1.
RITOS DE INTRODUCCION O
RITOS DE ENTRADA:
Generalidades
Este rito abarca desde que iniciamos el canto que acompaña
la llegada del sacerdote, hasta que nos sentamos para escuchar las lecturas.
Comprende
pues:
-El
saludo del sacerdote al altar y al pueblo
-La antífona o canto de entrada
-El acto penitencial (La confesión de los pecados)
-"Señor, ten piedad de nosotros"
-Gloria y
-Oración llamada colecta ("Oremos juntos")
La
Celebración Eucarística propiamente tal está constituida
por la plegaria eucarística o canon y la comunión. Todo
lo demás se ha ido añadiendo para mejor preparar y vivir
esa parte.
Junto
a la liturgia eucarística, tiene gran importancia y consistencia
la Liturgia de la Palabra. De hecho, constituyen ya un solo acto litúrgico.
Y
preparación para esas dos partes es el rito de entrada.
Hasta
el siglo V no existía rito de entrada. Se comenzaba directamente
con las lecturas. Se formó en Roma al querer dar solemnidad a
la entrada del Papa, con acompañamiento de canto, procesión,
etc.
La
finalidad de esta parte es constituirnos o hacernos sentir asamblea
y disponernos a oír la palabra de Dios y a celebrar la Eucaristía.
Además
de las oraciones de este rito, nos pueden introducir en el espíritu
adecuado los objetos o actos previos:
-El
altar, cubierto con un mantel, nos habla de la mesa para comida y juntamente
con la cruz, de sacrificio,
-Las
velas nos sugieren la luz de la fe, y ante todo, nos hablan de Cristo,
luz del mundo.
-El
beso que da el sacerdote al altar quiere expresar amor y veneración
a Cristo, al que el altar representa. Cosa similar, el incienso con
el que se le honra; aunque también tiene sentido de
purificación.
-Las
vestiduras manifiestan la diversidad de ministerios y contribuyen al
decoro de la acción sagrada.
Esos
elementos, junto con las flores, que puede haber, expresan que estamos
de fiesta.
Nuestra
reunión es festiva, alegre, porque en ella reavivamos el sentido
de nuestra vida y, ante todo, porque Cristo está entre nosotros.
El
campo y la oración colecta son los elementos mas importantes
de este rito.
EL
SALUDO DEL SACERDOTE
AL ALTAR Y AL PUEBLO
La Misa comienza con la entrada del sacerdote al santuario. Es la entrada
del sacerdote lo que transforma este conglomerado de individuos en una
asamblea santa, litúrgica en un cuerpo que va a celebrar orgánicamente
el sacrificio. Los fieles se ponen de pie a la entrada del sacerdote,
en ese momento toman conciencia de su unidad.
El
sacerdote representa ese papel de catalizador, porque por él,
Cristo está presente.
Su
función es la de vincular a Cristo con el pueblo.
Saluda
primero al altar por una inclinación, el altar representa a Cristo;
de una manera estática Cristo "es la parte", Cristo
es el pueblo de conjunción, el umbral entre la tierra y el cielo.
El
altar es donde la humanidad se encuentra con Dios para el sacrificio;
nos une a Dios en una santa comunión.
Al
terminar el canto de la antífona de entrada, el sacerdote y el
pueblo se persigna. El sacerdote dice: "En el nombre del Padre
y del Hijo y del Espíritu Santo". El pueblo responde: "Amén".
No es sólo una invocación a la Santísima Trinidad.
Es, también, un recuerdo de nuestro bautismo (el bautismo nos
ha consagrado a su gloria y nos ha introducido en su sociedad íntima).
Si podemos celebrar la Misa con el sacerdote, es porque estamos bautizados.
Luego,
el sacerdote saluda al pueblo. Puede decir: "El Señor esté
con vosotros".
El
sacerdote reconoce que tiene delante a un pueblo santo, reunido en nombre
de Cristo y en el que Cristo está presente. El pueblo responde
de nuevo: "Y con tu espíritu".
El
saludo más desarrollado tiene la ventaja de evocar explícitamente
las Tres Personas de la Sma. Trinidad. La Misa es un acto de estructura
trinitaria: se ofrece a la gloria del Padre, por la mediación
sacerdotal de Cristo en el Espíritu Santo.
LA
ANTIFONA Y EL CANTO DE ENTRADA
La Misa es una, en cierto modo la Misa es siempre igual, no hace más
que hacer presente el único sacrificio de Cristo. Lo hace presente
para hombres que viven en distintas épocas, que cambian: para
una Iglesia que sigue viviendo, desarrollándose, que sin cesar
vuelve a pasar por las diversas etapas de la historia de la salvación.
La
primera parte de cada Misa es el canto que acompaña la entrada
del sacerdote, pues la Misa no es un funeral: es una fiesta, una solemnidad
alegre y lírica. Por lo tanto el canto manifiesta esa alegría,
al tiempo que fomenta la unión entre todos y eleva los pensamientos
al misterio que vamos a celebrar. El canto de entrada normalmente es
un salmo elegido por su adaptación a la fiesta o al tiempo. Su
parte más característica es la antífona. Esta puede
ser parte del salmo mismo, pero tam bién puede ser sacada de
otro libro bíblico.
A
menudo sucede que se debe celebrar la Misa en una forma simplificada,
o que no hay un coro suficientemente ejercitado para poder cantar las
partes variables, aun si se cantan las partes del ordinario (sin embargo,
se puede cantar un canto de entrada común a una serie de Domingos,
o también un canto de sustitución más conocido,
más popular, pero adaptado).
En
este caso la antífona de entrada ya no puede hacer de estribillo.
No conviene leer el salmo, hecho para ser cantado. En este caso sencillamente
se leerá la antífona sola, por su contenido y su valor
sugestivo. El sacerdote podrá después comentarla muy brevemente,
para introducir a la asamblea en forma directa y vivificante, dentro
del espíritu de la celebración que comienza.
ACTO PENITENCIAL
Al acercarse a Dios, el hombre siente la necesidad de purificarse. A
veces esa necesidad se expresa, no sólo con palabras, sino con
gestos: inclinación, ponerse de rodillas, incluso por tierra,
como Cristo en el Huerto de los Olivos, darse golpes de pecho, etc.
El
acto de reconocer los propios pecados implica ponerse en situación
de verdad ante Dios. Muchas veces vivimos engañados y hasta prácticamente
pretendemos engañar a Dios, no explícitamente pero sí
por nuestro proceder poco claro.
En
primer lugar, el presidente de la asamblea con una frase, nos recuerda,
que todos somos pecadores, y nos invita a tomar conciencia de nuestras
faltas para que nos arrepintamos de ellas y pidamos perdón.
Durante
el silencio que sigue, cada uno se examina.
Este
silencio (el primero que nos ofrece la posibindad de una oración
profunda y personal en el curso mismo de la celebración no es,
por lo tanto, un silencio para la evasión individual), debe ser
suficientemente largo para permitir una profunda toma de conciencia.
Pero no debe prolongarse como si se debiera en ese momento proceder
a un examen detallado.
Enseguida
sigue la confesión común: juntos "confesamos"
(es decir, proclamamos) que somos pecadores ante Dios. Como el pecado
no es solamente una ofensa personal sino también una falta contra
la comunidad, nos proclamamos también pecadores ante la Iglesia
de la tierra: "ante vosotros, hermanos". El sacerdote, que
es pecador como los fieles, hace su confesión con toda la asamblea.
Así la confesión evita el diálogo que antiguamente
la entorpecía y presenta un carácter más fraternal
y más comunitario, diciendo: "he pecado, mucho de pensamiento,
palabra, obra y omisión". Después de este franco
reconocimiento de nuestras miserias de pecadores, imploramos el perdón,
invocando la intercesión de los bienaventurados: "La Virgen
María, los Angeles y los santos" y también el perdón
de la Iglesia terrestre, que se beneficia ella misma de la "comunión
de los santos", aunque esté compuesta por pecadores: "Y
a vosotros hermanos"
Después
de esta confesión común el sacerdote pronuncia la oración
que implora el perdón de Dios: "Dios todopoderoso tenga
misericordia..." Es sólo una petición de perdón,
no una absolución propiamente dicha. La Misa no tiene que reemplazar
el sacramento de la penitencia, que se mantiene necesario para el perdón
de los pecados graves. Sin embargo, el acto penitencial, injertado en
la Misa, constituye un "sacramental" que quita los pecados
veniales, con la condición de que nos arrepintamos de ellos.
Este acto penitencial no tiene objeto, mas que el de provocar nuestro
arrepentimiento: por eso, es ciertamente eficaz para purificar nuestra
conciencia.
Concluido
este rito preparatorio, no se debe uno imaginar que la Misa no tiene
nada más que ver con el perdón de nuestras faltas. Al
contrario, ella es por entero un sacrificio por el pecado.
SEÑOR,
TEN PIEDAD
Señor, ten piedad es una expresión tan humana en la necesidad,
que lo vemos ya en el Antiguo Testamento en algunos salmos, luego en
el Evangelio, dirigido a Cristo por los dos ciegos de Jericó
(Mt 20, 30): Señor, ten piedad de nosotros.
En
los primeros siglos cristianos se ve algunas veces repetido sin cesar
como respuesta a una letanía de peticiones. En la Misa romana
fue introducido por San Gelasio en su deprecación, oración
semejante a nuestra "oración de los fieles", lo mismo
que ahora repetimos: Te rogamos, óyenos; o "escúchanos,
Señor", o el mismo Señor, ten piedad...
Luego,
en lugar de respuestas a una letanía de peticiones, San Gregorio
lo dejó en forma independiente.
Los
Apóstoles predicaron que Jesús es el Señor, es
decir, Dios. Por eso, el apelativo de Señor resonaba muy agradablemente
a los primeros cristianos.
Más
tarde se estructuró en forma de tres veces Señor, tres
veces Cristo y nuevamente tres veces Señor. Pero también
Señor se refiere a Cristo.
Su
sentido no es sólo de súplica, sino igualmente de aclamación.
Ten piedad es, indudablemente, petición. Pero decir a Cristo
Señor, es aclamarlo como Dios.
En
las piezas musicales que sobre esta letra se han compuesto, aparecen
los dos sentidos: unas veces la humilde súplica; otras la aclamación
o alabanza. Los compositores han desplegado magníficas piezas
polifónicas sobre estas breves frases dirigidas al que es nuestro
Cristo o Mesías o Ungido, y al mismo tiempo nuestro Señor
o Dios.
Nos
gozamos de que sea tal y le pedimos humildemente nos tome de su mano.
GLORIA
El GLORIA es un bellísimo himno que conservamos desde los primeros
tiempos cristianos. Se lo llama doxología (alabanza) mayor, para
distinguirlo del Gloria Patri o doxología menor. Se usó
en los comienzos fuera de la misa como himno de la plegaria matutina.
Luego se fue introduciendo para Navidad, más tarde para Pascua,
luego para los domingos y finalmente para otros días también.
Tiempo hubo en que estaba reservado a los obispos, por ser éstos
llamados en el Apocalipsis ángeles de las Iglesias y haber sido
iniciado el Gloria en la noche de Belén por los ángeles.
Su
contenido es magnífico: gloria a Dios y paz a los hombres. Tras
la introducción, que viene a ser un anuncio de gozo para el hombre,
una buena nueva, comprende una parte dirigida al Padre y otra al Hijo.
La
Parte dirigida al Padre es toda ella ascendente, de alabanza: "Te
alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias
por tu inmensa gloria". Dar gracias a Dios por su gloria es correctísimo
y expresión desinteresada de una religiosidad muy pura; es iniciar
la actitud perfecta de la gloria.
A
Cristo se le alaba, asimismo, aunque también se le pide que nos
escuche, que atienda nuestra súplica.
"Señor,
Hijo único, Jesucristo, Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo
del Padre. Tú que quitas el pecado del mundo..., tú que
estás sentado a la derecha del Padre... Tú sólo
eres santo, sólo tú Señor, sólo tú
Altísimo Jesucristo".
-Es
gozarnos, en forma similar, de que Cristo sea Dios y sea grande.
En
el gloria tenemos "El más bello, el más popular y
el más antiguo canto cristiano que ha llegado hasta nosotros".
Nos
ofrece una hermosa actitud en el momento de iniciar la celebración.
Acostumbrados
como estamos a un tipo de oración en el que la mayor parte la
dedicamos a la petición, a veces demasiado egoísta y casi
como entendiendo que Dios se ponga a nuestro servicio, resolviéndonos
los problemas, una oración de alabanza como el Gloria es oportunísima.
Por ser la alabanza la actitud más noble y la que antes que nada
debemos a Dios, al rezarla con auténtico espíritu, al
mismo tiempo nos educamos y cultivamos la actitud fundamental que hemos
de tener ante Dios.
LA ORACION COLECTA
Los ritos de iniciación, se concluyen rezando la primera oración
llamada colecta.
Contiene
generalmente cuatro elementos:
a)
Una invocación a Dios, en la que le damos algún título
significativo: Padre, Señor, Dios misericordioso, eterno, etc.
b)
Una cláusula o frase en la que se alude el carácter propio
del día: nacimiento de Cristo, Resurrección, Asunción,
etc. El hecho de recordarlo es ya una glorificación y alabanza.
Estas frases son doctrinalmente muy ricas, y por ellas se dice que las
colectas son el "dogma orado". En pocas ocasiones carecen
de la cláusula.
c)
La petición. Esta oración es siempre de petición.
Son peticiones de tipo bastante general y no muy variado: piden lo esencial,
lo que conviene a la situación de todos.
d)
La conclusión, que es siempre larga, de carácter trinitario.
Entendiendo
la oración en su sentido más extenso, como una elevación
del alma hacia Dios, sería bien sorprendente que desde el comienzo
de la Misa no hayamos todavía rezado. Efectivamente, se puede
decir que no hemos hecho otra cosa: la antífona de entrada nos
ofreció un motivo de oración que pudo desarrollarse y
enriquecerse con el salmo; en el acto penitencial, hemos rogado a Dios
que nos conceda el perdón de nuestras faltas; "Señor,
ten piedad de nosotros" y "Gloria a Dios", alternaron
la súplica, el reconocimiento de la gloria divina y la acción
de gracias. Lo que sigue de la Misa constará de numerosas oraciones.
Se puede decir que toda la Misa es una oración, la gran oración
de la Iglesia. Todo esto no impide que haya momentos en la Misa durante
los cuales la oración se manifiesta de un modo más especial
y más oficial. Es el caso de las oraciones. Esta palabra viene
del latín oratio, que quiere decir discurso.
Se
trata, de una oración expresada solamente por el sacerdote en
nombre de todos; la invitación a la oración seguida de
un silencio.
"Oremos",
es un vocablo bien pequeño, que arriesga pasar desapercibido.
"Oremos" tiene mucho más peso. En primer lugar porque
orar es una actividad difícil, que exige energía de nuestra
persona. Es un plural que supone todo el misterio del pueblo de Dios,
de su sacerdocio y del sacerdocio de sus ministros. El sacerdote invita
a los otros fieles a ejercer su sacerdocio bautismal por la oración.
Su papel de ministro al servicio de la comunidad, no sólo le
permite proferir esta invitación, sino también recoger
todas las oraciones individuales, para presentarlas al Padre en un sólo
ramo. El término de "colecta", evoca sin duda, la función
del sacerdote: de "recolectar" las peticiones individuales
en una sola oración que se convierte en la de la Iglesia.
Pero
es indispensable, para que esta reunión de oraciones tenga un
contenido real, dejar a cada uno el tiempo necesario para formular sus
peticiones. Si el tiempo de silencio es demasiado reducido y prácticamente
suprimido, el "Oremos" pierde su sentido.
Es
aquí, desde luego, donde se ejerce "la participación
activa" de los fieles, que traen a la Misa sus penas, sus preocupaciones,
sus ambiciones familiares, profesionales, apostólicas. Sin esto,
el sacerdote no ofrece a Dios más que una fórmula majestuosa,
pero vacía.
