1.Origen y evolución
de la Liturgia de las Horas
 

El punto de partida obligado para un estudio de la Liturgia de las Horas es, por una parte, el ejemplo de Jesús, verdadero maestro de oración, y, por otra parte, el ejemplo de (a comunidad apostólica, formada por los que convivieron con el Señor y fueron testigos de su entrañable relación con el Padre.

Para comprender la oración cristiana conviene tener como punto de referencia los testimonios de oración que encontramos en el Nuevo Testamento y la organización de la plegaria en el judaismo de la época. Nos interesa, por tanto, acercamos al sentido y al modo de oración de Cristo y al de sus primeros discípulos. Para esto nos servimos de la Ordenación General de la Liturgia de las Horas (OGLH).

"El Hijo de Dios, "que es una sola cosa con el Padre" (Jn 10,30) y que al entrar
en el mundo dijo: "He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu votuntad" (Heb 10,9), se ha dignado ofrecemos ejemplos de su propia oración. En efecto, los
evangelios nos lo presentan muchísimas veces en oración: cuando el Padre revela su misión, antes del llamamiento de los Apóstoles; cuando bendice a Dios en la multiplicación de los panes, y en la transfiguración; cuando sana al sordomudo y (cuando) resucita a Lázaro, antes de requerir de Pedro su confesión, cuando enseña a orar a los discípulos, cuando los discípulos regresan de la misión, cuando bendice a los niños, cuando ora por Pedro.

Su actividad diaria estaba tan unida con la oración que incluso aparece fluyendo de la misma, como cuando se retiraba al desierto o al monte para orar, levantándose muy de mañana, o al anochecer, permaneciendo en oración hasta la cuarta vigilia de la noche.

Tomó parte también, como fundamentalmente se sostiene, en las oraciones públicas, tanto en las sinagogas, donde entró en sábado, como tenía por costumbre. como en el templo, al que llamó casa de oración, y en las oraciones privadas que los israelitas piadosos acostumbran a recitar iariamente. También al comer dirigía a Dios las tradicionales bendiciones, como expresamente se narra cuando la multiplicación del pan, en la última Cena, en la comida de Emaús, de igual modo recitó el himno con los discípulos.

Hasta el final de su vida, acercándose ya el momento de la Pasión, en la última
Cena, en la agonía y en la cruz, el Divino Maestro mostró que era la oración lo que le animaba en el ministerio mesiánico y en el tránsito pascual..." (OGLH 4).

Lo verdaderamente importante dé la oración de Cristo y de la comunidad primitiva consiste, no sólo en su contenido: la obra de salvación y el Misterio Pascual, sino, sobre todo, en la relación filial que hizo posible Jesús con sus gestos y sus palabras y, particularmente, con el Padre Nuestro (cf. Mt 6).

Las primeras comunidades cristianas de los primeros siglos eran muy conscientes de la recomendación de Jesús y de los apóstoles de orar siempre y asiduamente (cf. Lc 18,1; Rom 12,12) y actuaron en consecuencia. Sabemos, por ejemplo, que la Didajé, después de recoger el texto completo del Padre Nuestro, indica: "Sí, orareis tres veces al día" (D, VIII).

En el siglo III encontramos documentos que nos informan de la práctica de ciertos momentos de oración a lo largo de la jomada: al levantarse, al mediodía, al caer la tarde, durante la noche. Estos testimonios dan fe de una cierta organización embrionaria de lo que más tarde sería la Liturgia de las Horas.

Los datos de la tradición litúrgica son unánimes en presentar la liturgia de las Horas como una acción sagrada que realiza el pueblo de Dios reunido en asamblea, como Iglesia del Señor congregada y presidida por sus pastores.

Esta liturgia de las Horas, también llamada Oficio Divino, nacida para hacer posible el consejo de Jesús y de los apóstoles; conviene orar siempre, tiene como destinatario durante los primeros siglos, al pueblo cristiano. Posteriormente, por diversas circunstancias históricas, esta práctica va evolucionando sucesivamente hasta convertirse en una oración reservada exclusivamente al monacato y al clero, con carácter de obligatoriedad jurídica. Así es como surge la conciencia dentro de la Iglesia de que el oficio divino es obligación sólo de monjes y clérigos.

Esta situación va a perdurar hasta la llegada del concilio Vaticano II, en cuya constitución Sacrosanctum Concilium se ofrecen las grandes líneas para una reforma amplia y profunda que devuelva al Oficio Divino su carácter de celebración de los principales momentos de oración de la jomada por las comunidades cristianas (cf, SC 83-101).

La renovación del Oficio Divino a partir del Vaticano II tiene su punto culminante en el año 1971 con la promulgación de la Ordenación General de la liturgia de las Horas (OGLH) y la Constitución Apostólica Laudis Canticum de Pablo VI.