permitirle revelarse, y que nos revele a nosotros mismos. Debemos
volvernos otros Cristos, Cristo mismo.[19]
Estamos
unidos a Dios y a los demás por amor, y por ende confundir amor
con emoción o sentimiento nos retrasará en nuestra vida
espiritual. La vida emocional de un hombre sin duda es importante. Pero
debemos recordar que un hombre en sintonía de emociones no necesariamente
es un hombre virtuoso. Las responsabilidades de un hombre son grandes;
pero puede ser vulnerable a los sentimientos que nublan la importancia
de esas responsabilidades.
La habilidad
de vivir una vida emocionalmente fuerte se basa en la habilidad de transcender
apropiadamente las emociones. Manteniendo una vida espiritual se pueden
evocar y ordenar nuestras emociones. Un hombre solo puede ser fuerte
ante los otros al humillarse y reconocer sus debilidades en la presencia
del Padre. Por eso debe ir a su cuarto, cerrar la puerta y orar al Padre
celestial; debe pedir que el Padre le conceda la fuerza necesaria para
cumplir las responsabilidades que Dios le ha dado.
El hombre
cristiano debe responder a la vocación a la santidad seguro de
su valor como hombre. No debe desanimarse con su propio pecado ni por
el sentimiento prevaleciente que tantas veces se mofa de la práctica
religiosa del varón. No todas las calidades espirituales de un
hombre han sido corrompidas por el pecado. Tanto los hombres como las
mujeres tienen conocimientos y dones para entregar en la vida espiritual.
Hombres católicos pueden aprender mucho de las mujeres y no necesitan
negar su identidad masculina para madurar. Más bien lo opuesto:
Un hombre puede alcanzar gran progreso en la vida espiritual si es desafiado
a hacerlo. Si se concentra en la santidad, simultáneamente es
perfeccionado como un hombre y progresa en santidad precisamente en
fidelidad a su deber a Dios, a su familia y a la comunidad humana.
El crecimiento
en la fe de un hombre se manifiesta por su confianza en la providencia
y su triunfo sobre el miedo. El miedo nos rebaja. El miedo puede gobernar
tanto nuestras que vidas que nos paraliza: miedo a Dios, miedo a la
intimidad con mujeres, miedo al compromiso, y comúnmente, miedo
de los hijos y de mantener una familia. Sólo en la medida que
un hombre confía en la Providencia puede superar este miedo y
asumir confiadamente su responsabilidad ante él mismo y los demás.
Éste es el misterio de la Cruz de Cristo: una vez que uno acepta
y acoge libremente el sufrimiento, ya no tiene nada más que temer.
El crecimiento
espiritual de un hombre le da la dignidad de la auto posesión
y la humildad para aceptar la responsabilidad de su propia vida, su
progreso en la virtud y su ser pecador. Esta madurez también
lo lleva a dar mucho fruto en la paternidad.
Cristo
revela el Padre
¿Qué
nos revela Cristo sobre el amor del Padre que los padres terrenales
puedan imitar? Dios ama la vida humana y es generoso al crearla. En
vez de temer la vida, el padre terrenal debe estar jubiloso con una
nueva vida. El Padre Celestial no sólo da generosamente la vida,
sino que también la cuida, protegiendo a Sus hijos y educándolos
en los caminos de nuestra realización en Él. Por lo tanto
un buen padre se compromete y es fiel al cuidado continuo y a la formación
de sus hijos.
La imagen
de Dios reflejada en el hombre y en la mujer se ve en uno de sus primeros
mandamientos después de la creación. "Sed fecundos
y multiplicaos." [20] Fácilmente podremos temer las responsabilidades
de convertirnos en padres y vivir adecuadamente el compromiso. Sin embargo,
Dios nos ha hecho para compartir la gran dignidad de cooperar con Él
en la creación, protección y educación de una nueva
vida humana. En cierto sentido, podemos decir que cada hombre ha recibido
la vocación a ser padre como expresión de su condición
de ser hombre.
El hombre
no debe avergonzarse de este gran regalo; debe regocijarse en su dignidad.
Al posponer o retener de manera miedosa o egoísta la fecundidad
que Dios nos ofrece, rechaza cierta ayuda que Dios nos proporcionará
si somos generosos con Él. Nunca puede excederse la generosidad
de Dios. Un hombre crece en la medida que asume confiadamente el compromiso
a una esposa y la sustentación de una familia - o se consagra
a un celibato fructífero en el Espíritu.
En este
sentido, sería una error presumir que el mandamiento de la fecundidad
se refiere apenas al origen físico de la vida. En Cristo, todo
cristiano posee una semilla de fecundidad espiritual que tiene importancia
para el reino de Cristo [21]. Nuestra dignidad cristiana nos permite
que nos unamos al sacerdocio universal de la Iglesia en la que podemos
ofrecernos como sacrificios espirituales para el aumento de gracia en
nuestra propia vida y en la de los demás. Hombres y padres cristianos
tienen la responsabilidad de ser espiritualmente fructíferos
por el sacrificio de sus propias vidas, ofreciéndolas por aquellos
que tiene a su cuidado. Particularmente los padres deben cooperar entusiasmadamente
con la formación espiritual de sus hijos, conscientes de que
este servicio y ejemplo es una forma importante de proveer a sus familias.
Esta
realidad del sacrificio engendrando una fecundidad espiritual también
ilumina la importancia de aquellos que están llamados a una vida
soltera o célibe y, por supuesto, a la particular vocación
del sacerdocio ministerial.
Esta
consagración a Dios es una auténtica unión marital
y una auténtica paternidad, en la que la Iglesia acepta el don
de la vida de sus sacerdotes para ser fructíferos en la gracia
para los demás. Por lo tanto existe una profunda conexión
entre el Sacramento del Orden y el Sacramento del Matrimonio, porque
tienen en común el llamado a la fecundidad espiritual.[22]
Cristo,
el Novio
El significado
de la masculinidad de Cristo también se ve en Su relación
con las mujeres, en la simbología de Su último acto amoroso,
el sacrificio en la Cruz. En la Cruz ofreció una ofrenda perfecta
al Padre y entrego Su vida por Su novia. La celebración de la
Eucaristía incluye esta característica del amor masculino
incluso al invitar a la participación plena a todos los fieles,
hombres y mujeres . El sacerdote que celebra la Misa se ha vuelto un
sacramento de la masculinidad de Cristo, ofreciendo su propia masculinidad,
cuerpo y alma, en representación de Cristo.[23]
Sin embargo,
la encarnación sacrificial y masculina del amor de Cristo no
sólo se aplica al sacerdote que lo representa en el sacrificio.
Se aplica a todos los cristianos, incluso los hombres cristianos, y
especialmente a los hombres cristianos que contraen matrimonio. San
Pablo lo deja claro en su exhortación a los hombres casados.
"Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia
y se entregó a sí mismo por ella
" [24] También
debe quedar claro que el amor de un marido por su esposa es una respuesta
a su singular valor como mujer, así como un reconocimiento de
su igualdad. El sacrificio del marido por su esposa también manifiesta
su amor y confianza al Padre, tal como lo fue para Cristo.
El amor
del Señor Jesús por Su novia es una expresión de
compromiso total. Él es fiel a Su Novia hasta el extremo. "Nadie
tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos." [25] Su
muerte en la Cruz no es un acto de desesperación, sino que es
la entrega gratuita de sí mismo.
El matrimonio,
también exige la entrega gratuita de uno mismo. El compromiso
de una pareja cristiana a la permanencia no sólo abarca sus aspiraciones
de amar, servir y respetar al otro; sino que también exige comprensión
y perdón cuando hay fallas. Las dificultades del matrimonio,
cuando se responden en la gracia dada a nosotros por Dios, se convierten
en una escuela de Su fidelidad y Su misericordia para nosotros pecadores.
Por consiguiente, el supuesto de que un matrimonio difícil se
puede acabar o anular mina la resolución de los esposos y padres
cristianos, a menudo ignorando el poder de la gracia de Dios de fortalecer
a las familias en tiempos difíciles.
NOTAS
[1]
Gilbert Meilander, "The Eclipse of Fatherhood", First Things
54 (June/ July 1995): 38-42
[2] Concilio Vaticano II, Apostolicam Actuositatem, "Decreto sobre
el Apostolado de los laicos", n. 11.
[3] "La escala de rupturas maritales en Occidente desde 1960 no
tiene ningún precedente histórico del cual yo tenga conocimiento,
y parece único. No ha habido nada así en los últimos
2,000 años, y probablemente aun por más tiempo."
Lawrence Stone, de la Universidad de Princeton, citado en "A World
Without Fathers" David Popenoe, The Wilson Quarterly, Spring 1996,
Vol. XX, No. 2, p. 13.
[4] "En el designio de Dios Creador y Redentor la familia descubre
no sólo su "identidad", lo que "es" , sino
también su "misión", lo que puede y debe "hacer".
El cometido, que ella por vocación de Dios está llamada
a desempeñar en la historia, brota de su mismo ser y representa
su desarrollo dinámico y existencial. Toda familia descubre y
encuentra en sí misma la llamada imborrable, que define a la
vez su dignidad y su responsabilidad: familia, ¡"sé"
lo que "eres"!" Juan Pablo II, Exhortación Apostólica,
Familiaris Consortio, "Sobre la misión de la familia cristiana
en el mundo actual", n. 17.
[5] "La familia contemporánea, como la de siempre, va buscando
el "amor hermoso". Un amor no "hermoso", o sea,
reducido sólo a satisfacción de la concupiscencia (cf.
1Jn 2, 16) o a un recíproco "uso" del hombre y de la
mujer, hace a las personas esclavas de sus debilidades. ¿No favorecen
esta esclavitud ciertos 'programas culturales' modernos? Son programas
que "juegan" con las debilidades del hombre, haciéndolo
así más débil e indefenso. La civilización
del amor evoca la alegría: alegría, entre otras cosas,
porque un hombre viene al mundo (cf. Jn 16, 21) y, consiguientemente,
porque los esposos llegan a ser padres. Civilización del amor
significa "alegrarse con la verdad" (cf. 1Co 13, 6); pero
una civilización inspirada en una mentalidad consumista y antinatalista
no es ni puede ser nunca una civilización del amor. Si la familia
es tan importante para la civilización del amor, lo es por la
particular cercanía e intensidad de los vínculos que se
instauran en ella entre las personas y las generaciones. Sin embargo,
es vulnerable y puede sufrir fácilmente los peligros que debilitan
o incluso destruyen su unidad y estabilidad. Debido a tales peligros,
las familias dejan de dar testimonio de la civilización del amor
e incluso pueden ser su negación, una especie de antitestimonio.
Una familia disgregada puede, a su vez, generar una forma concreta de
"anticivilización", destruyendo el amor en los diversos
ámbitos en los que se expresa, con inevitables repercusiones
en el conjunto de la vida social." Juan Pablo II, "Carta a
las Familias," n. 13.
[6] "Sin embargo, no se toman en consideración todas sus
consecuencias, especialmente cuando las sufren, además del cónyuge,
los hijos, privados del padre o de la madre y condenados a ser de hecho
huérfanos de padres vivos", Ver "Carta a Familias,"
Op. Cit., n. 14.
[7] David Blankenhorn, Fatherless America, (New York: Basic Books, 1995),
capítulo 2.
[8] "Por tanto, cuando leemos en la descripción bíblica
las palabras dirigidas a la mujer: "Hacia tu marido irá
tu apetencia y él te dominará" (Gén. 3, 16),
descubrimos una ruptura y una constante amenaza precisamente en relación
a esta "unidad de los dos", que corresponde a la dignidad
de la imagen y de la semejanza de Dios en ambos. Pero esta amenaza es
más grave para la mujer. En efecto, al ser un don sincero y,
por consiguiente, al vivir "para" el otro aparece el dominio:
"él te dominará". Este "dominio" indica
la alteración y la pérdida de la estabilidad de aquella
igualdad fundamental, que en la "unidad de los dos" poseen
el hombre y la mujer; y esto, sobre todo, con desventaja para la mujer,
mientras que sólo la igualdad, resultante de la dignidad de ambos
como personas, puede dar a la relación recíproca el carácter
de una auténtica "communio personarum". Si la violación
de esta igualdad, que es conjuntamente don y derecho que deriva del
mismo Dios Creador, comporta un elemento de desventaja para la mujer,
al mismo tiempo disminuye también la verdadera dignidad del hombre."
Juan Pablo II, Carta Apostólica Mulieris Dignitatem, "Sobre
la dignidad y la vocación de la mujer con ocasión del
año mariano," n. 10.
[9] Gén. 1, 27.
[10] "Y todo el tiempo, tal es la tragicomedia de nuestra situación,
continuamos clamando por aquellas misma cualidades que tenemos por imposibles.
Casi no puedes abrir un periódico sin cruzarte con la frase de
que lo que necesita nuestra civilización es más 'empuje',
o dinamismo, o auto-sacrificio, o 'creatividad'. Con un tipo de simplicidad
terrible removemos el órgano y demandamos la función.
Creamos hombres sin pecho y esperamos de ellos virtud y realización.
Nos reímos del honor y nos escandalizamos de encontrar traidores
entre nosotros. Castramos y demandamos que el caballo sea fecundo"
C.S. Lewis, "Men without Chests", citado por William Bennett,
ea., A Book of Virtues, (New York: Simon and Schuster, 1993), pp. 263-265
[11] Mt. 14, 27.
[12] Sal. 139, 14
[13] Heb. 10, 31.
[14] Gén. 1, 28.
[15] "Más aún, el Señor Jesús, cuando
pide al padre que todos sean uno
, como nosotros también
somos uno (Jn 17, 21-22), ofreciendo perspectivas inaccesibles a la
razón humana, sugiere cierta semejanza entre la unión
de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la
verdad y el amor. Esta semejanza muestra que el hombre, que es la única
criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma, no
puede encontrarse plenamente a sí mismo sino en la entrega sincera
de sí mismo." Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, "Constitución
Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Actual", n. 24
[16] "El primer año, 1997, se dedicará a la reflexión
sobre Cristo, Verbo del Padre, hecho hombre por obra del Espíritu
Santo. Es necesario destacar el carácter claramente cristológico
del Jubileo, que celebrará la Encarnación y la venida
al mundo para todo el género humano. El tema general, propuesto
para este año por muchos Cardenales y Obispos, es 'Jesucristo,
único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre' (cf. Heb 13:8)."
Juan Pablo II, Carta Apostólica, Tertio Millennio Adveniente,
"Mientras se aproxima el tercer milenio", n. 40.
[17] "La clave para la intimidad con el Padre, Hijo y Espíritu
Santo está en seguir a Cristo de tal manera que no sólo
lo imitamos sino que nos identificamos con Él. Solo así
es que Jesús es el primogénito entre muchos hermanos mientras
que todavía es el unigénito del Padre. No somos los hijos
del Padre cada uno por su propia cuenta. Siendo todavía nosotros
mismos, somos sus hijos porque somos Cristo." Fernando Ocariz,
Dios como un Padre en el Mensaje del Beato Josemaria Escriva, (Nueva
Jersey: Scepter, 1994) , p. l8.
[18] "...Varias veces he dicho que la única causa de infelicidad
del hombre es que él no sabe como permanecer silente en su cuarto."
Blaise Pascal, Pensées.
[19] "
con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que
es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la
carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó
a sí mismo por mí" Gal. 2, 20.
[20] Gén. 1, 28.
[21] "La amable providencia de Dios determinó que en los
últimos días Él ayudaría el mundo, en camino
a la destrucción. Decretó que todas las naciones deberían
salvarse en Cristo. Una promesa había sido hecha al santo patriarca
Abraham con respecto a estas naciones. El habría de tener una
progenie incontable, nacidos no de su cuerpo sino de la semilla de su
fe. Por lo tanto sus descendientes son comparados con las constelaciones
de estrellas. El padre de todas las naciones habría de esperar
no en una progenie terrestre sino que una progenie desde arriba."
San León Magno, Sermo 3 in Epiphania Domini, 1-3. 5: PL 54, 240-241
[22] "Los que se propagan y ordenan en que la vida corporal están
marcados por dos cosas: específicamente, origen natural, y esto
se refiere a los padres; y el régimen político por la
que la vida pacífica del hombre se conserva, y esto se refiere
a los reyes y príncipes. Entonces, es así en la vida espiritual
- pues algunos propagan y conservan la vida espiritual solo en un ministerio
espiritual, y esto pertenece al sacramento del orden: y algunos pertenecen
a la vida corporal y espiritual simultáneamente, que ocurre en
el Sacramento del Matrimonio cuando un hombre y una mujer se juntan
para engendrar una
descendencia y para criarlos en el culto a Dios." Santo Tomás
Aquino, Summa Contra Gentiles, 4, 58.
[23] "Cristo es el Esposo, porque "se ha entregado a sí
mismo": su cuerpo ha sido "dado", su sangre ha sido "derramada"
(cf. Lc. 22, 19-20). De este modo "amó hasta el extremo"
(Jn. 13, 1). El "don sincero", contenido en el sacrificio
de la Cruz, hace resaltar de manera definitiva el sentido esponsal del
amor de Dios. Cristo es el Esposo de la Iglesia, como Redentor del mundo.
La Eucaristía es el sacramento de nuestra redención. Es
el sacramento del Esposo, de la Esposa. La Eucaristía hace presente
y realiza de nuevo, de modo sacramental, el acto redentor de Cristo,
que "crea" la Iglesia, su cuerpo. Cristo está unido
a este "cuerpo", como el esposo a la esposa. Todo esto está
contenido en la Carta a los Efesios. En este "gran misterio"
de Cristo y de la Iglesia se introduce la perenne "unidad de los
dos", constituida desde el "principio" entre el hombre
y la mujer. Si Cristo, al instituir la Eucaristía, la ha unido
de una manera tan explícita al servicio sacerdotal de los apóstoles,
es lícito pensar que de este modo deseaba expresar la relación
entre el hombre y la mujer, entre lo que es "femenino" y lo
que es "masculino", querida por Dios, tanto en el misterio
de la creación como en el de la redención. Ante todo en
la Eucaristía se expresa de modo sacramental el acto redentor
de Cristo Esposo en relación con la Iglesia Esposa. Esto se hace
transparente y unívoco cuando el servicio sacramental de la Eucaristía
-en la que el sacerdote actúa "in persona Christi"-
es realizado por el hombre." Mulieris Dignitatem, n. 26
[24] Ef. 5, 25.
[25] Jn. 15, 13.