3. LA LITURGIA EUCARISTICA
 

 

PARTES DE LA LITURGIA EUCARISTICA

a) Presentación de las ofrendas

b) Plegaria Eucarística

c) Rito de Comunión

 

a) PRESENTACION DE LAS OFRENDAS

Esta preparación del sacrificio durante bastante tiempo se ha llamado "ofertorio". Ofrecer y presentar son términos parecidos, pero es mejor el nuevo nombre de presentación de ofrendas para no confundir ideas. Este momento no es de ofrecimiento del sacrificio, lo cual tendrá lugar después de la consagración, cuando tengamos la víctima, que es Cristo, presente bajo las especies sacramentales.

Ahora simplemente se presentan los dones.

Cierto que esta presentación puede tener un bello simbolismo: traemos dones de la oración, bendiciendo al Señor, que nos lo ha dado. Y lo hacemos con la mirada tendida hacia adelante, hacia lo que esos dones serán luego, al ser transformados.

El rito puede comenzar, si la Misa es cantada, por la "antífona del ofertorio". Es un fragmento del salmo que raramente expresa la idea de ofrenda. Originalmente este canto acompañaba la procesión que llevaba los dones al altar. Su fin es, antes que nada, crear el ambiente de alegría, de generosidad y de alabanza en el cual debe desarrollarse esta donación.

Ciertamente será cosa muy buena que los fieles, o algunos de sus representantes, traigan sus dones (el pan y el vino destinados al sacrificio o algunas ofrendas para el mantenimiento de la Iglesia y del clero, o para ayudar a los pobres que es la colecta). Así se expresa la participación de todos. Pero esta procesión no tiene sino un valor de expresión. Ella no es esencial. En los comienzos de la renovación litúrgica, se ha exagerado, frecuentemente, su importancia.

Ha sido realizada también de un modo torpe y descuidado. Por ejemplo, al llevar al santuario instrumentos de trabajo que no pueden ser "ofrecidos" (porque se los llevarán de vuelta), sino sólo bendecidos, y esta bendición no tiene ligazón directa con la Misa.

En ciertos lugares, se ha dado gran importancia a la "ofrenda" de las hostias, olvidando que "esta ofrenda que puede ayudar a elevar el número de comulgantes y que tiene cierto valor expresivo, no consiste, en realidad, sino en hacer pasar las hostias de un recipiente a otro, puesto que las reglas actuales no permiten consagrar el pan ordinario Que los fieles habrían traído de sus casas. Las hostias que el fiel deposita para consagrar, ya estaban en la Iglesia.

En fin, consistiría este rito en poner sobre el altar -que debía estar vacío hasta este momento- el corporal (mantel), el purificador (servilleta), el cáliz y finalmente, el Misal que permitirá al sacerdote leer las oraciones acompañando a la acción.


LA BENDICION DE DIOS PARA EL PAN Y EL VINO


El sacerdote ya está en el altar, por vez primera, después de haberlo besado al comienzo de la Misa. Recibe de un ayudante la patena con el pan. "Patena" significa "plato". Conviene, en nuestros días, que la patena, sea más bien, un plato hondo, mejor aún, una copa sin pie, a fin de poder recibir todo el "pan", no solo la hostia del celebrante que preside, sino las de los otros celebrantes y las del pueblo. Por lo tanto, no conviene poner las hostias del pueblo por separado, en un "cibatorio" o copón. Este vaso, que originalmente no era sino un cáliz dotado de una tapa y que, por su silueta, parecía un segundo cáliz, no tendría que servir sino para la conservación de hostias en el sagrario.

El sacerdote eleva un poco la patena con el pan delante de sí, pronunciando esta fórmula: "Bendito seas, Señor, Dios del Universo, por este pan fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que recibimos de Tu generosidad y ahora te presentamos; él será, para nosotros pan de vida".

Y pocos instantes después, el sacerdote hará un gesto similar elevando ligeramente el cáliz con vino y un poco de agua, pronunciando una fórmula paralela: "Bendito seas, Dios del Universo por este cáliz, fruto de la vid y del trabajo del hombre, que recibimos de Tu generosidad y ahora te presentamos; él será, para nosotros, bebida de salvación".

Se bendice a Dios por el don del pan, puesto que El es el creador de todas las cosas y por todo lo que es bueno y es sostén de nuestra vida viene de su bondad.

Si se canta la antífona del ofertorio o algún canto equivalente, el sacerdote dirá las dos fórmulas, que hemos estudiado, en voz baja. Si no hay canto, las pronunciará con voz inteligible, de manera que los fieles puedan participar de la "bendición" que el celebrante dirige a Dios, aclamando con la respuesta: "Bendito seas, por siempre, Señor".


LA PREPARACION DEL CALIZ


Antes que el sacerdote presente el cáliz, es necesario que éste, preparado con el vino. Esta acción compete al sacerdote y al diácono.

Al vino se le agregará un poco de agua. Era el uso en tiempos de nuestro Señor, no sólo entre los judíos, sino también entre los griegos y romanos, por un motivo puramente práctico: el vino de los antiguos era muy denso, de mucha graduación alcohólica, y no se le podía beber sino después de haberlo mezclado abundantemente con agua.

Pero, muy pronto, este acto utilitario tomaría un valor simbólico. Se le conoce ya en el siglo II, será expuesto como una enseñanza de importancia, por San Cipriano en el siglo III, y quedará como tradicional.

El agua -dice el Apocalipsis- son los pueblos (Ap 17-15). Por lo tanto, se ha considerado a esta mezcla como significando la unión de Cristo, de la naturaleza divina con la humana, o aún, la unión de Cristo a nuestra naturaleza concreta, unión sin la cual su sacrificio no nos habría rescatado.

Al hacer esta mezcla, el sacerdote pronuncia: "Por el misterio de esta agua y de este vino". Es evidente que el acto de mezclar el agua y el vino, nada tiene de misterioso: pero es la evocación ritual de un misterio, el de la Encarnación. Pedimos, que, como Cristo se hizo hombre, nosotros mis- mos seamos divinizados, éste será uno de los efectos del sacrificio y de la comunión.

 

LA PRESENTACION DE LOS DONES


La oración de Azarías

Después de haber depositado el cáliz sobre el altar, el sacerdote se inclina y pronuncia una oración sacada del libro de Daniel (3, 39-49). He aquí una traducción literal de esta oración bíblica, en la cual damos entre paréntesis las palabras que la liturgia omite y entre corchetes las que ella agrega: "Con un espíritu humillado y un corazón contrito, que podamos ser recibidos (por ti, Señor). (Como un holocausto de ovejas, de toros y de miles de carneros gordos) que nuestro sacrificio se presente delante de tu rostro hoy, para agradarte, (Señor Dios)".

En el momento en que la Misa se deja sobre el altar la materia del sacrificio, es bueno recordar que un sacrificio material no tendría valor si él no expresara un sincero deseo de renuncia al mal y de unión a Dios. El "sacrificio espiritual", no es un sacrificio desencarnado: es un sacrificio bien visible, concreto, pero animado y valorizado por una obediencia plena de amor.

El acto de incensar

Ahora, el sacerdote puede incensar los dones y el altar, rito facultativo y que se hace en silencio. El perfume que se consume quemando el incienso y cuyo humo asciende al cielo, es un símbolo fácilmente inteligible de la oración que debe envolver, santificar y espiritualizar el sacrificio.

En seguida, el diácono y otro ministro, inciensa al sacerdote y al pueblo, lo que significa que aquellos no pueden estar separados de sus dones; que ellos tendrán que ofrecerse con los mismos y acompañarlos con sus oraciones.

El lavado de manos

El lavado de manos se ha conservado en este lugar, porque el sacerdote se podría ensuciar los dedos al recibir los dones o al manipular el incensiario. Pero, se trata de una purificación simbólica, que existe en todos los ritos en diversos lugares, antes de comenzar alguna acción importante.

Mientras se lava los dedos, el sacerdote subraya la dimensión espiritual de este acto, la exigencia de pureza que se impone al ministro de la Eucaristía, al decir el versículo del salmo Miserere (50-4).

"Lávame enteramente de mi iniquidad y límpiame de mi pecado".

Orad, hermanos

En los comienzos de la renovación litúrgica, el Orate frates tomó gran relieve. No sólo recordaba a los fieles la doctrina de la partición activa en la liturgia, sino que les procuraba una ocasión concreta de practicarla.


LA ORACION DE LAS OFRENDAS


Los ritos de introducción finalizaban con una oración, la colecta, después de la cual se abría la Liturgia de la Palabra. Asimismo, los ritos del ofertorio terminan con la oración sobre las ofrendas, después de la cual comienza la Oración Eucarística.

El papel propio de la oración sobre las ofrendas, es hacernos pasar de una simple presentación del pan y del vino, a su ofrenda en la perspectiva - ahora explícita y aproximada- del sacrificio eucarístico.

Allí el sacerdote presenta, explícitamente, a Dios la materia destinada a la eucaristía. Se le llama dones, presentes, ofrendas.

Esos dones son recomendados a Dios: se nos recuerda frecuentemente que ellos son acompañados de oraciones, que son la expresión del la devoción religiosa y llena de celo (devotio) de su pueblo, de su familia.

En la oración se pide a Dios sobre esas ofrendas, que El las acepte como agradables, que El las acepte con benevolencia.

Nosotros somos pobres criaturas. Somos pecadores y tenemos la audacia de presentar a Dios ofrendas, como si el Creador tuviera necesidad de cosa alguna. Es pues, normal que lo hagamos con una cierta timidez, encontrando sorprendente que el Dios Todopoderoso y muy santo, nos haga favor de aceptar nuestros pobres dones.

Nuestros dones, todo a lo largo de la acción eucarística, no cambian de aspecto. Aún después de la consagración seguiremos Ilamándolos ofrendas, pan, cáliz. Pero desde antes de la consagración, se veía en ellos su último destino. Por otra parte, la materia misma del sacramento ha sido elegida por Dios a fin de simbolizar ya sus efectos de vida, consuelo y de unión en la paz y en la caridad.