LECTOR
DIRECTOR (Todos de rodillas)
Esta
noche nos hemos reunido para adorar y desagraviar a Nuestro Divino Rey
Sacramentado, ambicionando crecer en nuestro amor a su Divina Persona.
Deseamos preparar nuestras almas para recibirlo santa y dignamente el
VIERNES PRIMERO, recordando LA GRAN PROMESA que el SAGRADO CORAZÓN
DE JESÚS le hizo a Santa Margarita María Alacoque, cuando
le dijo: "TE PROMETO, EN LA EXCESIVA MISERICORDIA DE MI CORAZÓN,
QUE SU AMOR OMNIPOTENTE DARÁ A TODOS LOS QUE COMULGUEN NUEVE
VIERNES PRIMEROS DE MES SEGUIDOS, LA GRACIA DE LA PENITENCIA FINAL.
NO MORIRÁN EN MI DESGRACIA Y SIN HABER RECIBIDO LOS SACRAMENTOS;
MI DIVINO CORAZÓN SERA SU ASILO SEGURO EN LOS ÚLTIMOS
MOMENTOS."
Con la
confianza en sus palabras, iniciamos esta HORA SANTA
TODOS
JUNTOS
Te adoramos,
Jesús Sacramentado, te bendecimos y te damos gracias porque tu
Corazón Divino está redimiendo al mundo. Sálvanos
como se lo prometiste a tu sierva Margarita María; sálvanos,
te rogamos, por el amor de tu Madre Inmaculada. Te pedimos hoy una luz
especial para conocer tu Divino Corazón y gracia para amarle
y darle gloria.
LECTOR
VOZ DE JESÚS (Todos sentados)
Ustedes
no me han elegido a Mí, Yo los he predestinado y los he seleccionado
entre millares para venir hoy conmigo en esta HORA SANTA y sublime de
intimidad conmigo; de las confidencias, de las ternuras y de las gracias
que les tengo reservadas en mi lastimado Corazón.
Acérquense,
tiéndanme sus brazos, arránquenme las espinas, bríndenme
consuelos; estoy desfallecido de amor y de amargura, acérquense
conmigo. ¡Los he amado tanto!
Si están
ustedes aquí, en esta cena deliciosa de mi caridad, sintiendo
los ardores de mi
Corazón, es porque los he preferido gratuitamente. Ustedes sí
que son míos. Vengan pues y coman conmigo, a la sombra de Getsemaní,
el pan de mis dolores.
Necesito
desahogar mi alma con ustedes, porque en ella hay tristezas que los
ángeles no conocen y lágrimas que no corren en el cielo.
Siento ansias de hablarles en confidencia dolorosa, íntimamente.
Si no pueden penetrar todo el abismo de mis congojas, no importa; ustedes
llevan como Yo, una fibra que solloza, y que herida por la tempestad,
gime con angustia. Los ángeles vienen a sostenerme en este huerto
de la agonía; pero ustedes están más cerca que
ellos, del mar de mis quebrantos; ustedes pueden beber mis lágrimas,
pueden endulzarlas, sufriendo mi pasión y mis dolores. Apártense
hoy del mundo, dejen sus mentiras y el recuerdo de sus amoríos;
y aquí, a mis plantas, conduélanse con el Dios encarcelado,
que quiere participarles su amor doliente, su amor crucificado. Ese
amor que, estremecido de agonía, dio la paz y dio la vida al
mundo.
TODOS
JUNTOS
¡Señor,
haz que veamos! Danos la luz para saborear la hiel de tus tristezas
infinitas; concédenos el favor de penetrar con viva fe en tu
alma dolorida. Divino Agonizante, sé benigno con nosotros. Aunque
somos pecadores, pon en ésta HORA SANTA, el cáliz de Getsemaní
en nuestros labios; danos de beber en tu Corazón. ¡Tenemos
sed de Ti, Jesús-Eucaristía!
LECTOR
VOZ DE JESÚS
Ustedes
me conocen, hijos míos, porque escuchan mis palabras de vida
eterna; y al conocerme a Mí, conocen a mi Padre, pues Yo soy
el camino que a Él conduce. Pero piensen que hay millones de
sus hermanos, creados para adorarme, redimidos para bendecirme, que
levantan contra el cielo este grito de blasfemia... ¡DIOS NO EXISTE!
Hasta mi trono de paz, hasta ese altar de mansedumbre, llega ese grito
airado, eco de la rebeldía de Luzbel. Esos mismos que me niegan
viven de mi aliento y se agitan en el mar de mi bondad, y, sin embargo,
me rechazan de palabras y con sus obras,
Yo, solo
Yo, no existo para ellos. Mi nombre les perturba, mi yugo suave les
aterra, mi Calvario les irrita. ¡Todos ellos me blasfeman!
¡Y
ellos buscan la paz! ¿Qué paz puede sentir el que no adora,
el que no espera, el que no me ama a Mí, que soy la Vida? y con
que tranquilidad prescinden de mi persona en todo, absolutamente en
todo lo grande y lo pequeño de su vida. Yo no tengo parte en
la ternura de sus madres, en el desvelo de sus padres, ni en el cariño
de los hijos. Se me excluye en absoluto de la alegría del hogar.
No se me llama ni por un recuerdo vago, en sus duelos, al abrirse alguna
tumba crudelísima. En sus empresas, en sus proyectos, en tantas
incertidumbres y desgracias me tienen relegado al más completo
olvido. ¿Lo pueden creer ustedes, almas tan amadas de mi Sagrado
Corazón?
Yo, Creador
y Redentor, no tengo en millares de almas la parte que en su corazón
y pensamiento, tienen los servidores, las avecillas y las flores de
sus casas. ¡Así me paga el mundo el haberme entregado por
su amor, a la muerte, más que de Cruz, de Eucaristía!
LECTOR
DIRECTOR (Todos de rodillas)
Recemos
en voz alta, con fe ardorosa, un Credo, en reparación solemne,
por esa negación de Dios y de Jesucristo, en que viven tantos
infelices descreídos.
TODOS
JUNTOS (Pausadamente, sin adelantarse ni atrasarse)
Creo
en Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra; creo en
Jesucristo, su único Hijo, que fue concebido por obra y gracia
del Espíritu Santo; nació de Santa María Virgen,
padeció bajo el poder de Poncio Pilato; fue crucificado, muerto
y sepultado; descendió a los infiernos; al tercer día
resucitó de entre los muertos; subió a los cielos y está
sentado a la diestra de Dios Padre; desde allí ha de venir a
juzgar a los vivos y a los muertos.
Creo
en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Católica, la comunión
de los Santos, el perdón de los pecados, la resurrección
de los muertos y la vida eterna. Amén
LECTOR
VOZ DE JESÚS
Desde
hace siglos llevo el Corazón doliente y anegado en lágrimas
¡Cuantas
almas, cuyo precio fue mi sangre, se han condenado!
Eran
destinadas a abrasarse en las llamas de mi amor y han caído,
por millares, al abismo de otras llamas de castigo y vengadoras. ¡Y
son las mías! Óiganlas; están maldiciendo, desde
lo profundo de su infierno, mi cuna de Belén, mi pobreza, mi
primera llamada a los humanos. Maldicen mi cruz, marcada con sangre
en su conciencia. Maldicen mi Iglesia, que les ofreció los tesoros
de la redención. Maldicen mi Eucaristía, desdeñada
por ellos, que hubieran vivido eternamente, si se hubieran alimentado
con el pan de la inmortalidad de mi Corazón Sacramentado. ¡Cuántos
de esos réprobos estuvieron alguna y muchas veces, como están
ustedes, a mis plantas. ¡Y sin embargo, se perdieron! Los llamé,
corrí tras ellos, los estreché en mis brazos, pero rompieron
todas mis cadenas; eligieron gozar por un instante y después
llorar con llanto eterno. Y ahora maldicen con eterna maldición.
¡Y fueron míos! ¡Cómo laceró, en Getsemaní,
mi alma, esa sentencia de reprobación irrevocable! ¡Y fueron
míos todos! Mías fueron esas legiones incontables de condenados
al suplicio de una cólera infinita.
¡Los
tuve aquí, sobre mi pecho, al borde del abismo de mi amante Corazón!
Y me los arrebató otro abismo, para siempre. Y ahora son lágrimas
arrancadas para siempre de mis ojos. Criaturas despedidas para siempre
de mi reino, hijos desechados, por los siglos de los siglos, del hogar
del cielo. Tras ellos se han cerrado las puertas de un infierno. Y mi
Corazón herido, ha quedado abierto por la fuerza de esa angustia
inenarrable; para que ustedes, que me aman, tengan en el una vida superabundante,
un cielo, una vida eterna.
TODOS
JUNTOS
Besamos
tus manos atravesadas por los clavos. Jesús, Y por tu agonía
del Huerto de los
Olivos, libra a los consoladores de tu Corazón, de las llamas
del infierno.
Besamos
tus pies despedazados, Jesús- Y por tu agonía del Huerto
de los Olivos, libra a los amigos de tu Corazón de una reprobación
eterna.
Besamos
tu costado abierto, Jesús. Y por tu agonía del Huerto
de los Olivos, libra a los
apóstoles de tu Corazón, del suplicio de maldecirte eternamente.