Mons. Enrique Glennie
El
fruto de Dios en nosotros es la comunión. Como que la comunión
sintetiza todo el mensaje del amor. Dios es amor nos dice San Juan.
Dios
amor hace al hombre a su imagen y semejanza. Leer nuestra vida a ala
Palabra nos hace constatar esto.
El hombre
es un espíritu encarnado: alma que se expresa en el cuerpo informado
por un alma inmortal. Entonces el hombre se define por su espíritu
o que éste define al hombre. Es alguien abierto a realidades
superiores, abierto a valores que no son sólo teorías.
Los valores no existen hasta que se hacen reales en el hombre.
En esta
realidad el hombre es creado por Dios a su imagen y semejanza, abierto
a los valores que llamamos virtudes que nos acercan al amor. El hombre
pues tiene capacidad de expresar lo divino. Dios se expresa a modo humano.
Dios
no es una energía, impersonal. Hay incluso una espiritualidad
sin referencia a un Dios personal. Pero Dios es una familia trinitaria,
el modelo supremo del hombre llamado a vivir en familia. Todo hombre
tiene referencia a una familia, de origen o la que ha formado.
El hombre
tiene su origen en Dios: personas en relación de amor. Tanto
amó Dios al mundo para que todo el que crea en él tenga
vida eterna. EL Dios Trinidad, el Padre Bueno envía al Hijo para
que el hombre tenga vida. En este sentido la vida hay que entenderla
como relación: hacemos referencia a Dios, al prójimo,
a nosotros mismos, a las cosas. El mundo es un escenario de referencia
de cada quien.
EL hombre
ha sido creado para Dios. Este es el planteamiento original. Cristo
después viene para darnos vida y nos da al Espíritu Santo
para que esa vida se actualice, hacer real la vivencia de la vida trinitaria
en nosotros.
Hay algunas
cosas que estorban la vida de Dios. Le llamamos le pecado, es la antinomia
del proyecto de Dios. Uno de los graves pecados de la familia que inciden
en el hombre es la violencia intrafamiliar.
¿Cuál
sería el planteamiento de la pastoral familiar?
La violencia
es consecuencia del pecado que estorba el proyecto de Dios. EL hombre
viene siendo víctima del hombre, de sus circunstancias. Cuando
no encuentra el ideal de armonía, de familia se vuelve víctima
de su propia familia.
La gente
comienza a hablar de violencia desde el matar al niño antes de
nacer. Nace la criatura y luego hay muchas formas de violencia que afectan
y matan. Ante la violencia, cuando el hombre ha sido víctima
de ella, va guardando en su corazón desprecios, amargura, resentimiento
y violencia.
Esto
nos enseña nuestros límites. Con frecuencia nuestra naturaleza
humana ha sido envilecida por el pecado. No queremos enseñar
nuestros defectos y ponemos protecciones. Hay también un anhelo
de paz, satisfacción. No han recibido el amor necesario, alguien
se los tiene que dar. Hay que devolverles su sentido de humanidad.
La familia es la clave para transformar el mundo y este proceso. Es
urgente que le devolvamos al hombre su dignidad y esto es a través
de la familia.
Se generan
temores por las diferencias, hombre y mujer, padres e hijos, entre hermanos.
La violencia no se reduce a lo físico, la hay verbal, indiferencia,
abandono, etc. Entonces se levanta un muro de protección para
evitar más heridas. Se quiere entrar en la intimidad del otro
agrediéndolo. Estas barrearas entonces son expresiones de heridas.
Necesitamos
un amigo, alguien que no me juzga, que no me abandona cuando ve mis
debilidades, que no me hiere más cuando me ve herido, que ve
mis posibilidades y limitaciones.
La solución
a la violencia viene pues de la amistad. Toda educación se basa
en la comunión. Hay diferencia entre corregir (con amor) y regañar
(con enojo y agresión). En la comunión el hombre y la
mujer se vuelve vulnerable porque en la comunión cada quien se
deja tocar por el otro (Dios se dejó tocar en Cristo y se hizo
vulnerable hasta la muerte). La comunión se fundamenta en una
confianza mutua.
La comunión
se manifiesta en primer lugar en el amor del padre y la madre a su hijo.
Se revela a través del tacto, al caricia, la mirada. La comunión
comienza inclinándose, bajando hacia el otro, hacia el niño.
El niño que no tiene amor sabe que está en peligro y realmente
lo está. Muchas veces el lenguaje más importante es el
lenguaje no verbal. Entre adultos el verbal interviene para dar más
fuerza al no verbal.
Ordinariamente
la agresividad en la familia comienza en el matrimonio. La pastoral
familiar entonces tiene que poder retroalimentar la vida de la pareja,
su relación desde que se casa, a través de parroquias,
movimientos, etc.
Hay falsas
comuniones que provocan situaciones malsanas que provocan dependencia,
se da cuando la persona más fuerte o consciente seduce a la menos
fuerte. La verdadera comunión se da para que el otro sea otro,
es un don del corazón: familia sé lo que eres. No puede
serlo si no tiene el don del amor y la libertad. No se puede dar el
don de la comunión entre los hijos si no se da entre ellos; antes
que dárselo a los hijos tienen que dársela mutuamente,
estar el uno con el otro en la comunión. El otro se convierte
en una instrumento de Dios, una revelación de Dios.
Darle
cariño a una persona agredida, débil, herida es darle
mi presencia, mi cariño, cuando el otro me acepta, necesitamos
que nos miren como seres humanos, con confianza y con ternura. Cuando
hay comunión la persona se sabe amada y por tanto se sabe alguien,
sube su autoestima.
Cuando
un niño se siente protegido, todo su ser está unificado,
vive en comunión está en paz. Los mismos agresores tienen
necesidad de paz pero no saben cómo. Cuando descubre el amor
está tranquilo. Pero si se descubre que alguien no lo quiere,
siente vergüenza y culpabilidad que se traduce en un deseo de venganza.
Consecuencias
de la violencia: La comunión asfixiante o manipulación
excesiva. La infidelidad como un amor engañoso. La agresión
sexual. El miedo a amar. La dificultad en la relación con los
demás que comienza con los matrimonios, se es incapaz de valorar
al otro como persona y se les ve como objeto.
Estar
en comunión es hacerse vulnerable ante los demás. El camino
de la curación interior consiste en conocerse, entrar en uno
mismo sin hundirse, sin dejarse invadir por sentimientos de culpabilidad.
La pastoral familiar tiene que ayudar a los demás a creer en
sí mismos como esposos, padres, hermanos, personas. Así
se puede llegar a conocer vivencialmente al Dios amor. La paz es pues
el fruto de la comunión de la oferta de lo más grande
que tenemos que es Dios. La paz no es sólo ausencia de guerra.
Es la plenitud de la familia. El desarrollo es el nuevo nombre de la
paz: el desarrollo de la persona, de los esposos, de los hijos, de los
pueblos.
