PARTES
DE LA LITURGIA EUCARISTICA
a)
Presentación de las ofrendas
b)
Plegaria Eucarística
c)
Rito de Comunión
a)
PRESENTACION DE LAS OFRENDAS
Esta
preparación del sacrificio durante bastante tiempo se ha llamado
"ofertorio". Ofrecer y presentar son términos parecidos,
pero es mejor el nuevo nombre de presentación de ofrendas para
no confundir ideas. Este momento no es de ofrecimiento del sacrificio,
lo cual tendrá lugar después de la consagración,
cuando tengamos la víctima, que es Cristo, presente bajo las
especies sacramentales.
Ahora
simplemente se presentan los dones.
Cierto
que esta presentación puede tener un bello simbolismo: traemos
dones de la oración, bendiciendo al Señor, que nos lo
ha dado. Y lo hacemos con la mirada tendida hacia adelante, hacia lo
que esos dones serán luego, al ser transformados.
El
rito puede comenzar, si la Misa es cantada, por la "antífona
del ofertorio". Es un fragmento del salmo que raramente expresa
la idea de ofrenda. Originalmente este canto acompañaba la procesión
que llevaba los dones al altar. Su fin es, antes que nada, crear el
ambiente de alegría, de generosidad y de alabanza en el cual
debe desarrollarse esta donación.
Ciertamente
será cosa muy buena que los fieles, o algunos de sus representantes,
traigan sus dones (el pan y el vino destinados al sacrificio o algunas
ofrendas para el mantenimiento de la Iglesia y del clero, o para ayudar
a los pobres que es la colecta). Así se expresa la participación
de todos. Pero esta procesión no tiene sino un valor de expresión.
Ella no es esencial. En los comienzos de la renovación litúrgica,
se ha exagerado, frecuentemente, su importancia.
Ha
sido realizada también de un modo torpe y descuidado. Por ejemplo,
al llevar al santuario instrumentos de trabajo que no pueden ser "ofrecidos"
(porque se los llevarán de vuelta), sino sólo bendecidos,
y esta bendición no tiene ligazón directa con la Misa.
En
ciertos lugares, se ha dado gran importancia a la "ofrenda"
de las hostias, olvidando que "esta ofrenda que puede ayudar a
elevar el número de comulgantes y que tiene cierto valor expresivo,
no consiste, en realidad, sino en hacer pasar las hostias de un recipiente
a otro, puesto que las reglas actuales no permiten consagrar el pan
ordinario Que los fieles habrían traído de sus casas.
Las hostias que el fiel deposita para consagrar, ya estaban en la Iglesia.
En
fin, consistiría este rito en poner sobre el altar -que debía
estar vacío hasta este momento- el corporal (mantel), el purificador
(servilleta), el cáliz y finalmente, el Misal que permitirá
al sacerdote leer las oraciones acompañando a la acción.
LA BENDICION DE DIOS PARA EL PAN Y EL VINO
El sacerdote ya está en el altar, por vez primera, después
de haberlo besado al comienzo de la Misa. Recibe de un ayudante la patena
con el pan. "Patena" significa "plato". Conviene,
en nuestros días, que la patena, sea más bien, un plato
hondo, mejor aún, una copa sin pie, a fin de poder recibir todo
el "pan", no solo la hostia del celebrante que preside, sino
las de los otros celebrantes y las del pueblo. Por lo tanto, no conviene
poner las hostias del pueblo por separado, en un "cibatorio"
o copón. Este vaso, que originalmente no era sino un cáliz
dotado de una tapa y que, por su silueta, parecía un segundo
cáliz, no tendría que servir sino para la conservación
de hostias en el sagrario.
El
sacerdote eleva un poco la patena con el pan delante de sí, pronunciando
esta fórmula: "Bendito seas, Señor, Dios del Universo,
por este pan fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que recibimos
de Tu generosidad y ahora te presentamos; él será, para
nosotros pan de vida".
Y
pocos instantes después, el sacerdote hará un gesto similar
elevando ligeramente el cáliz con vino y un poco de agua, pronunciando
una fórmula paralela: "Bendito seas, Dios del Universo por
este cáliz, fruto de la vid y del trabajo del hombre, que recibimos
de Tu generosidad y ahora te presentamos; él será, para
nosotros, bebida de salvación".
Se
bendice a Dios por el don del pan, puesto que El es el creador de todas
las cosas y por todo lo que es bueno y es sostén de nuestra vida
viene de su bondad.
Si
se canta la antífona del ofertorio o algún canto equivalente,
el sacerdote dirá las dos fórmulas, que hemos estudiado,
en voz baja. Si no hay canto, las pronunciará con voz inteligible,
de manera que los fieles puedan participar de la "bendición"
que el celebrante dirige a Dios, aclamando con la respuesta: "Bendito
seas, por siempre, Señor".
LA PREPARACION DEL CALIZ
Antes que el sacerdote presente el cáliz, es necesario que éste,
preparado con el vino. Esta acción compete al sacerdote y al
diácono.
Al
vino se le agregará un poco de agua. Era el uso en tiempos de
nuestro Señor, no sólo entre los judíos, sino también
entre los griegos y romanos, por un motivo puramente práctico:
el vino de los antiguos era muy denso, de mucha graduación alcohólica,
y no se le podía beber sino después de haberlo mezclado
abundantemente con agua.
Pero,
muy pronto, este acto utilitario tomaría un valor simbólico.
Se le conoce ya en el siglo II, será expuesto como una enseñanza
de importancia, por San Cipriano en el siglo III, y quedará como
tradicional.
El
agua -dice el Apocalipsis- son los pueblos (Ap 17-15). Por lo tanto,
se ha considerado a esta mezcla como significando la unión de
Cristo, de la naturaleza divina con la humana, o aún, la unión
de Cristo a nuestra naturaleza concreta, unión sin la cual su
sacrificio no nos habría rescatado.
Al
hacer esta mezcla, el sacerdote pronuncia: "Por el misterio de
esta agua y de este vino". Es evidente que el acto de mezclar el
agua y el vino, nada tiene de misterioso: pero es la evocación
ritual de un misterio, el de la Encarnación. Pedimos, que, como
Cristo se hizo hombre, nosotros mis- mos seamos divinizados, éste
será uno de los efectos del sacrificio y de la comunión.
LA
PRESENTACION DE LOS DONES
La oración de Azarías
Después
de haber depositado el cáliz sobre el altar, el sacerdote se
inclina y pronuncia una oración sacada del libro de Daniel (3,
39-49). He aquí una traducción literal de esta oración
bíblica, en la cual damos entre paréntesis las palabras
que la liturgia omite y entre corchetes las que ella agrega: "Con
un espíritu humillado y un corazón contrito, que podamos
ser recibidos (por ti, Señor). (Como un holocausto de ovejas,
de toros y de miles de carneros gordos) que nuestro sacrificio se presente
delante de tu rostro hoy, para agradarte, (Señor Dios)".
En
el momento en que la Misa se deja sobre el altar la materia del sacrificio,
es bueno recordar que un sacrificio material no tendría valor
si él no expresara un sincero deseo de renuncia al mal y de unión
a Dios. El "sacrificio espiritual", no es un sacrificio desencarnado:
es un sacrificio bien visible, concreto, pero animado y valorizado por
una obediencia plena de amor.
El
acto de incensar
Ahora,
el sacerdote puede incensar los dones y el altar, rito facultativo y
que se hace en silencio. El perfume que se consume quemando el incienso
y cuyo humo asciende al cielo, es un símbolo fácilmente
inteligible de la oración que debe envolver, santificar y espiritualizar
el sacrificio.
En
seguida, el diácono y otro ministro, inciensa al sacerdote y
al pueblo, lo que significa que aquellos no pueden estar separados de
sus dones; que ellos tendrán que ofrecerse con los mismos y acompañarlos
con sus oraciones.
El
lavado de manos
El
lavado de manos se ha conservado en este lugar, porque el sacerdote
se podría ensuciar los dedos al recibir los dones o al manipular
el incensiario. Pero, se trata de una purificación simbólica,
que existe en todos los ritos en diversos lugares, antes de comenzar
alguna acción importante.
Mientras
se lava los dedos, el sacerdote subraya la dimensión espiritual
de este acto, la exigencia de pureza que se impone al ministro de la
Eucaristía, al decir el versículo del salmo Miserere (50-4).
"Lávame
enteramente de mi iniquidad y límpiame de mi pecado".
Orad,
hermanos
En
los comienzos de la renovación litúrgica, el Orate frates
tomó gran relieve. No sólo recordaba a los fieles la doctrina
de la partición activa en la liturgia, sino que les procuraba
una ocasión concreta de practicarla.
LA ORACION DE LAS OFRENDAS
Los ritos de introducción finalizaban con una oración,
la colecta, después de la cual se abría la Liturgia de
la Palabra. Asimismo, los ritos del ofertorio terminan con la oración
sobre las ofrendas, después de la cual comienza la Oración
Eucarística.
El
papel propio de la oración sobre las ofrendas, es hacernos pasar
de una simple presentación del pan y del vino, a su ofrenda en
la perspectiva - ahora explícita y aproximada- del sacrificio
eucarístico.
Allí
el sacerdote presenta, explícitamente, a Dios la materia destinada
a la eucaristía. Se le llama dones, presentes, ofrendas.
Esos
dones son recomendados a Dios: se nos recuerda frecuentemente que ellos
son acompañados de oraciones, que son la expresión del
la devoción religiosa y llena de celo (devotio) de su pueblo,
de su familia.
En
la oración se pide a Dios sobre esas ofrendas, que El las acepte
como agradables, que El las acepte con benevolencia.
Nosotros
somos pobres criaturas. Somos pecadores y tenemos la audacia de presentar
a Dios ofrendas, como si el Creador tuviera necesidad de cosa alguna.
Es pues, normal que lo hagamos con una cierta timidez, encontrando sorprendente
que el Dios Todopoderoso y muy santo, nos haga favor de aceptar nuestros
pobres dones.
Nuestros
dones, todo a lo largo de la acción eucarística, no cambian
de aspecto. Aún después de la consagración seguiremos
Ilamándolos ofrendas, pan, cáliz. Pero desde antes de
la consagración, se veía en ellos su último destino.
Por otra parte, la materia misma del sacramento ha sido elegida por
Dios a fin de simbolizar ya sus efectos de vida, consuelo y de unión
en la paz y en la caridad.
