La
misa es la reproducción de la Ultima Cena. Es la inmolación,
el sacrificio de Jesucristo en la Cruz. La misa es la celebración
de la Pascua del Señor. Al celebrar la Cena Pascual entre los
Judíos describe el Exodo; cuando tus hijos te pregunten qué
significa para ustedes este rito le responderás: "Es el
sacrificio de la Pascua" (Exodo 12, 26).
Se dice
que la misa es un memorial del sacrificio de Cristo, es la alabanza
perfecta y absoluta al Padre y es el Sacrificio de Cristo, cuando El
ofreció en obediencia al Padre su Cuerpo y su Sangre. La misa
viene a ser el Sacrificio en el que está contenido e inmolado
de una manera incruenta: el mismo Cristo que se ofreció en forma
cruenta, en el altar de la Cruz (Concilio de Trento, sesión 22,1).
En toda
misa se celebra el mismo misterio de la Ultima Cena de Cristo y tratándose
de una celebración Sacramental, es el misterio Pascual que se
hace presente. La Ultima Cena de Cristo fue el rito sacramental del
Sacrificio de la Cruz y la misa imitación de la Cena, será
pues un sacramento directo del Sacrificio de la Cruz.
Al celebrar
la misa, la Pascua se hace presente en cada comunidad establecida como
Iglesia, en la unidad de los miembros por la acción santificadora
de su cabeza, Cristo. El Concilio Vaticano II nos dice que el sacrificio
Eucarístico edifica el Cuerpo de la Iglesia (LG 17); y también
señala que por medio de El vive y crece la Iglesia (LG 26). Todo
esto se realiza en las comunidades locales; es lo que llama el Nuevo
Testamento: Iglesia, Asamblea de los que celebran el misterio de la
Cena del Señor y por el Cuerpo y la Sangre de Cristo y que se
unen, de hecho, en un mismo modo.
Con toda
razón la Lumen Gentium II (Constitución sobre la Iglesia)
señala:
Todos
los que en la Santa Asamblea local se alimentan del Cuerpo de Cristo,
muestran en concreto la unidad del pueblo de Dios que es producida y
significada por este Sacramento.
En el
decreto sobre la vida y ministerio de los Presbíteros núm.
6 subraya:
Ninguna
comunidad cristiana se edifica si no tiene su raíz y quicio en
la celebración de la Santísima Eucaristía por la
que debe, consiguientemente comenzarse toda educación en el espíritu
de la comunidad. Esta celebración para ser sincera y plena debe
conducir tanto a las varias obras de caridad y a la mutua ayuda, como
a la acción misional y a las varias formas de testimonio cristiano.
Por eso
la ordenación general del Misal Romano reclama el antiguo término
que indica la misa: "Fracción del Pan", pues el gesto
de romper el pan tiene un gran significado, ya que rompe un único
pan, para llevar en la unidad de la Iglesia que es Cuerpo de Cristo
a todos aquellos que comen de aquel único pan (48,3; 56 C; 283).
En estas
indicaciones de la Ordenación General se fija casi exclusivamente
en la comunidad local aunque describa la misa como una asamblea reunida
en la celebración del memorial del Señor.
La Ordenación
General califica a la Eucaristía como sacrificio de la Iglesia.
La misa instituida por Cristo como Sacrificio Pascual Eucarístico
(48,2). Para ser ofrecido como memorial de su pasión, muerte
y resurrección a la Iglesia, su esposa.
Por eso
se habla también de la oferta de nosotros mismos (55 F y 62);
en el 55 F dice así:
La Iglesia
pretende que los fieles no solo ofrezcan la hostia inmaculada sino que
aprendan a ofrecerse a sí mismos y que día a día
perfeccionen por la mediación de Cristo la unidad con Dios y
entre sí de modo que se realice por fin aquello de Dios en todo
y en todos.
La asamblea
Litúrgica es decir la misa, es pues activa y dinámica
con la fuerza, la alegría y el dinamismo que le confiere el Espíritu
Santo con sus carismas. La presencia del Espíritu es vínculo
de unidad, cataliza la comunicación tanto horizontal entre los
miembros de la Asamblea, como vertical entre Dios y su pueblo. El grupo
reunido deja de ser un público anónimo; suma de personas
yuxtapuestas, y se transforma en comunidad personal.
A través
de las características de la asamblea Litúrgica percibimos
el reflejo de las notas de la Iglesia.
El deseo
de la Iglesia es que participemos en la misa de un modo inteligente
y activo, que manifestemos nuestra unión con Cristo y entre nosotros
con nuestras respuestas, cantos, actitudes, escucha de la palabra, etc.,
porque no es una ceremonia más en nuestra vida, sino el reflejo
de una resolución para vivir un testimonio cristiano con la fuerza
de la Pascua de Cristo; para destruir todo lo que se opone a nuestra
unión con Dios, para desarrollar todo lo que profundiza esta
unión; que sea para realizar nuestra caridad, nuestra consagración
a Dios y a nuestros hermanos, por lo tanto la misma es una transformación
de nuestra persona y de nuestra Iglesia local.
La Eucaristía
nos pide no que seamos espectadores y beneficiarios inertes; nos exige
que participemos, que nos unamos al sacrificio, que nos ofrezcamos con
Cristo, que nos inmolemos con él y nos incorporemos a él
por la comunión. Si de otro modo fuera, no tendríamos
necesidad de participar en la Eucaristía, sería inútil
celebrarla.
