Toda la vida de
Cristo se realizó en el Espíritu Santo. San Basilio afirma
que el Espíritu fue su compañero inesperable en todo.
Al celebrar esta Pascua es conveniente que volvamos a reflexionar sobre
el regalo del Espíritu Santo que el Hijo nos hace en la hora
suprema de la Redención, de su Muerte y Resurrección.
La
presencia del Espíritu Santo esta presnte en el momento de la
muerte de Jesús, se supone ya, por el simple hecho de que en
la cruz muere en su naturaleza humana el Hijo de Dios. Si, es decir,
quien sufrió es una Persona de la Trinidad, en su pasión
se halla presente toda la Trinidad y, por consiguiente, también
el Padre y el Espíritu Santo.
Ahora bien, debemos preguntarnos: ¿cuál fue precisamente
el papel del Espíritu en la hora suprema de Jesús? Sólo
se puede responder a esta pregunta si se comprende el Misterio de la
Redención como Misterio de Amor.
El
pecado, que es rebelión de la criatura frente al Creador, había
interrumpido el diálogo de amor entre Dios y sus hijos.
Con
la encarnación del Hijo unigénito, Dios manifiesta a la
humanidad pecadora su amor fiel y apasionado, hasta el punto de hacerse
débil y vulnerable en Jesús. El pecado, por su parte,
expresa en el Gólgota su naturaleza de -atentado contra Dios-,
de forma que cada vez que los hombres vuelven a pecar gravemente, como
dice la carta a los Hebreos, -crucifican por su parte de nuevo al Hijo
de Dios y le exponen a pública infamia. (Heb 6,6)
Al
entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios nos revela que su designio
de amor precede a todos nuestros méritos y supera abundantemente
cualquier infidelidad nuestra. -En esto consiste el amor: no en que
nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó
y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados-
(Jn 4, 10).
La
pasión y muerte de Jesús es un misterio inefable de amor,
en el que se hallan implicadas las tres Personas divinas. El Padre tiene
la iniciativa absoluta y gratuita: es el quien ama primero y, al entregar
a su Hijo a nuestras manos homicidas, expone su bien más querido.
Él, como dice san Pablo, -no perdonó a su propio Hijo-
es decir no lo conservó para sí como un tesoro, antes
bien -lo entregó por todos nosotros- (Rm 8,32).
El
Hijo comparte plenamente el amor del Padre y su proyecto de salvación:
-se entregó a sí mismo por nuestros pecados, según
la voluntad de nuestro Dios y Padre- (Gal 1,4).
La
carta de los Hebreos, desarrollando la imagen del sacrificio, precisa
que Jesús se ofreció -con un Espíritu eterno- (Heb
9,14) En la encíclica Dominum et vivificantem se explica que
en ese pasaje -Espíritu eterno- se refiere precisamente al Espíritu
Santo: como el fuego consumaba las víctimas de los antiguos sacrificios
rituales, así también -el Espíritu Santo actuó
de manera especial en la autodonación absoluta del Hijo del hombre,
para transformar el sufrimiento en amor redentor- (n. 40) -El Espíritu
Santo, como amor y don, desciende, en cierto modo, al centro mismo del
sacrificio, que se ofrece en la cruz. Refiriéndonos a la tradición
bíblica, podemos decir: él consuma este sacrificio con
el fuego del amor, que une al Hijo con el Padre en la comunión
trinitaria. Y, dado que el sacrificio de la cruz es un acto propio de
Cristo, también en este sacrificio él "recibe"
el Espíritu Santo (n. 41).
Con
corazón, en la liturgia, el sacerdote, antes de la comunión,
ora con estas significativas palabras: -Señor Jesucristo, Hijo
de Dios vivo, que, por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu
Santo, diste con tu muerte la vida al mundo...-
La
historia de Jesús no acaba con la muerte, sino que se abre a
la vida gloriosa de la Pascua. -Por su resurrección de entre
los muertos, Jesucristo nuestro Señor fue constituido Hijo de
Dios con poder según el Espíritu de santidad- (cf. Rm
1 4)
La
Resurrección es la culminación de la Encarnación,
y también ella, como la venida del Hijo en el mundo, se realiza
-por obra del -Espíritu Santo-.
-Nosotros,
afirma san Pablo os anunciamos la buena nueva de que la promesa hecha
a los padres Dios la ha cumplido en nosotros los hijos, al resucitar
a Jesús, como está escrito en los almos: "Hijo mío
eres tú; yo te he engendrado hoy"- (Hch 13, 32-33).
El
don del Espíritu que el Hijo recibe en plenitud la mañana
de Pascua es derramado por él en gran abundancia sobre la Iglesia.
A sus discípulos, reunidos en el cenáculo, Jesús
les dice: -reciban al Espíritu Santo- (Jn 20, 22) y lo da -a
través de las heridas de su crucifixión: "Les mostró
las manos y el costado- (Dominum et vivificantem, 24). La misión
salvífica de Jesús se resume y se cumple en la donación
del Espíritu Santo a los hombres, para llevarlos nuevamente al
Padre.
Si
la gran obra del Espíritu Santo es la Pascua del Señor
Jesús, misterio de sufrimiento y de gloria, también los
discípulos de Cristo, que somos nosotros, por el don del Espíritu,
podemos sufrir con amor y convertir la cruz en el camino a la luz. El
Espíritu del Hijo nos da la gracia de tener los mismos sentimientos
de Cristo y amar como él amó, hasta dar la vida por los
hermanos: -El dio su vida por nosotros, y también nosotros debemos
dar la vida por nuestros hermanos- (1 Jn 3, 16).
