DIALOGO
INICIAL
Para
introducir la plegaria eucarística, también llamada anáfora
o canon, desarrollamos un diálogo, que indica la importancia
de la plegaria que sigue. Así se hace en todas las anáforas
desde la antigüedad.
El diálogo
expresa también la unión entre la asamblea y su presidente
al comenzar esta oración, que es de todos.
"EI
Señor esté con vosotros" es un saludo hebreo que
aparece varias veces en el Antiguo Testamento. Su momento más
trascendental corresponde a la escena de la Anunciación, cuando
el ángel dice a María: "El Señor está
contigo". Y Cristo nos aseguró:
"Sabed
que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo"
(Mt 28, 20).
La respuesta: "Y con tu Espíritu", es un modo hebreo
de hablar. Significa simplemente "y contigo".
"Levantemos
el corazón" equivale a lo que San Pablo recomienda: "Buscad
las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de
Dios. Aspirad a las cosas de arriba no a las de la tierra" (Col
3, 1-2). De ahí debió surgir la idea para ponerlo en este
diálogo, aunque también sale en las lamentaciones de Jeremías:
"Alcancemos nuestro corazón y nuestras manos al Dios que
está en los Cielos" (3, 41).
Varios
Padres antiguos lo han comentado con interés. Se nos invita a
levantar los corazones para que, al responder "levantados los tenemos
al Señor", quede advertido que no debeos pensar en otra
cosa que en el Señor, dice San Cipriano.
San Agustín
alude a menudo a esta expresión, que refleja, según él
indica, lo que debe ser la postura cristiana habitual: buscar lo de
arriba.
"Cuán
pocos pueden decir con toda verdad" la respuesta: Lo tenemos levantado
hacia el Señor, advierte San Cesáreo.
Esa expresión,
"arriba los corazones" sintetiza en cierta manera el sentido
de la plegaria eucarística completa.
Luego
se invita específicamente a la acción de gracias: "Demos
gracias al Señor, nuestro Dios". Era costumbre en la bendición
de la cena judía que el presidente invitara así a todos
a la acción de gracias, de modo que es muy probable que Jesús
lo hiciera, y de ahí deba venir su uso. Lo que celebramos es
precisamente la eucaristía o acción de gracias.
La respuesta:
"Es justo y necesario" viene a ser como un redoblado amén;
es el decidido asentimiento de la asamblea para realizar la acción
de gracias o bendición de Dios.
EL
PREFACIO
El Prefacio con su diálogo inicial sobre el canon
Prefacio
puede significar "hablar ante" o "hablar delante",
ya ante Dios, ya ante la asamblea. Pero más probablemente significa
"hablar antes", es decir, comienzo de la gran oración.
Existe
gran variedad de prefacios en la liturgia romana. Actualmente, ochenta
y dos. En otros tiempos ha habido unos 300. Luego se usaron cada vez
menos, hasta la reciente reforma, que los ha vuelto a ampliar. En esta
forma, se dan gracias a Dios por muy variados motivos, evitando la monotonía
y celebrando más ampliamente los diversos misterios o motivos
de acción de gracias.
Su comienzo
es siempre igual y su conclusión en varias formas muy parecidas.
En la
parte central se desarrolla el motivo típico de acción
de gracias.
Es justo
dar gracias o glorificar a Dios. En la actualidad más radicalmente
sana en el hombre, que conoce lo que es Dios y que ha recibido de El
la existencia y todos los demás bienes.
Pero,
al mismo tiempo, esa actividad es nuestra salvación. Los auténticos
deberes son saludables. Nada es mejor para el hombre que glorificar
a Dios. La felicidad no es algo separable de lo que el hombre tiene
que hacer como cosa esencial. En este mundo puede haber dichas transitorias
en divergencia del auténtico fin humano; en la situación
definitiva nuestra felicidad será glorificar a Dios y gozarnos
de su grandeza y felicidad; nuestro tormento será, si nos condenamos,
estar separados de El.
El prefacio
es la parte que mejor conserva el carácter de acción de
gracias que tenía la oración pronunciada en la Cena pascual
por el jefe de familia, y que pronunció Jesús.
En su
primera parte celebra la gloria de Dios en sí mismo, en la Trinidad.
Luego se dilata en su obra creadora y en la historia de salvación,
que culmina en Cristo.
San Pablo
recomienda a menudo ser agradecido y él comienza casi todas sus
cartas bendiciendo o dando gracias a Dios.
Es una
pieza lírica, muy sentida, casi un himno.
Magnífico
pórtico de la gran plegaria eucarística.
El SANTO
El magnífico prólogo del prefacio desemboca en el SANTO,
que viene a ser culmen de la alabanza-acción de gracias: todo
el pueblo se une al centro del presidente de la asamblea y parece que
sentimos unida toda la tierra, los cielos, los ángeles. Es grandioso.
En el
Antiguo Testamento sale ya en el salmo 117 y en Ezequiel: "Bendita
la gloria de Yahvé" (Ez 3, 12).
"Hosana
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!" (Ps 117,
25-26).
El Domingo
de Ramos la multitud aclamaba a Cristo: "Bendito el que viene en
nombre del Señor Hosana en las alturas!" (Mt 21, 9)
En una
de las bendiciones judías se decía y se dice aún:
"Santo,
santo, santo es el Señor del universo, llena está la tierra
de su gloria. Bendita sea la gloria del Señor desde Sión".
Canto
tan bello había de entrar muy pronto en el culto cristiano. En
él cantamos:
a) A
Dios en sí mismo, su santidad: Santo, santo...
b) Su
gloria, en la creación. Llenos están el cielo y la tierra...
c) A
Cristo: " Bendito el que viene en nombre del Señor"
.
Desde
antiguo se han asociado incluso los instrumentos.
Es realmente
hermoso tributar a Dios esta alabanza: gozarnos de que Dios sea Dios,
de que sea grande, santo...
Esto
no lo entiende el egoísta: el que asiste por cumplir. ¡Qué
pena si en nuestra asamblea hay quienes no se gozan de la grandeza de
Dios!
El canto
nos ayuda a expresar con corazón grande este gozo en alabar a
Dios, nuestro Padre, y a Cristo, nuestro hermano y salvador.
TRANSICION
Entre el Santo y la Epíclesis o invocación, todas las
anáforas tienen una transición.
En la
primera plegaria consta de numerosas oraciones, no bien ordenadas, con
recuerdo por los vivos Y por los difuntos, petición de que Dios
acepte nuestra ofrenda, etc.
En la
segunda es muy breve: "Santo eres, en verdad, Señor, fuente
de toda Santidad".
En la
tercera es un poco más larga: "Santo eres, en verdad, Señor,
y con razón te alaban todas tus criaturas, etc".
En la
cuarta es muy extensa, pues narra con gran belleza en forma sintética
toda la historia de la salvación, es decir, la historia del amor
a Dios que salva al hombre. Es una historia de miseria yde gloria, y
la recordamos para alabar a Dios por haberla realizado tan maravillosamente:
"Te
alabamos, Padre Santo, porque eres grande, porque hiciste todas las
cosas con sabiduría y amor. A imagen tuya creaste al hombre y
le encomendaste el universo entero."
Luego
va pasando por la caída. las promesas de salvación. el
envio al mundo del Hijo, que se encarnó por obra del Espíritu
Santo, nació de la Virgen. compartió nuestra condición,
nos anunció la salvación, se entregó a la muerte,
resucitó y nos envió al Espíritu Santo.
En las
anáforas orientales es típica esta narración de
la historia de la salvación. Nosotros sólo la tenemos
en ésta, que así es un lazo en el modo de orar con los
hermanos de Oriente. Nosotros tenemos, en cambio, la riqueza de los
numerosos prefacios, que van cantando con más detalle, según
los días o las ocasiones, las diferentes partes de esta historia.
En esta
historia seguimos el espíritu del prefacio y del santo, y llegamos
con naturalidad al fin o Cumbre de la vida de Cristo, si bien, antes
de narrar lo ocurrido en la Ultima Cena, intercalamos la llamada epíclesis
o súplica.
EPICLESIS
Al llegar, con la transición al momento cumbre de la Pasión-Resurrección
de Cristo, sobrecogida la Iglesia porque ahora no va a ser una simple
alabanza que dirija al Padre, sino que se va a realizar el gran misterio
o portento de la eucaristización de sus dones de pan y de vino,
invoca al Espíritu Santo, quien, decendiendo a María y
haciendo que permaneciera virgen, efectuó la encarnación
del Verbo.
Todas
la anáforas contienen esta epíclesis o invocación.
Es un elemento muy importante. No es la palabra del ministro la que
tiene fuerza para cambiar el pan y el vino. Creer eso sería magia.
Es la fuerza de Dios, es el Espíritu Santo, quien realiza la
transubstanciación. Tenemos una importante alusión a la
acción del Espíritu Santo, y así, referencia trinitaria
en la plegaria eucarística.
Hasta
tal punto es importante esta invocación, que los Orientales la
consideran como el momento en que las especies son transformadas. La
Iglesia Católica nos enseña que es en el momento de la
narración de la Cena cuando se realiza, pero la fuerza del Espíritu
Santo aquí invocado. No podemos hacer al mismo tiempo las dos
cosas, que van estrechamente unidas.
Con la
mayor naturalidad la Iglesia pide el enorme milagro:
- "Bendice
y acepta, oh Padre, esta ofrenda, haciéndola espiritual, para
que sea cuerpo y sangre de Tu Hijo amado, Jesucristo Nuestro Señor"
(I).
-"Santifica
estos dones con la efusión de Tu Espíritu, de manera que
sean para nosotros Cuerpo y Sangre de Jesucristo Nuestro Señor"
(II).
Cosas
tan maravillosas no admiten ponderación en el lenguaje. Así
sucede cuando se nos narran la Encarnación, la Crucifixión...
que serían para dejarnos pasmados. y lo mismo aquí al
pedir la transubstanciación, como luego al narrar la Cena.
A la
epíclesis acompaña el gesto de extender las manos sobre
las especies aún no consagradas. En Israel se hacía sobre
el macho cabrío al que simbólicamente se transferían
los pecados del pueblo y que luego era arrojado al desierto, como para
indicar que el pueblo quedaba libre de pecados. Aquí viene a
ser una epíclesis de gesto, que acompaña a la de palabra.
Quiere expresar que se invoca al Espíritu Santo para que venga
sobre esos dones y los transforme.
Más
adelante veremos otra epíclesis, llamada de comunión.
RELATO DE LA INSTITUCION
De esta bendición-acción de gracias hemos tomado el nombre
de Eucaristía para nuestra celebración. Por eso nuestra
plegaria es fundamentalmente ascendente, no de petición. Así
aparece al comienzo (prefacio), en este momento y al final de la doxología.
En estos
momentos, imaginemos a Cristo en el cenáculo y procuremos imitar
sus sentimientos de alabanza al Padre de los Cielos.
-En el
canon primero la Iglesia muestra su ternura hacia Cristo poniendo algunos
objetivos o expresiones al lado de las palabras del Evangelio: Tomó
pan en sus santas y venerables manos; elevando los ojos al cielo, hacia
ti, Dios suyo todopoderoso.
-Sin
duda que Jesús hizo ese gesto de elevar los ojos, aunque en la
Cena no se nos dice; si en otras ocasiones en que Jesús oró,
como en la primera multiplicación de los panes, ante la tumba
de Lázaro, etc.
-Las
nuevas anáforas son más sobrias. Hoy nos gusta más
el estilo llano, sin añadiduras.
Nuestra
piedad no ha de ser sensiblera, pero tampoco a de ser fría. Hemos
de sentir profunda estima y amor a Cristo, aunque en la expresión
hemos de ser serios, sobrios, no palabreros.
En este
momento tenemos la llamada elevación mayor. En realidad, ésta
es menos importante que la que veremos al final del canon. Tiene como
finalidad mostrar a todos los presentes la Sda. Hostia consagrada y
luego el cáliz, por simetría, aunque la preciosa Sangre
no se pueda ver.
Signo
de inmediata adoración es la genuflexión del sacerdote.
En algunas
ocaciones, se hace también con la incensación.
ACLAMACIONES POSCONSECRATORIAS
Tras la elevación, el sacerdote dice: "Este es el sacramento
de nuestra fe".
Sacramento
o misterio es una realidad espiritual oculta y manifestada al mismo
tiempo en elementos sensibles. Y este es el más profundo que
poseemos en nuestro culto.
La asamblea
canta o pronuncia ahora una aclamación en una de tres versiones:
Anunciamos
tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven Señor
Jesús!
Cada
vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos
tu muerte, Señor hasta que vuelvas.
Por tu
cruz y resurrección nos has salvado, Señor.
Nos apresuramos a aclamar a Cristo con un grito agradecido, al mismo
tiempo que expresamos el deseo de la unión con El.
El "¡Ven;
Señor Jesús!" puede ser una pura palabra sin sentido.
Los profetas
anhelaban su llegada. Los santos su poseción en la gloria, preferida
a la vida terrena. Y, también la llegada de su reino, la manifestación
de su triunfo.
La Iglesia
es peregrina. Hemos de vivir esta situación.Trabajemos en esta
tierra, pero no nos aferremos a ella. Cristo nos espera. Aquí
lo tenemos ya. Pero anhelamos -si tenemos amor- una manifestación
cara a cara.
Iglesia
peregrina. Quizá no sentimos mucho ésta nuestra situación.
Se ha
introducido la costumbre en casi todas las asambleas de repetir siempre
la primera de las aclamaciones. También las otras dos son muy
hermosas. Todas mencionan agradecidas la muerte (o cruz) de Cristo.
Y, haciendo
un paréntesis en la plegaria, que es dirigida al Padre, éstas
las dirigimos directamente a Cristo.
"¡Por
tu cruz y resurrección nos has salvado, Señor!" Equivale
a aquella expresión del Te Deum, reflejo de muchas expresiones
del Apocalipsis:!" Nos has redimido con tu sangre, Señor!
"
Muy bien
cae el canto en estas aclamaciones.
LA ANAMNESIS
"Haced esto en memoria mía", nos dijo el Señor.
Por eso
celebramos la Eucaristía, que es una anámnesis o memoria
del Señor.
El recuerdo
explícito que hacemos inmediatamente después de la consagración
y de las aclamaciones es llamado "anámnesis", palabra
griega, o memorial, para distinguirlo de un simple recuerdo o memoria.
El memorial
sacramental se diferencia de la memoria o recuerdo en que no sólo
evoca el acontecimiento pasado, sino que lo hace presente. He aquí
la gran riqueza de nuestras celebraciones. El Señor está
presente en ellas; realmente nos ponemos en contacto con los acontecimientos
salvadores realizados por Cristo. El se hace presente como está
en la gloria, en la que guarda las actitudes vividas a lo largo de su
vida terrena.
En este
momento que sigue a la narración de la Cena, lo recordamos explícitamente,
como diciéndole; "Sí, Señor, nos acordamos
de tu encargo".
Y recordamos
de modo particular algunos destacados misterios: siempre, la muerte
y resurrección de Cristo; en algunas anáforas, también
la ascención (I, III, IV), su descenso al lugar de los muertos
(IV), y evocamos la segunda venida, que esperamos (III, IV).
"Nosotros
tus siervos y todo tu pueblo santo, al celebrar el memorial de la pasión
gloriosa de Jesucristo, tu Hijo Nuestro Señor, de su santa resurrección
del lugar de los muertos y de su admirable ascensión a los Cielos"
(I).
"Al
celebrar el memorial de la muerte y resurrección de tu Hijo..."
"Al
celebrar ahora el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo,
de su admirable resurrección y ascensión al Cielo, mientras
esperamos su venida gloriosa..." (II).
"Al
celebrar ahora el memorial de nuestra redención, recordamos la
muerte de Cristo y de su descenso al lugar de los muertos, proclamamos
su resurrección y ascensión a tu derecha; V, mientras
esperamos su venida gloriosa (te ofrecemos)"... (IV).
"El
memorial es la esencia misma del culto cristiano"; la palabra de
la anámnesis es en la Iglesia la palabra más central,
puesto que lo que dice lo hace presente como nuestra propia salud, de
la manera más real e intensiva.
Con razon
alabamos y damos gracias a Dios (eucaristía), al recordar esta
realidad en el centro de nuestra celebración.
OFRECIMIENTO DE SACRIFICIO
Intimamente unido a la anámnesis o memoria, viene el ofrecimiento
del sacrificio. La frase del memorial no tiene sentido gramatical en
nuestras anáforas sino unida al ofrecimiento:
"Recordando
o al celebrar ahora el memorial de la muerte y resurrección de
tu Hijo, TE OFRECEMOS..."
"Te
ofrecemos, Dios de gloria y majestad, de los mismos dones que nos has
dado, el sacrificio puro, inmaculado y santo: pan de vida eterna y cáliz
de eterna salvación" (I).
"Te
ofrecemos, Padre, el pan de vida y el cáliz de salvación,
y te damos gracias, porque nos haces dignos de estar en tu presencia
celebrando esta liturgia (II). (Bella esta acción de gracias
porque podemos ofrecer o celebrar el culto).
"Te
ofrecemos en esta acción de gracias el sacrificio vivo y santo.
Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia y reconoce en ella,
la Víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu
amistad" (III) .
"Te
ofrecemos su Cuerpo y su Sangre, sacrificio agradable a Ti y salvación
para todo el mundo. Dirige tu mirada sobre esta Víctima que tú
mismo has preparado a tu Iglesia" (IV).
Decimos
que la Misa es un sacrificio. Ha aquí el momento en el que lo
ofrecemos. No es en el momento que solía llamarse "ofertorio"
cuando se ofrece el sacrificio; entonces simplemente se presentan pan,
vino y agua. Esos elementos no son nuestro sacrificio, hecho ya presente
para nosotros, lo ofrecemos al Padre.
Y lo
ofrecemos todos, aunque en voz alta sólo hable el sacerdote.
Habla en plural y todos decimos lo mismo en nuestro interior. Realizamos
aquí el principal acto de nuestro sacerdocio regio.
El sacrificio
es único. La Misa no multiplica los sacrificios, sino la presencia
del único, de Cristo, que está en actitud constante de
entrega al Padre.
Cada
misa es una nueva presencia de aquel sacrificio que Cristo está
ofreciendo, para que a El nos unamos quienes celebramos.
El sacrificio,
como sabemos, es un signo. Es signo de nuestro propio ofrecimiento a
Dios, a quien reconocemos Señor absoluto. Bien se manifiesta
en la oración que sigue en las plegarias III y IV:
"Que
El nos transforme en ofrenda permanente..."
"Concédenos
que seamos, en Cristo, víctima pura para tu alabanza".
EPICLESIS DE COMUNION U OBLACION
Antes
de la consagración vimos la epíclesis o invocación
para pedir que el Espíritu Santo bajara y realizara el gran portento
de la transubstanciación. Ahora tenemos una invocación
llamada de comunión porque pide que obtengamos los frutos que
son naturales a la recepción del cuerpo de Cristo.
Se da
por supuesto que quienes estamos celebrando la eucaristía, ofreciendo
el sacrificio, vamos a participar en él, vamos a comulgar. Lo
contrario es anormal, es no participar adecuadamente.
Aunque
se llama de comunión, también pide esta invocación
(excepto en nuestra II plegaria) que nuestro sacrificio sea aceptado:
"Dirige
tu mirada serena y bondadosa sobre esta ofrenda: acéptala como
aceptaste los dones del justo Abel, el sacrificio de Abrahan, nuestro
padre en la fe, y la oblación pura de tu sumo sacerdote Melquisedec.
Te pedimos
que esta ofrenda sea llevada a tu presencia..." (I).
"Dirige
tu mirada sobre esta ofrenda de tu Iglesia y reconoce en ella la Víctima
por cuya inmolación quisiste devolv9ínos tu amistad"
(III).
"Dirige
tu mirada sobre esta Víctima que tú mismo has preparado
a tu Iglesia" (IV).
Esa petición
la hacemos en cuanto nosotros ofrecemos, pues de por sí es agradable
al Padre, siendo el mismo Cristo lo ofrecido.
Los frutos
de comunión pedidos son:
"Que
cuantos recibimos el Cuerpo y Sangre de tu Hijo... tengamos también
parte en la plenitud de tu reino" (I).
"Que
el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos
del Cuerpo y Sangre de Cristo" (II).
"Que
formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu" (III).
"Que
seamos en Cristo víctima pura para tu alabanzas" (IV).
Ya se
ve lo que pide la Iglesia:
Unión
entre todos nosotros, los de la familia de Cristo; que vivamos para
Dios, como ofrendas agradables a sus ojos; tener un día parte
en la plenitud del reino; vivir para su alabanza.
Bien
nos enseña la Iglesia lo que vale la pena pedir; aquello a lo
que vale la pena aspirar.
INTERCESIONES
Y CONMEMORACIONES
DE LOS SANTOS
Entre
los elementos de la plegaria eucarística, las intercesiones y
conmemoración de los Santos son menos importantes que los otros
como el prefacio, el relato, la epíclesis, el memorial, el ofrecimiento,
la doxología; pero, salvo alguna rara excepción, nunca
faltan, y tiene un hermoso sentido: el sentido de comunión eclesial
o unión de todos cuantos pertenecemos al cuerpo de Cristo, al
pueblo de Dios.
Al orar
por el Papa, por los Obispos, por los demás fieles, por algunos
especialmente queridos..., por los difuntos, queremos verlos unidos
a nosotros en torno al altar; queremos que vivan esta vida de Cristo
que poseemos y apreciamos; o también que nosotros seamos asociados
con ellos a los que ya glorifican sin cesar al Padre de los cielos.
"A
nosotros pecadores... admítenos en la asamblea de los santos...
y acéptanos en su compañía, no por nuestros méritos,
sino conforme a tu bondad" (I).
"Con
María..., los apóstoles y cuantos vivieron en tu amistad,
a través de los tiempos, merezcamos por tu Hijo Jesucristo, compartir
la vida eterna y cantar tus alabanzas" (II).
"Que
gocemos de tu heredad junto con tus elegidos" (III).
"Padre
de bondad, que todos tus hijos nos resumamos en la heredad de tu reino,
con María, la Virgen Madre de Dios, con los apóstoles
y los santos; y allí, junto con toda la creación, libre
ya de pecado y de muerte, te glorifiquemos por Cristo, Señor
nuestro" (IV).
La asamblea
es anticipo de la reunión en la gloria, que ha de estar en nuestra
mente como ardiente deseo.
Los santos
son la gente que ha vivido sensatamente y los que han tomado en serio
a Dios y la vida.
Sean
los hermanos que se han adelantado y nos esperan.
Sintámonos
unidos a ellos, también a los difuntos por los que oramos, como
la gran familia de los hijos de Dios.
He aquí
la ambientación adecuada para celebrar el memorial del Señor.
DOXOLOGIA FINAL
Las plegarias eucarísticas concluyen con una estrofa de estricta
alabanza:
"Por
Cristo, con El y en El, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del
Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los
siglos. Amén".
Alabanza
Trinitaria: Por Cristo y en la unidad del Espíritu Santo, gloria
a las tres divinas personas.
Es un
magnífico colofón de la plegaria, cuya línea esencial
es, como vimos, ascendente: de glorificación.
La comenzamos
dando gracias (alabando); en su parte central vimos que bendiciendo
realizó Cristo el cambio del pan y el vino en su Cuerpo y en
su Sangre.
En seguida
hicimos el recuerdo (memorial) de sus misterios. Y, ofrecimos el sacrificio.
Ahora
la concluimos elevando el Cuerpo y la Sangre de Cristo en gesto de ofrecimiento
y de glorificación.
Esta
elevación es más importante que la otra: es decir con
un gesto lo mismo que decimos con palabras.
Aquí
se encierra magníficamente todo el sentido de la misa, de la
oración de la Iglesia y de nuestra vida: vivir para glorificar
a Dios por Cristo. Esa será nuestra gloria. En el cielo gozaremos
de que Dios es Dios, de que es grande, de que es bueno. Aquí
comenzamos esa actividad y ese gozo por el amor.
Un hijo
se alegra de la felicidad de sus padres; una madre goza con el bien
y la dicha de su hijo. El amor hace compartir los bienes. Así
nos sucede con Dios. Quien no le ama no lo entiende ni podrá
gozar del cielo. Quien le ama compartirá su dicha, la sentirá
como propia. La alabanza es entrar en esa línea.
El amén
del pueblo es la ratificación de toda la plegaria eucarística;
es una entusiasta adhesión a todo lo realizado y que ha dicho
sólo en voz alta el sacerdote, salvo el diálogo inicial,
el Santo y la aclamación posconsecratoria. Ha de ser un amén
vibrante, lleno. San Jerónimo nos dice que, en su tiempo, en
las basílicas de Roma retumba como un trueno.
La asamblea
ratifica con fuerza y entusiasmo la gran plegaria eucarística.
