MONS. ENRIQUE GLENNIE GRAUE, ANDRÉS Y CLARITA GALINDO
Una
reflexión que nos motive, impulse, más que conceptos,
algo que nos permita a los sacerdotes tener un aprecio mayor por los
que viven el sacramento del matrimonio y un aprecio mayor de los que
viven el sacramento del orden para llegar a formar un equipo.
Una
de las cosas más importantes a partir de la experiencia es considerar
como un gran don en la pastoral familiar ha sido el cariño, la
mistad y la riqueza que dan los matrimonios. Algo da también
el sacerdote a ellos. EN la pastoral familiar no puede uno trabajar
solo. Existe la tentación de no aceptar lo que uno mismo no ha
elaborado.
Aprender
a trabajar en equipo, a interactuar con quien se trabaja, enriquece
a la persona. La capacidad, el enriquecimiento de tener sensibilidad
ante la presencia de los demás. Los sacerdotes de más
edad entraron al seminario pequeños, cuando humanamente necesitaban
de la familia. Esto implica una carencia desde del punto de vista afectivo,
sicológico, el vivir desmembrado de la familia. Fueron a vivir
en un contexto muy rígido, en donde no se manejaba la comunicación;
en el seminario no podían interactuar; los enseñaban a
guardarse todo; a estar por encima de los sentimientos y la relación.
Separados de la familia sin disfrutar momentos muy significativos de
la familia, con una orientación muy espiritual pero muy rígida.
No
se manejaban los sentimientos, no eran capaces para una relación
interpersonal, de la sensibilidad en función de las personas,
todo lo intelectualizaban (todo tenía un por qué y un
para qué). Eran pues personas encerradas en sí mismas.
El esfuerzo muy grande para superar todo esto (un egoísmo sacerdotal
ministerial) es algo similar a una pareja que tiene que superar sus
propios egoísmos para llegar a ser comunidad.
Nuestro
origen nos marca para toda la vida. Los hijos, aunque no están
de acuerdo con los padres, terminan repitiendo los mismos esquemas.
Nuestro origen puede ser pobre y hay que tenerlo en cuenta, nadie da
lo que no tiene. La riqueza está en irse enriqueciendo y allí
está el valor de la relación intersacramental.
El
sacerdote no es un hombre sin familia. Es básico tener en cuenta
esto. ¿Qué podemos hacer para que la familia ayude, enriquezca
al sacerdote y de esta forma enriquezcamos todos a la Iglesia?
El
matrimonio es el signo visible el amor de Dios. Pero también
hay que reconocer el don del celibato, signo del amor de Cristo por
su esposa la Iglesia. Con su celibato se nos regala a toda la Iglesia.
Ellos no eligen su comunidad pero se dan. Hemos aprendido a conocerlos
y verlos humanos como todos, comprenderlos como tal.
La
relación y el acompañarse de los dos sacramentos es una
gran riqueza para la Iglesia. No es fácil, así como no
es fácil la relación esposo y esposa. Los dos sacramentos
están llamados a amar al estilo de Cristo, sin condición,
sin esperar ninguna otra respuesta más que invitar a los otros
a amar también.
Ambos
sacramentos están llamados a cuidar y defender la vida, pero
también a dar vida a la Iglesia comenzando por ser un equipo
intersacramental, dando vida a la relación intersacramental.
Hay que preguntarse si ambos sacramentos se dan vida mutuamente en esa
relación intersacramental la cual, es Dios mismo el que la pide
y habría que buscarla.
EL
proceso natural que hemos vivido es partir de nuestra experiencia. Hay
que encontrarnos, hay que aprender a amarnos, a respetarnos, a entendernos.
Ésa es la experiencia humana. Esto que se tiene que dar en lo
cotidiano, en lo de todos los días, si lo pasamos a un contexto
de entender nuestra vida a la luz del Evangelio y entender el evangelio
a la luz de nuestra vida, estamos descubriendo una vocación:
al matrimonio y al sacerdocio.
Estamos
descubriendo por tanto un proyecto de Dios sobre nuestras vidas. Él
nos lo hace saber a través de nuestra propia vida. Se descubre
uno alguien elegido por el Señor no para ser especial sino como
alguien que se sabe verdaderamente amado, en un contexto de entrega
total en los esposos y en el celibato en el sacerdocio. EL celibato
es asumir y vivir el llamado al amor que es la vocación común.
Hay
que ir reflexionando para darle un sentido a nuestra existencia. Si
estamos llamados todos al amor, es en el contexto del amor donde nos
desenvolvemos. El celibato sería incompleto si no hubiera la
contraparte de la vivencia de la sexualidad que nos lleva a tocar la
realidad que necesitamos vivir: ternura, cuidado, atención, detalle.
Eso nosotros tenemos que entenderlo de la expresión del matrimonio
que enriquece al sacerdote y le da su perspectiva.
De
la expresión humana de la sexualidad tenemos que aprender el
detalle de la vida diaria. El celibato no se vive en las nubes sino
que tiene que ser una opción de cada día, una decisión
de amar de cada día como la pareja. La pareja capta entonces
que a través del celibato puede tener una estabilidad y una seguridad
porque allí hay una determinación más completa
o amplia. El sacerdote no está para una persona, pareja, grupo,
movimiento o actividad.
"Cristo
amó a su Iglesia y se entregó por ella". Esto es
lo que tiene que hacer el sacerdote, entregarse a su Iglesia, así
como el esposo se entrega a su esposa y viceversa.
Se
dice del sacerdote que es otro Cristo, el celibato es la posibilidad
de vivir una vocación y un sacramento. Es la proyección
hacia la Iglesia del mismo amor que viene de Cristo. Ambos sacramentos
nacen de una gracia especial de Dios. Nacen de un sí al amor.
Libremente.
La
relación se da para un enriquecimiento pero orientado hacia el
servicio. Esto da un crecimiento y por tanto lleva a vivir valores:
confianza, respeto, reto mutuo. Esta confianza no significa ser "confianzudo",
implica hasta la forma de vestir. No es sólo el apoyarse a hacer
trabajos sino apoyarnos en el ser. Esto da la ilusión de trabajar
juntos.
Es
importante afirmarse el uno al otro, como cuando uno se alegra por el
éxito del otro, se reconoce las capacidades, sabiduría
o eficacia del otro. También viviendo el valor de la comprensión.
Vivir el valor de la oración de unos por otros, compartiendo
la vida ante Dios.
Una
relación intersacramental no se condiciona, tampoco debe haber
egoísmos, saber compartirlo.
Un
crecimiento muy importante recíproco es que a partir de la ayuda
intersacramental aprendamos a ser esposos, los esposos nos lo enseñan.
Enseña la fidelidad, la dependencia, a veces el sacerdote es
demasiado independiente. La espiritualidad del esposo nos enseña
a depender, a amar. Y de allí pasar de ser esposos a ser padres,
y eso es depender más, con mayor incondicionalidad, como los
papás que aman sin recibir el amor de los hijos. El ser padre
es un amor muy profundo, Dios mismo se presenta como Padre.
Los
padres tiene que prender a ser maestros y pastores, por eso se enriquece
el sacerdote. Así viene a ser el que logra ayudar a los demás
a descubrir en su interior las riquezas que tiene y ayudarlo a desarrollarlas:
qué riquezas tiene el otro para que las saque y se realice mejor.
El
matrimonio tienen una misión, un envío como los sacerdotes.
Así se aprende recíprocamente. Se aprende a ser más
humanos y así mejor espiritualmente; y hay que aprender a ser
más espirituales.
La
coherencia del trabajo, del envío en conjunto que es la pastoral
familiar, pide no sólo la coherencia del matrimonio sino del
sacerdote. La capacidad de hacer equipo es condición indispensable
para la pastoral familiar.
Cuando
se entra en una relación de amistad y cariño desde el
punto de vista intersacramental, los hijos se benefician. Esto tiene
una culminación con el matrimonio de los hijos.
La
pastoral familiar debe de cuidar mucho las relaciones intrafamiliares,
la relación esponsal, fraterna, filial. El sacerdote debe ir
creciendo en esta relación esponsal. Pero también ser
hermano para el hermano laico. Esto es una madurez no sólo humana
sino vocacional, eclesial. No nos une sólo nuestros sentimientos
y nuestras necesidades sino ante todo nos une la fe.
La
pastoral familiar debe cuidar dentro de las relaciones eclesiales las
esponsales, fraternas y filiales.
Hay
que incidir más en el Seminario. Hacer al sacerdote parte de
la familia. Esta relación intersacramental es el primer paso
para construir la cultura de la vida y del amor. Con nuestra necesidad
de más sacerdotes, los niños necesitan ver la vida consagrada
y matrimonial para esta nueva cultura. Es importante dejar claro la
dimensión esponsal del sacerdote.
