El punto
de partida obligado para un estudio de la Liturgia de las Horas es,
por una parte, el ejemplo de Jesús, verdadero maestro de oración,
y, por otra parte, el ejemplo de (a comunidad apostólica, formada
por los que convivieron con el Señor y fueron testigos de su
entrañable relación con el Padre.
Para
comprender la oración cristiana conviene tener como punto de
referencia los testimonios de oración que encontramos en el Nuevo
Testamento y la organización de la plegaria en el judaismo de
la época. Nos interesa, por tanto, acercamos al sentido y al
modo de oración de Cristo y al de sus primeros discípulos.
Para esto nos servimos de la Ordenación General de la Liturgia
de las Horas (OGLH).
"El
Hijo de Dios, "que es una sola cosa con el Padre" (Jn 10,30)
y que al entrar
en el mundo dijo: "He aquí que vengo, oh Dios, para hacer
tu votuntad" (Heb 10,9), se ha dignado ofrecemos ejemplos de su
propia oración. En efecto, los
evangelios nos lo presentan muchísimas veces en oración:
cuando el Padre revela su misión, antes del llamamiento de los
Apóstoles; cuando bendice a Dios en la multiplicación
de los panes, y en la transfiguración; cuando sana al sordomudo
y (cuando) resucita a Lázaro, antes de requerir de Pedro su confesión,
cuando enseña a orar a los discípulos, cuando los discípulos
regresan de la misión, cuando bendice a los niños, cuando
ora por Pedro.
Su actividad
diaria estaba tan unida con la oración que incluso aparece fluyendo
de la misma, como cuando se retiraba al desierto o al monte para orar,
levantándose muy de mañana, o al anochecer, permaneciendo
en oración hasta la cuarta vigilia de la noche.
Tomó
parte también, como fundamentalmente se sostiene, en las oraciones
públicas, tanto en las sinagogas, donde entró en sábado,
como tenía por costumbre. como en el templo, al que llamó
casa de oración, y en las oraciones privadas que los israelitas
piadosos acostumbran a recitar iariamente. También al comer dirigía
a Dios las tradicionales bendiciones, como expresamente se narra cuando
la multiplicación del pan, en la última Cena, en la comida
de Emaús, de igual modo recitó el himno con los discípulos.
Hasta
el final de su vida, acercándose ya el momento de la Pasión,
en la última
Cena, en la agonía y en la cruz, el Divino Maestro mostró
que era la oración lo que le animaba en el ministerio mesiánico
y en el tránsito pascual..." (OGLH 4).
Lo verdaderamente
importante dé la oración de Cristo y de la comunidad primitiva
consiste, no sólo en su contenido: la obra de salvación
y el Misterio Pascual, sino, sobre todo, en la relación filial
que hizo posible Jesús con sus gestos y sus palabras y, particularmente,
con el Padre Nuestro (cf. Mt 6).
Las primeras
comunidades cristianas de los primeros siglos eran muy conscientes de
la recomendación de Jesús y de los apóstoles de
orar siempre y asiduamente (cf. Lc 18,1; Rom 12,12) y actuaron en consecuencia.
Sabemos, por ejemplo, que la Didajé, después de recoger
el texto completo del Padre Nuestro, indica: "Sí, orareis
tres veces al día" (D, VIII).
En el
siglo III encontramos documentos que nos informan de la práctica
de ciertos momentos de oración a lo largo de la jomada: al levantarse,
al mediodía, al caer la tarde, durante la noche. Estos testimonios
dan fe de una cierta organización embrionaria de lo que más
tarde sería la Liturgia de las Horas.
Los datos
de la tradición litúrgica son unánimes en presentar
la liturgia de las Horas como una acción sagrada que realiza
el pueblo de Dios reunido en asamblea, como Iglesia del Señor
congregada y presidida por sus pastores.
Esta
liturgia de las Horas, también llamada Oficio Divino, nacida
para hacer posible el consejo de Jesús y de los apóstoles;
conviene orar siempre, tiene como destinatario durante los primeros
siglos, al pueblo cristiano. Posteriormente, por diversas circunstancias
históricas, esta práctica va evolucionando sucesivamente
hasta convertirse en una oración reservada exclusivamente al
monacato y al clero, con carácter de obligatoriedad jurídica.
Así es como surge la conciencia dentro de la Iglesia de que el
oficio divino es obligación sólo de monjes y clérigos.
Esta
situación va a perdurar hasta la llegada del concilio Vaticano
II, en cuya constitución Sacrosanctum Concilium se ofrecen las
grandes líneas para una reforma amplia y profunda que devuelva
al Oficio Divino su carácter de celebración de los principales
momentos de oración de la jomada por las comunidades cristianas
(cf, SC 83-101).
La renovación
del Oficio Divino a partir del Vaticano II tiene su punto culminante
en el año 1971 con la promulgación de la Ordenación
General de la liturgia de las Horas (OGLH) y la Constitución
Apostólica Laudis Canticum de Pablo VI.
