-Antes de despedirnos, la
Iglesia dispone que el presidente pronuncie sobre la asamblea una bendición,
que es una súplica a Dios para que permanezcamos en su amor.
A veces lo hace con algunas fórmulas un poco más largas.
-Luego
viene la despedida propiamente tal: "Podéis ir en paz".
De esta expresión -"Ite, missa est"- quedó precisamente
el nombre para toda la celebración, detalle ciertamente curioso.
Es un
envío que, aparte de disolver la asamblea con esa licencia para
irse, incluye el deseo de que llevemos a la vida el misterio que hemos
celebrado. Viene a ser como misión apostólica.
De hecho,
quien vive convenientemente las celebraciones litúrgicas cuando
sale de ellas en alguna forma traduce el efecto de las mis mas. Si hemos
experimentado el gozo de ala bar a Dios y de sentirnos unidos a Cristo,
nuestra alegría será un buen mensaje para quienes viven
separados de las prácticas religiosas.
Quien
sale de la Eucaristía no puede sentir o no debe sentir un simple:
"ya he cumplido". De celebración en celebración
ha de ir aumentado en alegría yen irradiación cristiana.
-En casi
todas las liturgias la despedida encierra un deseo de paz. Paz no es
simplemente tranquilidad, sino plenitud de vida, no agobiada por temores
ni luchas. Así se puede "agarrar la vida a manos llenas".
-Nuestra
última respuesta es hermosa: Demos gracias a Dios.
-El presidente
y ministros se despiden del altar con un beso, como un beso lo saludaron
al llegar. El altar representa a Cristo. Con este gesto, como con tantos
otros, la Iglesia manifiesta su sentir y nos habla.
