b) PLEGARIA EUCARISTICA
 

 

DIALOGO INICIAL

Para introducir la plegaria eucarística, también llamada anáfora o canon, desarrollamos un diálogo, que indica la importancia de la plegaria que sigue. Así se hace en todas las anáforas desde la antigüedad.

El diálogo expresa también la unión entre la asamblea y su presidente al comenzar esta oración, que es de todos.

"EI Señor esté con vosotros" es un saludo hebreo que aparece varias veces en el Antiguo Testamento. Su momento más trascendental corresponde a la escena de la Anunciación, cuando el ángel dice a María: "El Señor está contigo". Y Cristo nos aseguró:

"Sabed que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20).
La respuesta: "Y con tu Espíritu", es un modo hebreo de hablar. Significa simplemente "y contigo".

"Levantemos el corazón" equivale a lo que San Pablo recomienda: "Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba no a las de la tierra" (Col 3, 1-2). De ahí debió surgir la idea para ponerlo en este diálogo, aunque también sale en las lamentaciones de Jeremías: "Alcancemos nuestro corazón y nuestras manos al Dios que está en los Cielos" (3, 41).

Varios Padres antiguos lo han comentado con interés. Se nos invita a levantar los corazones para que, al responder "levantados los tenemos al Señor", quede advertido que no debeos pensar en otra cosa que en el Señor, dice San Cipriano.

San Agustín alude a menudo a esta expresión, que refleja, según él indica, lo que debe ser la postura cristiana habitual: buscar lo de arriba.

"Cuán pocos pueden decir con toda verdad" la respuesta: Lo tenemos levantado hacia el Señor, advierte San Cesáreo.

Esa expresión, "arriba los corazones" sintetiza en cierta manera el sentido de la plegaria eucarística completa.

Luego se invita específicamente a la acción de gracias: "Demos gracias al Señor, nuestro Dios". Era costumbre en la bendición de la cena judía que el presidente invitara así a todos a la acción de gracias, de modo que es muy probable que Jesús lo hiciera, y de ahí deba venir su uso. Lo que celebramos es precisamente la eucaristía o acción de gracias.

La respuesta: "Es justo y necesario" viene a ser como un redoblado amén; es el decidido asentimiento de la asamblea para realizar la acción de gracias o bendición de Dios.

 

EL PREFACIO


El Prefacio con su diálogo inicial sobre el canon

Prefacio puede significar "hablar ante" o "hablar delante", ya ante Dios, ya ante la asamblea. Pero más probablemente significa "hablar antes", es decir, comienzo de la gran oración.

Existe gran variedad de prefacios en la liturgia romana. Actualmente, ochenta y dos. En otros tiempos ha habido unos 300. Luego se usaron cada vez menos, hasta la reciente reforma, que los ha vuelto a ampliar. En esta forma, se dan gracias a Dios por muy variados motivos, evitando la monotonía y celebrando más ampliamente los diversos misterios o motivos de acción de gracias.

Su comienzo es siempre igual y su conclusión en varias formas muy parecidas.

En la parte central se desarrolla el motivo típico de acción de gracias.

Es justo dar gracias o glorificar a Dios. En la actualidad más radicalmente sana en el hombre, que conoce lo que es Dios y que ha recibido de El la existencia y todos los demás bienes.

Pero, al mismo tiempo, esa actividad es nuestra salvación. Los auténticos deberes son saludables. Nada es mejor para el hombre que glorificar a Dios. La felicidad no es algo separable de lo que el hombre tiene que hacer como cosa esencial. En este mundo puede haber dichas transitorias en divergencia del auténtico fin humano; en la situación definitiva nuestra felicidad será glorificar a Dios y gozarnos de su grandeza y felicidad; nuestro tormento será, si nos condenamos, estar separados de El.

El prefacio es la parte que mejor conserva el carácter de acción de gracias que tenía la oración pronunciada en la Cena pascual por el jefe de familia, y que pronunció Jesús.

En su primera parte celebra la gloria de Dios en sí mismo, en la Trinidad. Luego se dilata en su obra creadora y en la historia de salvación, que culmina en Cristo.

San Pablo recomienda a menudo ser agradecido y él comienza casi todas sus cartas bendiciendo o dando gracias a Dios.

Es una pieza lírica, muy sentida, casi un himno.

Magnífico pórtico de la gran plegaria eucarística.


El SANTO


El magnífico prólogo del prefacio desemboca en el SANTO, que viene a ser culmen de la alabanza-acción de gracias: todo el pueblo se une al centro del presidente de la asamblea y parece que sentimos unida toda la tierra, los cielos, los ángeles. Es grandioso.

En el Antiguo Testamento sale ya en el salmo 117 y en Ezequiel: "Bendita la gloria de Yahvé" (Ez 3, 12).

"Hosana ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!" (Ps 117, 25-26).

El Domingo de Ramos la multitud aclamaba a Cristo: "Bendito el que viene en nombre del Señor Hosana en las alturas!" (Mt 21, 9)

En una de las bendiciones judías se decía y se dice aún:

"Santo, santo, santo es el Señor del universo, llena está la tierra de su gloria. Bendita sea la gloria del Señor desde Sión".

Canto tan bello había de entrar muy pronto en el culto cristiano. En él cantamos:

a) A Dios en sí mismo, su santidad: Santo, santo...

b) Su gloria, en la creación. Llenos están el cielo y la tierra...

c) A Cristo: " Bendito el que viene en nombre del Señor" .

Desde antiguo se han asociado incluso los instrumentos.

Es realmente hermoso tributar a Dios esta alabanza: gozarnos de que Dios sea Dios, de que sea grande, santo...

Esto no lo entiende el egoísta: el que asiste por cumplir. ¡Qué pena si en nuestra asamblea hay quienes no se gozan de la grandeza de Dios!

El canto nos ayuda a expresar con corazón grande este gozo en alabar a Dios, nuestro Padre, y a Cristo, nuestro hermano y salvador.


TRANSICION


Entre el Santo y la Epíclesis o invocación, todas las anáforas tienen una transición.

En la primera plegaria consta de numerosas oraciones, no bien ordenadas, con recuerdo por los vivos Y por los difuntos, petición de que Dios acepte nuestra ofrenda, etc.

En la segunda es muy breve: "Santo eres, en verdad, Señor, fuente de toda Santidad".

En la tercera es un poco más larga: "Santo eres, en verdad, Señor, y con razón te alaban todas tus criaturas, etc".

En la cuarta es muy extensa, pues narra con gran belleza en forma sintética toda la historia de la salvación, es decir, la historia del amor a Dios que salva al hombre. Es una historia de miseria yde gloria, y la recordamos para alabar a Dios por haberla realizado tan maravillosamente:

"Te alabamos, Padre Santo, porque eres grande, porque hiciste todas las cosas con sabiduría y amor. A imagen tuya creaste al hombre y le encomendaste el universo entero."

Luego va pasando por la caída. las promesas de salvación. el envio al mundo del Hijo, que se encarnó por obra del Espíritu Santo, nació de la Virgen. compartió nuestra condición, nos anunció la salvación, se entregó a la muerte, resucitó y nos envió al Espíritu Santo.

En las anáforas orientales es típica esta narración de la historia de la salvación. Nosotros sólo la tenemos en ésta, que así es un lazo en el modo de orar con los hermanos de Oriente. Nosotros tenemos, en cambio, la riqueza de los numerosos prefacios, que van cantando con más detalle, según los días o las ocasiones, las diferentes partes de esta historia.

En esta historia seguimos el espíritu del prefacio y del santo, y llegamos con naturalidad al fin o Cumbre de la vida de Cristo, si bien, antes de narrar lo ocurrido en la Ultima Cena, intercalamos la llamada epíclesis o súplica.


EPICLESIS


Al llegar, con la transición al momento cumbre de la Pasión-Resurrección de Cristo, sobrecogida la Iglesia porque ahora no va a ser una simple alabanza que dirija al Padre, sino que se va a realizar el gran misterio o portento de la eucaristización de sus dones de pan y de vino, invoca al Espíritu Santo, quien, decendiendo a María y haciendo que permaneciera virgen, efectuó la encarnación del Verbo.

Todas la anáforas contienen esta epíclesis o invocación. Es un elemento muy importante. No es la palabra del ministro la que tiene fuerza para cambiar el pan y el vino. Creer eso sería magia. Es la fuerza de Dios, es el Espíritu Santo, quien realiza la transubstanciación. Tenemos una importante alusión a la acción del Espíritu Santo, y así, referencia trinitaria en la plegaria eucarística.

Hasta tal punto es importante esta invocación, que los Orientales la consideran como el momento en que las especies son transformadas. La Iglesia Católica nos enseña que es en el momento de la narración de la Cena cuando se realiza, pero la fuerza del Espíritu Santo aquí invocado. No podemos hacer al mismo tiempo las dos cosas, que van estrechamente unidas.

Con la mayor naturalidad la Iglesia pide el enorme milagro:

- "Bendice y acepta, oh Padre, esta ofrenda, haciéndola espiritual, para que sea cuerpo y sangre de Tu Hijo amado, Jesucristo Nuestro Señor" (I).

-"Santifica estos dones con la efusión de Tu Espíritu, de manera que sean para nosotros Cuerpo y Sangre de Jesucristo Nuestro Señor" (II).

Cosas tan maravillosas no admiten ponderación en el lenguaje. Así sucede cuando se nos narran la Encarnación, la Crucifixión... que serían para dejarnos pasmados. y lo mismo aquí al pedir la transubstanciación, como luego al narrar la Cena.

A la epíclesis acompaña el gesto de extender las manos sobre las especies aún no consagradas. En Israel se hacía sobre el macho cabrío al que simbólicamente se transferían los pecados del pueblo y que luego era arrojado al desierto, como para indicar que el pueblo quedaba libre de pecados. Aquí viene a ser una epíclesis de gesto, que acompaña a la de palabra. Quiere expresar que se invoca al Espíritu Santo para que venga sobre esos dones y los transforme.

Más adelante veremos otra epíclesis, llamada de comunión.


RELATO DE LA INSTITUCION


De esta bendición-acción de gracias hemos tomado el nombre de Eucaristía para nuestra celebración. Por eso nuestra plegaria es fundamentalmente ascendente, no de petición. Así aparece al comienzo (prefacio), en este momento y al final de la doxología.

En estos momentos, imaginemos a Cristo en el cenáculo y procuremos imitar sus sentimientos de alabanza al Padre de los Cielos.

-En el canon primero la Iglesia muestra su ternura hacia Cristo poniendo algunos objetivos o expresiones al lado de las palabras del Evangelio: Tomó pan en sus santas y venerables manos; elevando los ojos al cielo, hacia ti, Dios suyo todopoderoso.

-Sin duda que Jesús hizo ese gesto de elevar los ojos, aunque en la Cena no se nos dice; si en otras ocasiones en que Jesús oró, como en la primera multiplicación de los panes, ante la tumba de Lázaro, etc.

-Las nuevas anáforas son más sobrias. Hoy nos gusta más el estilo llano, sin añadiduras.

Nuestra piedad no ha de ser sensiblera, pero tampoco a de ser fría. Hemos de sentir profunda estima y amor a Cristo, aunque en la expresión hemos de ser serios, sobrios, no palabreros.

En este momento tenemos la llamada elevación mayor. En realidad, ésta es menos importante que la que veremos al final del canon. Tiene como finalidad mostrar a todos los presentes la Sda. Hostia consagrada y luego el cáliz, por simetría, aunque la preciosa Sangre no se pueda ver.

Signo de inmediata adoración es la genuflexión del sacerdote.

En algunas ocaciones, se hace también con la incensación.


ACLAMACIONES POSCONSECRATORIAS


Tras la elevación, el sacerdote dice: "Este es el sacramento de nuestra fe".

Sacramento o misterio es una realidad espiritual oculta y manifestada al mismo tiempo en elementos sensibles. Y este es el más profundo que poseemos en nuestro culto.

La asamblea canta o pronuncia ahora una aclamación en una de tres versiones:

Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven Señor Jesús!

Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor hasta que vuelvas.

Por tu cruz y resurrección nos has salvado, Señor.
Nos apresuramos a aclamar a Cristo con un grito agradecido, al mismo tiempo que expresamos el deseo de la unión con El.

El "¡Ven; Señor Jesús!" puede ser una pura palabra sin sentido.

Los profetas anhelaban su llegada. Los santos su poseción en la gloria, preferida a la vida terrena. Y, también la llegada de su reino, la manifestación de su triunfo.

La Iglesia es peregrina. Hemos de vivir esta situación.Trabajemos en esta tierra, pero no nos aferremos a ella. Cristo nos espera. Aquí lo tenemos ya. Pero anhelamos -si tenemos amor- una manifestación cara a cara.

Iglesia peregrina. Quizá no sentimos mucho ésta nuestra situación.

Se ha introducido la costumbre en casi todas las asambleas de repetir siempre la primera de las aclamaciones. También las otras dos son muy hermosas. Todas mencionan agradecidas la muerte (o cruz) de Cristo.

Y, haciendo un paréntesis en la plegaria, que es dirigida al Padre, éstas las dirigimos directamente a Cristo.

"¡Por tu cruz y resurrección nos has salvado, Señor!" Equivale a aquella expresión del Te Deum, reflejo de muchas expresiones del Apocalipsis:!" Nos has redimido con tu sangre, Señor! "

Muy bien cae el canto en estas aclamaciones.


LA ANAMNESIS


"Haced esto en memoria mía", nos dijo el Señor.

Por eso celebramos la Eucaristía, que es una anámnesis o memoria del Señor.

El recuerdo explícito que hacemos inmediatamente después de la consagración y de las aclamaciones es llamado "anámnesis", palabra griega, o memorial, para distinguirlo de un simple recuerdo o memoria.

El memorial sacramental se diferencia de la memoria o recuerdo en que no sólo evoca el acontecimiento pasado, sino que lo hace presente. He aquí la gran riqueza de nuestras celebraciones. El Señor está presente en ellas; realmente nos ponemos en contacto con los acontecimientos salvadores realizados por Cristo. El se hace presente como está en la gloria, en la que guarda las actitudes vividas a lo largo de su vida terrena.

En este momento que sigue a la narración de la Cena, lo recordamos explícitamente, como diciéndole; "Sí, Señor, nos acordamos de tu encargo".

Y recordamos de modo particular algunos destacados misterios: siempre, la muerte y resurrección de Cristo; en algunas anáforas, también la ascención (I, III, IV), su descenso al lugar de los muertos (IV), y evocamos la segunda venida, que esperamos (III, IV).

"Nosotros tus siervos y todo tu pueblo santo, al celebrar el memorial de la pasión gloriosa de Jesucristo, tu Hijo Nuestro Señor, de su santa resurrección del lugar de los muertos y de su admirable ascensión a los Cielos" (I).

"Al celebrar el memorial de la muerte y resurrección de tu Hijo..."

"Al celebrar ahora el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo, de su admirable resurrección y ascensión al Cielo, mientras esperamos su venida gloriosa..." (II).

"Al celebrar ahora el memorial de nuestra redención, recordamos la muerte de Cristo y de su descenso al lugar de los muertos, proclamamos su resurrección y ascensión a tu derecha; V, mientras esperamos su venida gloriosa (te ofrecemos)"... (IV).

"El memorial es la esencia misma del culto cristiano"; la palabra de la anámnesis es en la Iglesia la palabra más central, puesto que lo que dice lo hace presente como nuestra propia salud, de la manera más real e intensiva.

Con razon alabamos y damos gracias a Dios (eucaristía), al recordar esta realidad en el centro de nuestra celebración.


OFRECIMIENTO DE SACRIFICIO


Intimamente unido a la anámnesis o memoria, viene el ofrecimiento del sacrificio. La frase del memorial no tiene sentido gramatical en nuestras anáforas sino unida al ofrecimiento:

"Recordando o al celebrar ahora el memorial de la muerte y resurrección de tu Hijo, TE OFRECEMOS..."

"Te ofrecemos, Dios de gloria y majestad, de los mismos dones que nos has dado, el sacrificio puro, inmaculado y santo: pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación" (I).

"Te ofrecemos, Padre, el pan de vida y el cáliz de salvación, y te damos gracias, porque nos haces dignos de estar en tu presencia celebrando esta liturgia (II). (Bella esta acción de gracias porque podemos ofrecer o celebrar el culto).

"Te ofrecemos en esta acción de gracias el sacrificio vivo y santo. Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia y reconoce en ella, la Víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad" (III) .

"Te ofrecemos su Cuerpo y su Sangre, sacrificio agradable a Ti y salvación para todo el mundo. Dirige tu mirada sobre esta Víctima que tú mismo has preparado a tu Iglesia" (IV).

Decimos que la Misa es un sacrificio. Ha aquí el momento en el que lo ofrecemos. No es en el momento que solía llamarse "ofertorio" cuando se ofrece el sacrificio; entonces simplemente se presentan pan, vino y agua. Esos elementos no son nuestro sacrificio, hecho ya presente para nosotros, lo ofrecemos al Padre.

Y lo ofrecemos todos, aunque en voz alta sólo hable el sacerdote. Habla en plural y todos decimos lo mismo en nuestro interior. Realizamos aquí el principal acto de nuestro sacerdocio regio.

El sacrificio es único. La Misa no multiplica los sacrificios, sino la presencia del único, de Cristo, que está en actitud constante de entrega al Padre.

Cada misa es una nueva presencia de aquel sacrificio que Cristo está ofreciendo, para que a El nos unamos quienes celebramos.

El sacrificio, como sabemos, es un signo. Es signo de nuestro propio ofrecimiento a Dios, a quien reconocemos Señor absoluto. Bien se manifiesta en la oración que sigue en las plegarias III y IV:

"Que El nos transforme en ofrenda permanente..."

"Concédenos que seamos, en Cristo, víctima pura para tu alabanza".

 


EPICLESIS DE COMUNION U OBLACION

Antes de la consagración vimos la epíclesis o invocación para pedir que el Espíritu Santo bajara y realizara el gran portento de la transubstanciación. Ahora tenemos una invocación llamada de comunión porque pide que obtengamos los frutos que son naturales a la recepción del cuerpo de Cristo.

Se da por supuesto que quienes estamos celebrando la eucaristía, ofreciendo el sacrificio, vamos a participar en él, vamos a comulgar. Lo contrario es anormal, es no participar adecuadamente.

Aunque se llama de comunión, también pide esta invocación (excepto en nuestra II plegaria) que nuestro sacrificio sea aceptado:

"Dirige tu mirada serena y bondadosa sobre esta ofrenda: acéptala como aceptaste los dones del justo Abel, el sacrificio de Abrahan, nuestro padre en la fe, y la oblación pura de tu sumo sacerdote Melquisedec.

Te pedimos que esta ofrenda sea llevada a tu presencia..." (I).

"Dirige tu mirada sobre esta ofrenda de tu Iglesia y reconoce en ella la Víctima por cuya inmolación quisiste devolv9ínos tu amistad" (III).

"Dirige tu mirada sobre esta Víctima que tú mismo has preparado a tu Iglesia" (IV).

Esa petición la hacemos en cuanto nosotros ofrecemos, pues de por sí es agradable al Padre, siendo el mismo Cristo lo ofrecido.

Los frutos de comunión pedidos son:

"Que cuantos recibimos el Cuerpo y Sangre de tu Hijo... tengamos también parte en la plenitud de tu reino" (I).

"Que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo" (II).

"Que formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu" (III).

"Que seamos en Cristo víctima pura para tu alabanzas" (IV).

Ya se ve lo que pide la Iglesia:

Unión entre todos nosotros, los de la familia de Cristo; que vivamos para Dios, como ofrendas agradables a sus ojos; tener un día parte en la plenitud del reino; vivir para su alabanza.

Bien nos enseña la Iglesia lo que vale la pena pedir; aquello a lo que vale la pena aspirar.

 

INTERCESIONES Y CONMEMORACIONES
DE LOS SANTOS

Entre los elementos de la plegaria eucarística, las intercesiones y conmemoración de los Santos son menos importantes que los otros como el prefacio, el relato, la epíclesis, el memorial, el ofrecimiento, la doxología; pero, salvo alguna rara excepción, nunca faltan, y tiene un hermoso sentido: el sentido de comunión eclesial o unión de todos cuantos pertenecemos al cuerpo de Cristo, al pueblo de Dios.

Al orar por el Papa, por los Obispos, por los demás fieles, por algunos especialmente queridos..., por los difuntos, queremos verlos unidos a nosotros en torno al altar; queremos que vivan esta vida de Cristo que poseemos y apreciamos; o también que nosotros seamos asociados con ellos a los que ya glorifican sin cesar al Padre de los cielos.

"A nosotros pecadores... admítenos en la asamblea de los santos... y acéptanos en su compañía, no por nuestros méritos, sino conforme a tu bondad" (I).

"Con María..., los apóstoles y cuantos vivieron en tu amistad, a través de los tiempos, merezcamos por tu Hijo Jesucristo, compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas" (II).

"Que gocemos de tu heredad junto con tus elegidos" (III).

"Padre de bondad, que todos tus hijos nos resumamos en la heredad de tu reino, con María, la Virgen Madre de Dios, con los apóstoles y los santos; y allí, junto con toda la creación, libre ya de pecado y de muerte, te glorifiquemos por Cristo, Señor nuestro" (IV).

La asamblea es anticipo de la reunión en la gloria, que ha de estar en nuestra mente como ardiente deseo.

Los santos son la gente que ha vivido sensatamente y los que han tomado en serio a Dios y la vida.

Sean los hermanos que se han adelantado y nos esperan.

Sintámonos unidos a ellos, también a los difuntos por los que oramos, como la gran familia de los hijos de Dios.

He aquí la ambientación adecuada para celebrar el memorial del Señor.


DOXOLOGIA FINAL


Las plegarias eucarísticas concluyen con una estrofa de estricta alabanza:

"Por Cristo, con El y en El, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. Amén".

Alabanza Trinitaria: Por Cristo y en la unidad del Espíritu Santo, gloria a las tres divinas personas.

Es un magnífico colofón de la plegaria, cuya línea esencial es, como vimos, ascendente: de glorificación.

La comenzamos dando gracias (alabando); en su parte central vimos que bendiciendo realizó Cristo el cambio del pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre.

En seguida hicimos el recuerdo (memorial) de sus misterios. Y, ofrecimos el sacrificio.

Ahora la concluimos elevando el Cuerpo y la Sangre de Cristo en gesto de ofrecimiento y de glorificación.

Esta elevación es más importante que la otra: es decir con un gesto lo mismo que decimos con palabras.

Aquí se encierra magníficamente todo el sentido de la misa, de la oración de la Iglesia y de nuestra vida: vivir para glorificar a Dios por Cristo. Esa será nuestra gloria. En el cielo gozaremos de que Dios es Dios, de que es grande, de que es bueno. Aquí comenzamos esa actividad y ese gozo por el amor.

Un hijo se alegra de la felicidad de sus padres; una madre goza con el bien y la dicha de su hijo. El amor hace compartir los bienes. Así nos sucede con Dios. Quien no le ama no lo entiende ni podrá gozar del cielo. Quien le ama compartirá su dicha, la sentirá como propia. La alabanza es entrar en esa línea.

El amén del pueblo es la ratificación de toda la plegaria eucarística; es una entusiasta adhesión a todo lo realizado y que ha dicho sólo en voz alta el sacerdote, salvo el diálogo inicial, el Santo y la aclamación posconsecratoria. Ha de ser un amén vibrante, lleno. San Jerónimo nos dice que, en su tiempo, en las basílicas de Roma retumba como un trueno.

La asamblea ratifica con fuerza y entusiasmo la gran plegaria eucarística.